miércoles, 21 de septiembre de 2022



Un hombre le dijo a Buda: "Yo quiero felicidad". Él contestó: "Primero retira "Yo", esto es el ego. Después remueve "quiero", porque es el deseo. Mira, ahora sólo tienes "felicidad".

 

1

  La habitación parecía un invernadero: muebles pesados de madera oscura, cobijas de piel, almohadones por el piso, flores enviando un aroma enervante por la ventana semiabierta… y sobre la cama, un cuerpo hermoso de mujer decapitado. La sangre profanaba la blancura de las sábanas con su púrpura oscuro, pero era imposible fijar la vista allí o en cualquier otro rincón de la habitación que no fuese la mesa de luz: sobre ella estaba la cabeza cercenada, posando en el intruso desprevenido su mirada de Gorgona.

   Westminster Sinclair sostuvo por unos instantes esa mirada, sin pestañear. Sus ojos gris acero se entrecerraron hasta convertirse en una ranura que apenas dejaba ver una chispa de luz. No dijo nada, aunque sus subordinados esperaban órdenes. Se limitó a encender un cigarrillo y a pitar calmadamente con aire reflexivo. Se dirigió a pasos lentos hasta la puerta de entrada del apartamento, y comprobó que la cerradura estaba intacta; la víctima conocía al asesino. Aparte la carnicería ocurrida en la cama, el resto de la estancia estaba relativamente en orden. Volvió a posar la mirada sobre la cabeza cercenada: ahora vio junto a ella, sobre la mesa de luz, una campanita de bronce que antes había pasado desapercibida. Se acercó y la miró con atención, sin tocarla: tenía un signo chino grabado, y rematando el mango, la figura de un mongol.

-Inspector, han llegado los de dactiloscopia -lo sacó de su concentración el oficial Jameson.

-Hágalos pasar.

  Mientras bajaba las escaleras, Sinclair se cruzó con el equipo que subía a tomar huellas dactilares en la escena del crimen. Al llegar al vestíbulo vio al forense esperando sentado su turno de intervenir. Era un hombre extremadamente pálido, completamente calvo y con oscuras ojeras, que le daban un aspecto siniestro.

-En unos minutos el cadáver será todo suyo, Allamistákeo -dijo al pasar, llamando al forense por su apodo egipcio.

  El aludido se limitó a asentir sin inmutarse. Su tez impresionante y su profesión habían obliterado su verdadero nombre -Caleb Smith-, reemplazándolo por el de la momia resucitada del relato de Edgar Poe.  

   Afuera encontró a la oficial que había recibido la denuncia, Carmen Jo. Era una hispana de cabellera azabache y unas ancas perfectas a punto de reventar el pantalón policial azul oscuro. Sinclair pensó en una potranca joven e inquieta, exhibiéndose antes del Gran Derby hípico.

-Quiero atrapar al bastardo que hizo esto- dijo ella a modo de saludo.

-¿Han identificado a la víctima?

-Se llamaba Sue McKenzie, 29 años. Vivía hace poco aquí.

-¿Quién hizo la llamada?

-La vecina del piso de arriba, una odontóloga jubilada de apellido Dermont. Dice que oyó chillidos agudos, como si estuviesen sacrificando un cerdo.

-¿A qué hora fue eso?

-Sobre las 11 p.m.

-¿Sólo la señora Dermont oyó los gritos?

-No. Luego hubo otras llamadas de vecinos.

    Sinclair meneó la cabeza.

-El asesino no fue muy sutil.

-¿Es "el" asesino, no es cierto?

-Puede ser. Esperemos el informe del forense antes de afirmarlo.

-Bastardo…

   Carmen Jo era muy pasional. A juicio de Sinclair, eso podía llevarla a prejuzgar ciertas situaciones, y eventualmente hacer encarcelar a un inocente.

-Investiga sus relaciones. Novio, ex novio, rivales… confisca su teléfono móvil y su notebook, entra a sus redes sociales.

-Lo haré, jefe.

-Nos vemos en la Jefatura.

   El inspector subió a su Jaguar descapotable de los '60 y partió hacia Riverside Drive, dejando que el viento despeinase su abundante cabello oscuro, que empezaba a teñirse de gris.

 

 

   Por la tarde recibió el informe de dactiloscopia: había huellas por todas partes, el asesino no había puesto cuidado en limpiarlas. La mayoría pertenecían a la víctima, pues era su apartamento, pero había huellas ajenas sobre una botella de vodka conservada en el frigobar, y otras sobre la campanita de bronce, que pertenecían a una tercera persona no identificada. Levantó el intercomunicador.

-Stevens, aquí Sinclair. Estoy leyendo el informe del caso McKenzie.

-Un caso bien jodido.

   Sinclair hizo caso omiso del comentario. Stevens llevaba veinte años en el departamento de policía, pero seguía tan impresionable como el primer día.

-Haz una búsqueda del artículo cuya foto te envío: es una campanilla china de bronce encontrada en la escena del crimen. Quiero saber dónde la venden, su material, su precio. Ah, y si puedes, obtén la traducción de la inscripción que lleva grabada.

-¿Nada más?

-Nada más...

-Pan comido, West. El año que viene te llamo.

-Que sea antes de Navidad.

   Colgó el intercomunicador al tiempo que veía entrar a Carmen Jo a su despacho.

-¿Puedo sentarme, jefe?

-Claro.

   La oficial tomó asiento y apoyó la notebook que traía sobre el escritorio del inspector.

-Es la computadora personal de la víctima -informó, manteniendo las manos sobre ella sin abrirla. Quería atraer sobre sí toda la atención de su superior.

-¿Qué sabemos sobre ella?

-Susan McKenzie. Nacida en Idaho en 1993. Se mudó a Nueva York hace un año y medio. Profesora de danza jazz en un gimnasio del Bajo Manhattan, y en otro del Bronx. Parece que era incansable en su trabajo.

Sinclair levantó una ceja en actitud interrogativa.

-Sí, daba clases en el Bronx. Tenía un novio afroamericano.

-Tendremos un lindo problema racial si el asesino resulta ser él.

   Carmen Jo asintió, divertida.

-Me encantan los problemas raciales. Y las relaciones interraciales también.

  Sinclair dio la callada por respuesta a tal comentario. Una rubia atractiva asesinada por un afroamericano saltaría a las tapas de los tabloides de inmediato, como un revival del caso O. G. Simpson… una pesadilla para un inspector de policía. Por no hablar de la presión social para declararlo culpable, aunque el hombre fuese inocente.

-Bien… cítalo a declarar. Debemos tomar sus huellas.

-Será un placer -Se relamió Carmen Jo, deseosa de hincarle el diente al moreno.

-¿Pudiste entrar a su teléfono móvil?

-Aún no, tiene contraseña. Se lo di a los muchachos de informática para que la descifren.

-Lo harán. ¿Qué encontraste ahí?

  Sinclair señaló la notebook. Ahora sí, Carmen Jo la abrió y la giró para que su jefe pudiese ver la pantalla.

-Sue McKenzie era una influencer famosa en Instagram, dónde tenía un millón y medio de seguidores. Sus videos breves de Tik tok, donde se probaba trajes de baño, superan los cuarenta millones de visualizaciones.

   Sinclair se preguntó cómo era posible que él no hubiera oído nada sobre semejante celebridad. Ojeó las fotos de Instagram, y a continuación reprodujo uno de sus videos de Tik tok: ese cuerpo felino y provocador contrastaba con el cadáver examinado por la mañana, era imposible para su cerebro conciliar ambas imágenes. Se fijó en los comentarios a las fotos y a los videos: eran miles. Suspiró.

-Revisa los comentarios de sus seguidores, Jo. Tal vez haya allí alguna pista.

  La oficial se llevaba ya la notebook, pero él la detuvo.

-Espera. Se me ocurre algo.

   Buscó el icono de Configuración en la página de Instagram abierta, e hizo clic sobre él. Luego siguió a Privacidad, y examinó las opciones… Carmen Jo se había puesto a su lado, preguntándose qué buscaba su jefe.

-Yo no tengo Instagram -murmuró éste entre dientes- pero debe ser parecido a Facebook.

En efecto, Sinclair tenía una página propia de Facebook a nombre de un alias y sin fotos familiares, por razones profesionales.

-Aquí está.

  Hizo clic sobre Contactos bloqueados, y apareció una lista de ocho nombres.

-Investiga quiénes son estos ocho. Si los bloqueó deben haberla ofendido de alguna forma.

-Muy astuto -dijo Carmen Jo.

   La oficial abandonó el despacho con paso cimbreante, llevándose la notebook. Sinclair sintió el vacío que deja una bomba atómica: el aire apartado por la explosión vuelve con fuerza huracanada y derriba todo a su paso.

 

-¿Cuál es la fuente del dolor, Maestro? -le preguntaron a Siddartah.

Desde hacía cinco años, el iluminado meditaba bajo un árbol, en posición de loto. Sus costillas eran visibles bajo la piel, y su estómago formaba una concavidad en lugar de una convexidad. Tardó un buen rato en responder la pregunta de su joven discípulo, y al fin habló con voz débil.

-El deseo.

  El discípulo se acercó y se puso de rodillas frente a él, para oírle mejor. Aquel que alcanzó el Nirvana habló de nuevo.

-El deseo es la fuente de todo dolor. Si una mujer te hace sufrir, es porque la deseas. Si te reprochas haber hecho un mal negocio, es porque deseas la riqueza. Si te atormenta haber perdido un torneo, es porque deseas la gloria. Suprime el deseo, y ya nada podrá atormentarte.

  El discípulo tocó el suelo con la frente en señal de respeto, y siguió su camino.

 

  Aquella noche, Sinclair cenó solo en su casa, como de costumbre últimamente.  Su tercera esposa se había largado con un tipo de Reno, Nevada, cansada de las repetidas ausencias que le imponía su profesión. Ser policía no era para cualquiera, él lo sabía; y ser la mujer de un policía, por lo visto, no era para nadie. Antes de acostarse, puso un poco de música en su PC: algo de Moody Blues para relajarse. Siempre escuchaba música de los '60, aunque él ni siquiera había nacido en esa década. Sentía nostalgia de un tiempo en que no existía, y no solo en la música. También le gustaban los autos de los '60. Había tenido un Corvette, luego un Camaro, ahora un Jaguar. El problema era conseguir repuestos cuando se averiaban. Menos mal que Ben Hutchins, su mecánico de confianza, hacía magia y los conseguía, vaya a saber de dónde.

   Como todo buen policía, Sinclair era obsesivo con su trabajo: los casos quedaban dándole vueltas en la cabeza, y no descansaba hasta resolverlos. Tecleó www. Instagram Sue McKenzie y accedió a su perfil público sin necesidad de abrir una cuenta. Quería ver desde afuera la imagen que ella proyectaba frente a sus seguidores.

   Había muchas fotos de viajes: Sue en Thailandia, vestida con túnica, visitando el templo del Buda de esmeralda; Sue a lomos de un elefante; Sue abrazada a Parnell, su novio afroamericano, en una playa con palmeras… amplió la foto de Parnell: era un tipo atlético, joven, pura sonrisa y suficiencia. Parecía muy satisfecho de sí mismo, impresión que se repitió en otras fotos suyas.

-Que me condenen -se dijo meneando la cabeza- si este príncipe consorte tenía algún motivo o deseo de matar a su gallina de los huevos de oro.

   Entró a Tik Tok y buscó los videos breves de Sue, donde ella se probaba diferentes trajes de baño. Eran cientos de videos, y cada uno tenía entre cinco y cincuenta millones de visualizaciones.

 En su momento había oído que un influencer de Tik Tok gana un dólar por cada 5000 visualizaciones de sus videos. Calculó que Sue embolsaba entre mil y diez mil dólares por cada video de quince segundos, una sola sesión de modelaje le rendía al cabo de un tiempo quizá cien mil pavos. Concluyó que ella pagaba los viajes con Parnell, por lo que éste no tenía móvil económico para matarla. Todo lo contrario. Y en cuanto al crimen pasional, no había más que ver su sonrisa de tycoon satisfecho para dudar seriamente que se tratase de un Otelo.

-Pero si no hallamos al asesino -se dijo mientras apagaba la PC y se desvestía para meterse en la cama- el amigo Parnell pagará los platos rotos.

 


 

2

 

 

 

 

 

 

 

-Te entiendo, West. Una joya como ésta no puede quedar incompleta.

Ben Hutchins rebuscaba entre sus cajas de repuestos el distintivo de Jaguar que va en el centro del parachoques del E Type, "el auto más bello del mundo" según Enzo Ferrari.

-Debe habérmelo robado un niño -contestó Sinclair-. Cuando era un crío yo hacía lo mismo. Tenía una colección de distintivos y luces de posición arrancados a todos los coches de Georgetown.

-¿Por eso te fuiste de la Guyana? ¿Para que no te atrapasen?

-Sí. Aquí me hice policía para pagar mis delitos juveniles.

  Hutchins se volvió, triunfante.

-¡Aquí está! -sostenía el distintivo en alto con ambas manos, como un trofeo.- Ya lo coloco.

   Sinclair levantó el pulgar mientras atendía su móvil.

-Diga.

-Jefe, cité al novio de McKenzie para las 3 p.m. en la Jefatura. 

-Perfecto, allí estaré.

-Otra cosa. Sue McKenzie tenía una relación conflictiva con varios de sus seguidores. A tres de ellos los denunció por acoso.

-¿Alguna condena?

-Dos de ellos están presos, cumpliendo condena en Sing Sing. El tercero sólo debió hacer trabajos comunitarios, por ser menor de edad.

-Buen trabajo, Jo. Cítalo a declarar.

-Hecho.

  Guardó el móvil al tiempo que Hutchins terminaba de colocar el distintivo de Jaguar en el parachoques. Le pasó un billete y trepó al auto.

-Hasta más ver, Ben.

-Adiós, West. Cúidame esa joya.

   Arrancó haciendo chirriar las ruedas y se alejó por la carretera.

 

 

-¿Nombre completo?

-Parnell Ignatius Talbot.

-¿Edad?

-23.

-Bien, señor Talbot. Se lo ha citado a declarar en calidad de testigo por el homicidio de Susan McKenzie.

   El joven estaba pálido, aunque suene a contrasentido tratándose de un afroamericano. Sinclair había observado sin embargo que muchos morenos perdían el color cuando estaban asustados.

-¿Desde cuándo conocía a Susan?

-Hace un año y medio nos conocimos en una discoteca. Ella acababa de mudarse a Nueva York.

-¿Cómo describiría su relación?

-Eramos novios. -Sinclair guardó silencio para que el otro continuase hablando-. Yo la amaba y ella a mí… Estábamos locos el uno por el otro.

-¿Algunas veces reñían?

-Como cualquier pareja, supongo. Ella siempre quería hacer las cosas a su manera y a veces chocábamos.

-¿Llegaron a los golpes?

-No… ¿por qué me pregunta eso?

-Simple rutina.

-Nunca la golpeé. Yo la trataba como a una dama.

-¿Dónde estaba usted anteayer a las 11 p.m.?

-¿Soy sospechoso?

-Es un testigo. Conteste la pregunta.

-Estaba en casa viendo la final de los Red Socks contra los Lakers. Por nada me la hubiese perdido.

  Sinclair observó, en efecto, que Parnell usaba la gorra de los Red Socks requintada hacia atrás. Recordaba haberle visto esa misma gorra en las fotos de su viaje a Thailandia.

-¿Alguien vio ese match junto a usted?

-Solía juntarme con la banda para ver las finales, pero a uno de los muchachos le dio positivo el test de coronavirus, así que no nos reunimos.

-¿Usted estuvo solo esa noche entonces?

-Sí.

-¿No había nadie más en su casa… familiares, servidumbre?

-Vivo solo aquí, mi familia es de Filadelfia. Y la mujer que limpia solo viene de mañana.

   "Estás en problemas, muchacho -pensó Sinclair-. No tienes coartada"

-Los fines de semana duermo en lo de Sue, pero antes de ayer dormí solo. Si lo hubiera sabido...

-Bien, señor Talbot, espere aquí. Enseguida vendrá un oficial a tomar sus huellas digitales.

   El joven levantó una mirada desolada hacia el inspector.

-¿Para qué necesitan mis huellas?

-Simple rutina -respondió el policía, y abandonó la sala de interrogatorios.

   "Si supieras cuántos inocentes van presos por simple rutina…" pensó Sinclair, pero tenía la sensibilidad embotada, como el médico que ha visto morir demasiados pacientes.

 

   Media hora después recibió el llamado de dactiloscopia.

-Hola, Kathy. ¿Ya cotejaste las huellas de Talbot?

-Así es, inspector. Concuerdan con las de la escena del crimen en el caso McKenzie.

-¿La botella en el refrigerador?

-Exacto.

-Era de esperarse, a fin de cuentas era su novio... Gracias, Kathy.

-Buena tarde, inspector.

  Apenas colgó, sus oídos captaron un alboroto en la calle. Se asomó a la ventana y vio a Talbot rodeado de periodistas que le impedían avanzar, poniéndole el micrófono delante de la cara. "Aquí vamos", se dijo Sinclair, y prendió filosóficamente un cigarrillo.

Sólo fumaba como respuesta a una situación estresante, era su vía de escape. Pero la naturaleza de su trabajo le imponía tal stress, que calaba tanto el cigarrillo como cualquier fumador empedernido. Levantó el intercomunicador.

-¿Alguna novedad, Stevens?

-Justo iba a llamarte, West. Parece como si tuvieras un radar.

   Sinclair sabía que Stevens no lo llamaba para evitar recibir un nuevo encargo.

-Te escucho.

-La campanilla que incautaste en el caso McKenzie no es china, sino tibetana.

-Un chino te dirá que es lo mismo, pues para ellos, el Tíbet pertenece a su país.

-Como sea… ese modelo específico no se vende aquí. Busqué en eBay y no la tienen en venta. Ni siquiera en Ali Baba. Se ofrecen modelos similares hechos en aleaciones más baratas, cobre con estaño en el mejor de los casos, pero ésta, según parece, es de bronce obtenido con cobre arsenicado.

-¿Cómo sabes eso?

-No lo puedo saber a ciencia cierta sin un análisis metalográfico, pero lo supongo, porque las campanillas de los monasterios del Tíbet son así.

-¿Y qué te hace suponer que ésta proviene del Tíbet?

-Que ninguna de las que ofrecen por internet tiene el mismo símbolo grabado. Casi todas presentan la misma inscripción, es un epigrama para favorecer la buena suerte. Pero ésta tiene grabados unos trazos diferentes, le pasé la foto a un profesor chino y no la pudo leer.

   Sinclair guardó silencio por unos momentos, desconcertado.

-Buen trabajo, Stevens -musitó.

-Gracias, West.

   Colgó el intercomunicador y se abstrajo unos minutos. Había supuesto que Sue McKenzie, llevada por su gusto oriental, compró recientemente la campanilla en algún baratillo, o tal vez por internet, y que las huellas digitales eran del vendedor. Pero ahora parecía que la pieza había sido traída directamente de Oriente.

¿La habría conseguido en Thailandia? Sinclair lo dudaba. Había monasterios budistas en ese país, pero… no pudo completar su reflexión, porque en ese momento sonó de nuevo el intercomunicador.

-Diga.

-¿Inspector Sinclair? Soy la fiscal de distrito, Eva Langdon.

-¿Cómo está, fiscal? -respondió por fórmula Sinclair, aunque el llamado le daba mala espina.

-Entiendo que ha citado a declarar a Parnell Talbot.

-Así es.

-Acabo de ver por televisión que no lo detuvo.

-¿Debería hacerlo?

-Por supuesto. Es sospechoso de un crimen de odio contra su novia por su condición de mujer.

  Los ojos de Sinclair se entrecerraron hasta dejar pasar sólo un filo de luz.

-Ese es un argumento abstracto que se podría usar para cualquier crimen. No sirve.

-A usted no le servirá tal vez, pero a la fiscalía le sirve.

-Seguro.

   Se produjo un silencio entre ambos. La fiscal lo rompió con una orden.

-Enciérrelo.

-Lo haré cuando lo ordene el juez. No antes.

-Usted es un auxiliar de la Justicia, por si se le ha olvidado.

-Para diligencias probatorias, pídame lo que quiera. Pero las órdenes de arresto sólo puede darlas el juez. Por si se le ha olvidado.

-Ya consigo la orden.

-Perfecto.

   Ambos cortaron la comunicación sin despedirse. Qué ambiente agradable se estaba formando últimamente en la Justicia.  Sinclair se puso a redactar el sumario del caso McKenzie, pues sabía que pronto se lo pedirían. Era una tarea que de todos modos debía hacer, y el llamado de la fiscal no hacía más que acelerar los tiempos.

   Entrada la noche puso su rúbrica sobre el impreso: W. Sinclair, detective inspector de la policía del Estado de Nueva York.

  

 

  Por la mañana asistió temprano a su despacho. Sabía que habría jaleo. Levantó el intercomunicador y marcó el número del forense.

Un estertor se oyó al otro lado de la línea, como si alguien estuviese agonizando.

-Hable o calle para siempre.

   Era la voz inconfundible de Allamistákeo, usando su fórmula preferida para abrir conversación.

-Qué gusto me da oírte, doc. ¿Has tenido una buena noche?

  El estertor del otro lado se hizo más audible; la desnarigada estaba cerca, sin duda. Sinclair prendió calmosamente un cigarrillo y aguardó. Por fin, el moribundo habló.

-Buena noche, sí. Entre mis compañeros del otro mundo.

-No duermes, parece.

-Habrá tanto tiempo para dormir después…

-No lo dudo. ¿Hiciste la autopsia de Sue McKenzie?

   Nuevo silencio agonizante. Después:

-Un cuerpo hermoso para el Hades… su autopsia ya estaba empezada cuando la trajeron, yo sólo la completé.

-¿Conclusiones?

-...

-Tómate tu tiempo.

-...Quien la decapitó sabía manejar bien un cuchillo. Cortes limpios. Una hoja extraordinariamente filosa, incluso la columna vertebral fue seccionada de un solo corte preciso entre las vértebras cervicales. Un maestro de la ejecución.

-¿Señales de violación?

-... No hay edemas ni moretón alguno en la zona genital. Ausencia de semen. Pero presenta signos de contusiones en la cara y las manos.

-O sea que no hubo ataque sexual, pero sí pelea.

-Eso es… eso es.

-¿Restos de piel bajo las uñas?

-Temo que no… no.

-Perfecto, doc. ¿Tienes listo el informe?

-(Estertores terminales)... Sí.

-Envío alguien a buscarlo.

   Sinclair cortó, al tiempo que Jameson entraba a su despacho trayendo un documento judicial.

-No me lo digas… la orden de arresto contra Parnell Talbot.

-Así es, jefe.

   Suspiró mientras echaba una ojeada al documento. Estaba en orden, con la firma y el sello del juez Fordham. Adjunto venía una nota donde el magistrado lo urgía a entregarle un informe preliminar del caso McKenzie lo antes posible. "Viejo carcamán -se dijo Sinclair- ahora sí te apuras..." En efecto, el juez Fordham era conocido por darle largas a las causas, pero ahora actuaba con celeridad extraordinaria. No quería ponerse a la fiscal -y al poderoso colectivo que ésta representaba- en su contra.

   Media hora después volvió Jameson con el informe del forense, y el inspector lo adjuntó al sumario, remitiéndolo al juez.

-Buen día -saludó Carmen Jo, trayendo con su presencia vida a la oficina-. Parece que hoy madrugó, jefe.

-Eres tú quien se quedó dormida, Jo. Aquí nos traemos asuntos importantes entre manos.

-¿Ah sí? ¿Como cuáles?

-Toma -le pasó la orden de arresto-. Vete con Jameson a detener a Parnell Talbot.

-¿Si se resiste disparo a matar?

  Sinclair la miró con sorna.

-Parnell es un espartano, no se entregará. Deberás traerlo muerto sobre su escudo.

   Carmen Jo no captó la gracia del chiste y salió decidida a cumplir su misión. El bastón reglamentario colgándole recto del cinto contrastaba con sus curvas cuando ella se encaraba con un detenido, de forma tal que nadie resistía el arresto.

 


 

                                   3

 

 

 

 

 

 

   El lugar era oscuro, con una frescura reconfortante. Cientos de linternas de papel pendían del techo a media altura, con livianas hojas en forma de corazón colgando de ellas; la brisa entrando por las ventanas las mecía como a un follaje de plata. Sinclair vio a un costado un tambor y una pesada campana de bronce, junto a un ariete suspendido. Siguiendo un impulso golpeó la campana con el ariete, y un sonido maravillosamente solemne inundó el templo. Al fin y al cabo debía anunciarse de algún modo, pensó. Se quedó aguardando junto al altar, donde el Buda descansaba en posición de loto, flanqueado por dos elefantes de seis colmillos. Ofrendas florales frescas daban testimonio de un culto vivo en la devoción popular. Dos mil quinientos años habían pasado desde que el iluminado pisara esta tierra, pero su memoria y sus enseñanzas seguían vigentes.

  Por una pequeña puerta escondida apareció un anciano de larga barba vestido con una túnica color azafrán y sandalias; se acercó a Sinclair y le hizo una reverencia, que fue respondida con alguna torpeza por el policía.

-Sea bienvenido al templo de la luz increada.

-Gracias por recibirme. Me llamo Westminster Sinclair, soy inspector de policía.

   Por lo general, la gente se ponía nerviosa al escuchar tal presentación; pero el anciano le prestó la misma atención que a un mosquito.

-He venido a hacerle una consulta.

   El anciano parecía mirar más allá de él, pero respondió con amabilidad.

-No toda pregunta tiene respuesta, pero haré lo posible por ayudarlo.

   Sinclair sacó de su bolsillo la campanilla y se la puso en las manos al oriental.

-Esto fue hallado en la escena de un crimen. Me gustaría conocer su procedencia y lo que significa la inscripción que lleva grabada.

   El anciano examinó detenidamente los signos grabados en el bronce y luego fijó su mirada en el inspector. Su expresión había cambiado.

-Hace muchos años no veía algo así. La última vez fue hace cuatro décadas, cuando visité un monasterio en Lhasa.

-¿Puede leer lo que dice?

-Es una fórmula mágica para hacer nacer un tulpa.

-¿Qué es eso?

-Un ser creado a través de la meditación.

-Nunca había oído tal cosa.

-En el Tíbet hay monjes capaces de caer en un trance profundo, y en ese estado alterado de conciencia traer al mundo un hijo espiritual.

-Disculpe mi ignorancia, pero no entiendo. ¿Está hablando de seres imaginarios?

-Estoy hablando de seres de otra dimensión, modelados por la imaginación.

-¿Un tulpa es el sueño de un monje?

-No exactamente. Un tulpa puede nacer del desdoblamiento espiritual de quien medita, o puede entrar en la realidad respondiendo a su llamado.

-Me cuesta seguirle.

-Eso es porque concibe la realidad y la imaginación como cosas separadas. Pero la imaginación modela la realidad física, es parte de ella.

-¿Entonces un tulpa… se puede tocar o no?

-A veces se puede tocar con las manos, y otras veces sólo crees que lo tocas.

-Y eso ocurre mientras su creador sueña.

-Su creador puede estar despierto, o incluso muerto, y el tulpa sigue vivo. Es como un hijo, adquiere existencia independiente de su progenitor.

-Diablos…

   El anciano devolvió la campanilla a Sinclair.

-¿Esto puede obtenerse aquí, en New York?

-Lo dudo mucho.

-¿Y en Thailandia?

-Mmm… difícil.

-¿Por qué?

-La inscripción está en tibetano, pero los signos pertenecen al chino mandarín. Eso procede del Tíbet.

-Un profesor chino no pudo leerla… ¿por qué usted sí?

-La escritura china no es alfabética, sino silábica. Hay más de tres mil signos, algunos correspondientes a sílabas que han caído en desuso. Es posible que ciertas sílabas no las hayas oído nunca, aunque seas un hablante nativo.

-Como ciertas palabras del inglés que ya nadie usa, y casi nadie conoce.

-Así es.

-Le agradezco mucho por su información. ¿Quiere decirme su nombre?

-Quong Li. Aquí algunos me llaman Q.

-Han sido muy amable, Quong -Sinclair se esforzó por pronunciar correctamente el nombre del chino-. Buenas tardes.

   El anciano hizo una reverencia, al tiempo que juntaba las manos.

-La paz sea con usted.

  Sinclair cruzó el bosque susurrante de linternas de papel, sintiendo una extraña nostalgia al abandonar el templo.

 

-Hola, jefe.

-¿Cómo estás, Jo?

-Parnell está a buen recaudo en la Jefatura.

-Bien hecho. ¿Se resistió?

-En absoluto -la oficial sonaba un tanto decepcionada-. Manso como un cordero.

-Es que tú eres irresistible -lanzó Sinclair, pues la ocasión era propicia.

-Supongo -respondió ella con sequedad.

-¿Qué hay del móvil de la víctima? -Siguió él, profesional- ¿Descifraron su contraseña?

-Sí, acaban de dármelo abierto. Su último llamado la noche del crimen fue a un sitio de comidas delivery, para pedir sushi.

-¿A qué hora fue eso?

-Sobre las 22:30.

-Media hora antes del asesinato…

-Sí.

   Una idea cruzó rápidamente por la mente del inspector.

-¿Cómo se llama ese lugar de comidas?

-"Sushi delight". Este es el número para pedidos: (...)

-Lo tengo, bye.

-Adiós, jefe.

   Sinclair googleó el nombre del delivery de comidas: daba una dirección a seis calles del domicilio de Sue McKenzie. Subió al Jaguar y atravesó Manhattan, saliendo por el puente Sur hasta arribar al sitio indicado cuando cuajaba la noche. Era un local pequeño, con un asiento de plaza en la acera para esperar los pedidos. Sinclair entró al local y se identificó exhibiendo su placa.

-Inspector Sinclair, policía del estado de Nueva York.

-¿En qué puedo servirle?

Lo había atendido un veinteañero de barba y cabello ensortijado.

-Necesito confirmar un llamado que ustedes recibieron el 11 de agosto sobre las 10:30 PM.

-¿Puedo saber el motivo?

-Es por una investigación policial -respondió vagamente Sinclair.

    El joven se fue a la computadora tras el mostrador.

-Páseme el número desde donde llamaron.

  Sinclair tenía agendado el móvil de Sue McKenzie -por rutina lo hacía con todas las víctimas de un delito que debía investigar-, y se lo dictó al comerciante.

-No tenemos ningún llamado de ese número el día 11 de agosto.

-¿Está seguro?

-Sí. El cliente figura como Sue Mc Kenzie.

-Exacto. ¿Cuándo fue el último pedido de ella en sus registros?

-A ver… el 5 de julio.

  En ese momento estacionó una moto del delivery en la vereda, y entró al local un joven con casco.

-Oye Bob, ¿Tú llevaste algún pedido a lo de Sue McKenzie esta semana?

-¿La rubia que sale por Tik tok?

-La misma.

-No. Hace bastante tiempo no le llevo nada…

-¿Este es tu teléfono para pedidos? - terció el inspector, y le pasó el número.

-A ver… No. Ese no es mío.

-Comprendo. Gracias por su colaboración.

-De nada.

   Sinclair abandonó el local pensativo. Empezaba a sospechar cómo había entrado el asesino al departamento de la víctima.

 

   La mañana siguiente se extrañó al ver un nutrido grupo de periodistas a la puerta de la Jefatura. Debía haberlo previsto, pero su mente estaba ocupada en otros asuntos.

-Inspector, unas palabras sobre el caso McKenzie, para CNN.

   El individuo le había puesto el micrófono contra la boca con un jab perfecto. Sinclair debió esquivarlo moviendo la cintura como un boxeador.

-Sin comentarios -alcanzó a decir, y se escabulló, pero una pared de micrófonos se interpuso entre él y la puerta de la Jefatura.

-¿El asesino opuso resistencia?

-¿Cómo lo atraparon?

-Algunos dicen que la víctima lo había denunciado por violencia de género. ¿Por qué la policía no actuó antes?

   Ante semejante catarata de despropósitos y acusaciones infundadas, Sinclair se lo pensó mejor y resolvió hacer frente a la jauría periodística. De nada valía eludir a la prensa, ellos ya habían condenado sin prueba alguna.

-No hay registrada ninguna denuncia por maltrato contra Parnell Talbot -respondió-. La investigación está en curso, y su arresto responde a la necesidad de determinar con exactitud ciertas circunstancias, no prejuzga nada acerca de su culpabilidad.

-Jamie Le Clerc de Fox News. ¿Pretende insinuar que Parnell Talbot no es culpable?

-Todas las personas son inocentes hasta que se demuestre lo contrario. Es un principio básico del derecho penal. Ahora si me permiten…

   Extendió los brazos hacia adelante y apartó los micrófonos como quien bucea en el mar, llegando con el impulso hasta la puerta de la Jefatura, que cerró detrás de él.

-Uf!

   Carmen Jo sonrió divertida al verlo entrar tan sofocado.

-La fama no es para usted, jefe.

   Sinclair se recompuso, para mantener la imagen ante su subordinada.

-Tráeme la Notebook de Sue McKenzie.

  Se dirigió a su despacho, y enseguida lo secundó la oficial cumpliendo su encargo. Hizo clic sobre el ícono de Gmail y se abrió el correo de McKenzie de manera automática.

-Veamos…

  Revisó los últimos mensajes, sin encontrar al principio lo que buscaba. Retrocedió un mes en el tiempo y…

-Bingo!

   Carmen Jo, inclinada sobre su hombro, se contagió de su entusiasmo, aún sin conocer el motivo.

-¿Qué?

-Lee.

-"Sushi delight tiene un nuevo teléfono. Llámenos ya y haga su pedido. Como siempre, calidad y dedicación al servicio de nuestros clientes".

   Ella se quedó mirándolo, aún sin comprender del todo.

-¿El último llamado de McKenzie fue a este número?

-Verifícalo.

  Carmen Jo corrió a traer el móvil de la víctima, y volvió al instante. Abrió los llamados efectuados y leyó el último número.

-Es el mismo… ¿Qué significa?

-Ayer estuve personalmente en "Sushi delight", y no han cambiado su teléfono. Este mensaje fue enviado por el asesino mediante phishing o suplantación de identidad.

   La oficial se tapó la boca, reprimiendo un "Oh" de sorpresa.

-Entonces ella agendó el teléfono falso y llamó para pedir sushi a su propio asesino!

-Exacto. El tipo habrá llegado con un recipiente térmico en la mano, y al abrirle ella la puerta de calle, la atrapó y la llevó hasta su piso tapándole la boca para evitar que gritase. Luego con su llave abrió la puerta del apartamento… el resto ya lo sabes.

-Es una buena hipótesis.

-Es más que eso, Jo. Explica los cabos sueltos, como las huellas en la campanilla y el mensaje falso a la víctima. Cuando una hipótesis cuadra con todas las circunstancias, es la solución.

-Entonces no la mató Parnell, según usted.

-Obviamente.

   A Sinclair le molestaba ese "según usted", pero se dijo que no era a su subordinada a quien debía convencer, sino al juez.

-Hay algo que no entiendo… -repuso la oficial- ¿cómo sabía el asesino que Sue pedía sushi en ese delivery?

-Simple.

   Sinclair abrió la página de Instagram de la víctima, y pasó fotos hasta encontrar la que buscaba: una instantánea en el balcón, donde aparecían ella y Parnell comiendo sushi. Debajo ponía "Ni en Japón encuentras un gusto tan rico como en Sushi Delight".

-Vaya..

-Son los riesgos de mostrarle tu intimidad a todo el mundo.

En ese momento vieron por la puerta entreabierta del despacho que alguien se presentaba en la guardia de la Jefatura invocando el nombre de Parnell Talbot. Era un hombre joven con rastas y unos tejanos estudiadamente agujereados para dejar ver parte de sus piernas.

-Déjame la Notebook y ve a ver qué quiere.

  La oficial cerró la puerta y el inspector pasó el resto de la mañana despachando papeleo de otros casos que llevaba entre manos. Cuando salió a almorzar vio a Carmen Jo de palique con el sujeto de las rastas, quien había entrado a la Jefatura tres horas antes.

   Se dirigió a Denny's, su restaurante favorito, y pidió unas chuletas con huevos, que vinieron como de costumbre en una sartén individual que conservaba el calor de la cocción. Pidió postre, como premio por haber descubierto la estratagema del asesino en el caso McKenzie. Estaba terminando el helado de crema con manzana horneada y canela -especialidad de la casa- cuando sonó su móvil. Con sorpresa leyó en la pantalla la identificación del llamado: el director del departamento en persona, Jeff Arnolds.

-Comisionado Arnolds, un placer saludarlo.

-Me gustaría decir lo mismo, Sinclair.

-¿Algún problema?

-Usted solo se ha puesto en problemas, por hablar de más con la prensa.

-...

-Dígame ¿cuántos años lleva en la policía?

-Veinte.

-¿Y no sabe aún que nunca hay que ponerse del lado del detenido?

-Vea comisionado… -decidió ser valiente- si yo dejo que los medios digan que la policía considera culpable a Parnell Talbot, la cúpula entera de la institución, usted incluido, se verá en problemas para explicar por qué inculpamos a un inocente.

-¿Usted tiene evidencias para afirmar que Talbot es inocente?

-Sí.

-Más vale que sean convincentes, o vaya despidiéndose de la fuerza.

-¿Tanto lo asustó la fiscal?

-¿Cómo dice?

-Me oyó.

   Silencio tormentoso. A Sinclair no le gustaba el tipo.

-Esta tarde venga a verme a las seis. Con la evidencia que tenga.

-Allí estaré.

Colgó.

-Diablos…

 


 

4

 

 

 

 

 

  6:08 PM. Oficina del Comisionado Arnolds.

  Sinclair entró a la oficina del piso 76, con vistas al bajo Manhattan. Por un momento sintió vértigo, los rascacielos cercanos se precipitaban hacia abajo con un grito suicida, haciendo viajar su terror por los reflejos metálicos. Alrededor de una mesa de directorio se había congregado un aquelarre compuesto por Brian Thompson, jefe de policía, un individuo que de momento no identificó pero supuso que pertenecía a Asuntos Internos, la fiscal Eva Langdon, el joven de rastas y jeans agujereados que viera esa misma mañana en la Jefatura, y el propio Comisionado Arnolds presidiendo la reunión.

-Llega tarde.

   Sinclair no se disculpó.

-¿Puedo tomar asiento o se me acusa de algo? -dijo, y tomó asiento sin aguardar permiso.

-Siéntase como en su casa -respondió con ironía el Comisionado.

-En cierto modo lo es -retrucó el aludido.

-El motivo de esta reunión -arrancó el director- es asegurarnos de que el departamento de policía de Manhattan muestre coherencia en sus comunicaciones a la prensa. El caso McKenzie ha ganado notoriedad en la opinión pública, y no podemos permitir que un miembro de la fuerza exprese opiniones discordantes con el resto del equipo policial. Eso daña nuestra imagen pública.

   Arnolds hizo una pausa y miró a Sinclair.

-Usted, inspector, ha tomado partido por un detenido sospechoso de un crimen de género. Déjeme decirle que nadie aquí presente cree en la inocencia de Parnell Talbot. Sus declaraciones en su favor chocan con el criterio del resto de la fuerza.

  El aludido se mantuvo en silencio, porque sospechaba que el sermón no había terminado. En efecto, la tormenta no había hecho más que empezar.

-Por eso están aquí la fiscal Langdon y el licenciado en psicología Lester Ryan -continuó-. Para hacerle ver dónde metió la pata. Fiscal Langdon, por favor, explíquele al inspector las razones que incriminan al detenido Talbot.

   La fiscal se puso de pie, lo cual no significó gran ganancia de altura respecto de cuando estaba sentada.

-Señores, la evidencia preliminar del caso Mc Kenzie apunta a que el arrestado Parnell Talbot cometió un crimen de odio contra su pareja, por su condición de mujer. Presumir su inocencia es un despropósito, es tomar una actitud medieval, cuando el hombre decidía sobre la vida o muerte de la mujer como si fuese su propiedad. ¿Quiere el inspector Sinclair soltar a este asesino, para que vuelva a matar? No se debe permitir que en la Justicia y la Policía, que es su brazo ejecutor, haya representantes del patriarcado. Los tiempos cambian, y nuestras instituciones deben cambiar con ellos.

  Sinclair miraba los rostros del Jefe de policía Thompson y del agente de asuntos internos, y creyó descubrir en ambos una luz de escepticismo ante la pobreza de argumentos de la fiscal, y el carácter ideológico de su discurso que sólo repetía lugares comunes.

-Licenciado Ryan, tiene la palabra -el Comisionado parecía un poco desilusionado con el discurso de la fiscal.

-Se ha requerido mi opinión experta sobre el arrestado Parnell Talbot -empezó el de las rastas-. Tuve una entrevista con él esta mañana en la Jefatura de policía. Mí impresión es que tiene una personalidad narcisista alimentada por un profundo complejo de inferioridad racial y con tendencia a la psicosis. Su relación de amor-odio con la víctima estaba condicionada por pautas raciales que lo hacían sentirse superior por poseer a una mujer blanca, al mismo tiempo que la despreciaba por pertenecer a dicha raza. Al principio de la entrevista declaró que la amaba, pero en otro momento la tildó de "inconstante y caprichosa, como todas las blancas". Tales contradicciones en su psiquis lo condujeron a un callejón sin salida, del cual solo podía salir matándola, cumpliendo así el papel de vengador de su raza ancestral.

   Durante todo este discurso Sinclair estuvo mirando con sorna al Comisionado, quien terminó apartando la vista. Se hizo un silencio incómodo durante un minuto entero.

-¿Terminó? -preguntó al fin Sinclair.

-Si tiene algo que decir, hágalo ahora -concedió Arnolds de mala gana, ante la mirada de los otros dos policías.

  El inspector se puso de pie para exponer su caso.

-Aún está por verse quien metió la pata -dijo a modo de introducción-. La noche del crimen, la víctima recibió la visita de un delivery falso, quien se hizo pasar por su proveedor habitual de sushi.

  Abrió la notebook de McKenzie y la puso enfrente de los dos policías.

-Este es el mensaje falso que recibió McKenzie, dando un nuevo teléfono para pedidos de sushi. Ella llamó a ese teléfono media hora antes de ser asesinada.

-¿Y cómo conocía el asesino cuál era su proveedor de sushi? -saltó la fiscal- Solo Talbot lo sabía.

-Error -ahora Sinclair giró la notebook para que Langdon pudiese verla-. Sue McKenzie compartió con sus seguidores de Instagram cuál era su proveedor favorito: "Sushi Delight".

-Entonces el asesino pudo entrar en su edificio haciéndose pasar por un repartidor de sushi.

-Exacto.

   Quien había hablado era el Jefe de policía Brian Thompson.

-Usted desvía las sospechas sobre Parnell Talbot, para dirigirlas sobre un desconocido, que nunca podremos identificar -repuso el Comisionado.

-Nunca digas nunca.

-¿Y cómo piensa atrapar a ese fantasma?

-Tengo una pista.

   La fiscal empezaba a ver perdida la partida, pero quiso ocultarlo siendo irónica.

-A ver… ilumínenos.

  Sinclair le puso delante de la cara el informe de dactiloscopia.

-Hay huellas de una tercera persona en la escena del crimen, aparte de Sue y su novio. Están sobre una campanilla de origen tibetano que parece haber sido dejada ex profeso por el asesino.

-Déjeme ver eso.

   Sinclair le entregó el informe y prendió un cigarrillo para relajarse. Al rato Langdon le devolvió el documento con desdén, recibiendo como respuesta un aro de humo en plena cara lanzado por el inspector. Sonrió humillada, sin poder creer tanto descaro. Entretanto, el Comisionado componía el gesto para no quedar mal parado ante sus colegas.

-Muy bien, Sinclair. Profundice esa línea de investigación.

   La reunión se disolvió en apenas segundos, con unos pocos apretones de manos por compromiso que parecieron subrayar la ausencia de empatía entre los presentes.

 


 

5

 

 

 

 

 

 

   Candy G tenía 16 años, pero aparentaba 18. O bien tenía 18 años y aparentaba 16. El caso es que esta influencer de origen portorriqueño tenía el aspecto de una niña de la preparatoria. Y no solo el aspecto, en sus videos breves solía aparecer con el uniforme escolar, de pollera muy corta a cuadros y blusa anudada a la cintura, como si recién volviese de la escuela. De hecho era así, pues mientras ella bailaba sensualmente frente a la cámara de su móvil, echaba miradas nerviosas hacia atrás por si alguien de su casa la veía. En uno de sus videos incluso podía observarse al fondo detrás de ella a un hombre entrando una bicicleta a la casa.

   Estos videos subrepticios y muy calientes hacían furor en Kwai, la plataforma de moda para videos hot al límite de la censura. Los videos de Candy a veces rebasaban ese límite, como aquél donde bailaba entre varios adolescentes acostados boca arriba, y en cierto momento se le sentaba a uno sobre la cara. La influencer se contoneaba largo rato y saltaba aplastando el rostro humillado al ritmo de un reguetón, hasta alcanzar un orgasmo simulado o real, no se sabía bien. El vídeo sumó diez megas de visualizaciones, hasta que fue retirado de la plataforma.

  La banda que bailaba en los videos de Candy -llamarla ballet era muy pretencioso, y quizá inexacto- eran sus propios compañeros de escuela. Cinco muchachos de su edad que la seguían como perros enamorados y la defendían en cualquier circunstancia. Los videos no hacían más que reflejar la vida diaria de la banda.

   Cuando ella montaba impulsivamente sobre uno de sus compañeros, los demás no intervenían, como si fuese una danza sagrada. Pero siempre a último momento lo dejaba con las ganas, pues su juego era tenerlos a todos insatisfechos y pendientes de su capricho. Luego actuaban eso mismo en una coreografía, y subían el vídeo editado a Kwai.

   Candy G también tenía su página de Instagram, por supuesto. Sus seguidores se multiplicaban exponencialmente, y le enviaban mensajes subidos de tono, aunque en su mayoría eran aduladores. Candy los leía con vanidad, y a veces con excitación. Quería sentirse deseada por hombres de tierras lejanas, cuánto más salvaje y represivo fuera el país, más la encendía provocarlos. Recibía mensajes escritos en árabe, en cingalés; no los comprendía, pero los emojis con fuego y corazones eran suficientemente expresivos para captar su intención. Luego estaban los pakistaníes e hindúes, estos ya escribían en inglés, y sus mensajes desesperados le producían una embriaguez prolongada, cómo si hubiese bebido una botella entera de vino generoso.

 

  Cierta vez leyó un mensaje distinto a todos: no era del tipo erótico, ni adulador. Parecía escrito por un fanático religioso -su nick de internet era Killer Buddha-, y en el fondo había un reproche. La sola idea de provocar a un moralista inflexible la encendió, y sin pensarlo se puso a contestarle. He aquí el diálogo:

-¿Por qué provocas a los hombres? ¿No sabes acaso que ellos sufren por no poder tenerte?

-Sé perfectamente que su deseo por mí los hace sufrir. Y eso me excita.

-Eres malvada entonces. En tu alma está el demonio.

-Me encanta ser un demonio que te hace sufrir. De noche, antes de acostarte, pensarás en mí. Y cuando estés dormido, soñarás conmigo.

-Eres malvada.

-Jajaja... tonto!

   Este diálogo estaba en los comentarios al vídeo con el uniforme escolar. Luego, en los comentarios al vídeo donde ella bailaba sobre su compañero recostado, el moralista volvió a reprocharle sus actitudes, provocando una nueva discusión entre ambos:

-Arderás en el infierno.

-No, eres tú quien arde en deseos por mí. Y nada podrá apagar ese fuego. Nada.

-Malvada… eres el demonio mismo.

-Pobrecito… ¿sufres mucho?

-El Buda enseña a suprimir el deseo… pero yo no puedo hacerlo.

-Ay pobre… ¿me deseas día y noche, no es cierto?

-Maldición… sí.

-Jajaja… ¡tonto!

 

   Candy G y su banda publicaron un nuevo video de twerking al estilo brasileño. Caminaron por las calles de Mt Vernon llevando un radiograbador, hasta dar en una pequeña plaza poco concurrida. Allí pusieron la música a todo volumen y empezaron a bailar hasta atraer la atención de algunos curiosos. Candy dejó caer la capa que la cubría y quedó con una falda testimonial, que descubría enteramente sus bien formados glúteos. Invitó a bailar a un sin techo que la observaba embobado, y lo arrastró al centro del círculo que formaban sus amigos y otros curiosos.

   El sin techo quedó sentado en el piso, mientras Candy se contoneaba provocativamente ante él. Entonces ella apoyó las manos en el suelo y estirándose en posición horizontal, calzó los tobillos a ambos lados de su cuello, de modo que lo tuvo atrapado firmemente. La música cambió a un ritmo primitivo de tambores y ella flexionó las piernas, llevando la cara del tipo a chocar contra sus nalgas, una y otra vez.

  Sus amigos filmaban esa escena humillante, donde el sin techo era sacudido con violencia como un pelele sin voluntad, yendo a estrellar su cara contra el objeto de su deseo, que nunca podría poseer. Candy comenzó a hacer poses para la cámara, haciendo la V de la victoria mientras mantenía presionada la cara del indigente contra sus nalgas.

   La canción terminó y ella se alejó despreocupada, desairando a su partenaire. Ya nunca podría tocarle un pelo, so pena de ir preso por acoso.

 

-¿No te da vergüenza lo que haces?

-No. ¿Y tú por qué miras?

-No puedo evitarlo.

-Miras porque te gusta lo que hago.

-Sí...llevo el demonio adentro.

-Yo también. Somos iguales…

-Pero tú abusas de tu posición superior. Eres malvada.

-Deja ya de lloriquear. Mira mis videos y mastúrbate lamiendo la pantalla…

-Vas a pagar por esto.

-Ja ja ja… ¡tonto!

 


 

6

 

 

 

 

 

 

 

-¿Cómo fue su fin de semana, jefe?

-De maravilla. ¿Y tú?

-Genial.

   Carmen Jo unió las manos formando un corazón. Sinclair no necesitó preguntarle con quién había salido.

-Al trabajo. ¿A qué hora citaste a la señora Dermont?

-A las diez. También cité a esa hora a Barron Bridges, el acosador de Sue McKenzie.

-Yo interrogaré a Bridges. Tú interroga a Dermont. Que describa con detalle cada ruido que oyó.

-A la orden.

   El inspector fue a la máquina de café y se sirvió un capuchino. Mientras bebía la aromática infusión vio entrar a la Jefatura un joven alto y huesudo, que se presentó en la guardia como Barron Bridges. Le hizo una señal con la mano que sostenía el pocillo de café.

-Venga conmigo.

   Entraron juntos a su despacho y ambos tomaron asiento escritorio de por medio, a puertas cerradas. Sinclair miró a Bridges un rato sin decir nada. Era su técnica para poner nervioso al otro, antes de empezar el interrogatorio.

-Dígame su nombre completo.

-Barron Samuel Bridges.

-¿Edad?

-19.

-¿Conoce personalmente a Sue McKenzie?

-Sólo la vi en una audiencia judicial hace dos años.

-¿Ha tenido trato con ella desde entonces?

-No.

-¿Ve su canal de Tik tok?

-No puedo. Me tiene bloqueado.

-¿Dónde estaba la noche del lunes pasado, 11 de agosto?

-En Oregón. Pasé todo el mes en la granja de mi tío y volví el viernes.

-¿Volvió en avión?

-Sí, por American Airlines.

-Abra su mail por favor.

-¿Ahora?

-Sí. Debe tener aún el e-ticket en un mensaje. ¿O lo borró?

-No, no lo borré… aquí está.

   Bridges le pasó su móvil al inspector para que pudiese leer el mensaje abierto: efectivamente, era un pasaje electrónico a nombre de Barron Bridges para el día 15 de agosto, en el vuelo desde Portland, Oregón, a Nueva York.

-¿Me autoriza a enviarme este mensaje a mi mail?

  Bridges se encogió de hombros.

-Sí.

  Sinclair envió el mensaje a su propio correo, y luego buscó otro mensaje similar un mes antes: allí estaba, un e-ticket desde Nueva York a Portland el 22 de julio, que también reenvió a su correo. El muchacho había pasado el corazón del verano vacacionando en la granja de su tío.

-¿Tiene testigos de que estuvo allá?

-Supongo que sí. Mi tío George, mi tía Ellen… Kimberley, mi prima… Logan White, su novio, con quien fuimos a surfear a la playa…

-Envíeme sus direcciones de email y sus números de móvil, para corroborar lo que dice.

  Barron Bridges estuvo tecleando un rato, copiando direcciones y enlaces. Al cabo de unos minutos Sinclair recibió un mensaje en su correo con todos los datos requeridos.

-Muy bien, joven, puede retirarse.

   Se estrecharon la mano y Bridges partió con cara de alivio. No se sentía cómodo dentro de una Jefatura de policía.

 

-¿Qué hay?

Carmen Jo estaba al otro lado del intercomunicador.

-Creo que debe oír esto, inspector.

Le pasó la grabación de una llamada recién recibida.

"-Jefatura de policía.

-Hola… quiero hacer una denuncia.

-Diga usted.

-Estoy en la esquina de Jefferson y Lafayette. Enfrente mío hay una ventana con una cabeza cortada.

-¿Seguro no es un maniquí?

-No creo… chorrea sangre.

-¿Puede decirme la dirección exacta?

-No veo que el edificio tenga número. Pero es en el primer piso.

-¿Su nombre?

-Chatworth Murray.

-Enviaremos una patrulla."

  Sinclair soltó una maldición al tiempo que se calzaba la cartuchera con el arma reglamentaria.

-Vamos para allá.

-Entendido, jefe.

   Subieron al coche patrulla y Sinclair se puso al volante. En el camino le pidió a la oficial detalles de su entrevista con la señora Dermont.

-Le pareció oír gritos adentro del edificio. Aguzó el oído, pero por un rato no percibió nada. Luego empezaron a escucharse gritos más cercanos, que provenían del piso de abajo: gritos agudos de mujer, terribles… ella tuvo la certeza de que estaban matando a alguien. Llamó a la policía, pero ya era tarde.

-Eso confirma mi idea. El asesino la atrapó al abrirle ella la puerta de calle del edificio -Sinclair conducía por calles laterales buscando eludir el tránsito-. Luego la llevó al apartamento por la fuerza, entrando con su llave.

-Pobre señora Dermont… está tomando tranquilizantes. Dice que los gritos aún resuenan en sus oídos.

   Por fin llegaron a la dirección indicada en la esquina de Jefferson y Lafayette. Sinclair aparcó y ambos salieron del coche, mirando las ventanas cercanas.

-Allí.

   La cabeza cortada se asomaba a la ventana, echando una mirada terrible a los viandantes. Aparentemente estaba clavada en una pica. La ventana pertenecía a una edificación baja, con un local en planta baja y vivienda en el primer piso. Sinclair tanteó la puerta de entrada, pero estaba cerrada. Tocó el timbre y no obtuvo respuesta. Carmen Jo fue hasta la esquina y se asomó a la puerta vidriada del local.

-Cerrado. Es una pastelería.

-Pide un cerrajero.

   A los pocos minutos se hizo presente uno de la nómina policial. Metió taladro a la cerradura sin miramientos y retiró el pestillo con facilidad. Gastos a cargo del departamento de policía. El inspector y la oficial subieron la escalera hasta el primer piso, donde encontraron una escena de pesadilla.

  En el primer dormitorio había dos cadáveres: un hombre y una mujer muertos sobre la cama, con sendas heridas en el cuello. Sinclair supuso que eran los dueños de casa. En la otra habitación se tropezaron con el cuerpo decapitado de una mujer joven de bruces sobre el suelo, y su cabeza puesta sobre una pica contra la ventana. La hija de los dueños, a juzgar por su edad.

-Jameson, aquí Sinclair. Hay tres personas asesinadas en Lafayette y Jefferson. Envía al equipo de dactiloscopia y al forense.

   Prendió un cigarrillo para apaciguar la primera impresión, y tras dar unas pitadas se sintió lo suficientemente sereno para pensar analíticamente.

  La puerta estaba cerrada con llave, ergo el asesino debió entrar por una ventana. No era probable que fuese la del dormitorio, pues desde abajo había observado que estaba sobre una pared lisa y sin asideros. Pasó al living, donde había una puerta-ventana que daba a un balcón. Se acercó y vio que la persiana de madera estaba semilevantada: por ahí debió entrar el asesino. Volvió al dormitorio y examinó la cabeza cercenada: estaba clavada en lo que parecía ser un simple palo de escoba, cuya punta debía haber afilado el asesino para servir como pica. Se mantenía erguida dentro de un balde lleno de zapatos que le impedían caer.

   De pronto sintió el impulso de volverse sin una razón aparente: frente a él, sobre una repisa con libros, había una campanilla tibetana idéntica a la encontrada en el dormitorio de Sue McKenzie.

-Por las barbas de Satanás...

  Sacó su móvil del bolsillo y la fotografió de cerca, luego se alejó para incluir en la toma la cabeza contra la ventana. Estaban frente a un asesino serial que firmaba sus obras para dejar un mensaje: a él correspondía interpretarlo y adelantarse a sus próximos movimientos.

 Estaba sumido en estas reflexiones cuando se hizo presente el equipo de dactiloscopia. Bajó a la calle, donde encontró a Carmen Jo aún pálida por la impresión. Miró a su alrededor: era improbable que alguien hubiese oído gritos, pues el local de planta baja estaba cerrado y enfrente había un garaje. El único edificio habitado cercano era el lindero a la puerta de entrada, pero los dormitorios de las víctimas estaban del lado opuesto, lo suficientemente lejos como para hacer inaudible cualquier grito. Tocó el timbre del portero y estuvo hablando un rato con él: no había oído nada. Bajaron algunos vecinos, conmocionados al saber que había ocurrido un crimen al lado suyo. Ninguno se había despertado por ruidos inusuales. Se dirigía ya al coche patrulla cuando vio llegar al forense.

-Buen día, Sinclair - saludó fresco como una lechuga.

-Buen día, doc. Tendrá mucho trabajo aquí.

-Avanzaré con mi antorcha disipando las tinieblas del Erebo...

-Este caso tiene prioridad. Cuanto antes tenga el informe, mejor.

   Se despidió y subió al coche patrulla junto con la oficial, poniendo rumbo a Riverside Drive.

-¿A que no sabes lo que hallé ahí arriba?

  Le pasó el móvil a su asistente, abierto en la última foto. Ella abrió los ojos como un gato y lanzó una exclamación.

-Oh Dios…

   El coche patrulla aceleró por la autopista rebasando el límite permitido de velocidad.

 

-¿Identificación de los occisos?

-La pastelería está habilitada a nombre de John Gómez y Elizabet Leiva -leyó Jameson en el informe municipal-. Me comuniqué con el propietario del inmueble, quien confirmó su identidad. Ellos trabajaban allí y vivían en el piso de arriba junto con su hija Candida, de 16 años. Presumiblemente se trata de ellos.

   Mientras hablaba Jameson arribó a la Jefatura un mensajero con casco de motociclista, quien entregó un sobre al inspector. Afuera decía "De Kathy Parsons - para el inspector Sinclair". Al abrir el sobre encontró tres teléfonos móviles que sin duda pertenecían a las víctimas.

  Sinclair buscó un contacto en su móvil y apretó la tecla de llamada.

-Hola inspector.

-Hola Kathy. ¿Aún están en la escena del crimen?

-Sí. Esto es un desastre… Te remití los móviles de las víctimas con una moto, es lo primero que analizamos.

-Acabo de recibirlos. Solo quería confirmar que ya tomaste las huellas que había en ellos.

-Así es. Ya puedes tocarlos.

-Espero tu informe para ayer.

-Uy, cuánto apuro…

-Gracias, Kathy.

   Cortó la comunicación y despidió a Jameson. Los tres móviles descansaban sobre su escritorio. Abrió los dos primeros y los apartó rápidamente tras comprobar que pertenecían a John Gómez y Elizabet Leiva. Sus últimas llamadas estaban relacionadas con pedidos a la pastelería. Tomó el tercer móvil en las manos y lo abrió. No tenía contraseña, al igual que los anteriores. Las teclas de Kwai e Instagram estaban ubicadas en el centro de la pantalla, evidenciando que el único interés de su propietaria se enfocaba en esas aplicaciones.

  Ya podían los países ir a la guerra o la economía sufrir una debacle bíblica, a ella solo le interesaba lo que se veía y comentaba en Kwai e Instagram.

  Pulsó una tecla y se abrió la aplicación de videos breves, que proponían al espectador "videos divertidos" con fotos chuscas como portada. No abrió ninguno, tecleó directamente en "tu canal" y se abrió la lista de videos de Candy G. Pulsó en el más reciente, subido hacía sólo dos días, y se puso a mirar, casi hipnotizado.

 La cámara enfocaba desde abajo las rotundas nalgas de Candy calzadas en una mínima tanga negra, aplastando un gran pastel de masa y crema. La escena era una agonía filmada en cámara lenta: ella se ensañaba con el pastel, descargando todo su peso una y otra vez hasta achatarlo por completo.

-Así quedará tu cara, Killer Buddha -desafiaba Candy en el único comentario firmado por ella, entre cientos ajenos.

-Ya sé dónde vives -fue la sola respuesta de éste.

  Sinclair levantó la mirada del móvil por unos segundos: había dado con un diálogo entre el asesino y la víctima, apenas dos días antes del crimen. Revisó otros videos, y encontró tres diálogos más entre ambos. En su mente se comenzó a formar un perfil del asesino.

   Abrió la cuenta de Instagram de Candy G y fue pasando fotos de ella festejadas por infinidad de emojis con corazones y fuego. La mayoría de los comentarios eran aduladores, casi todos escritos por hombres, aunque también detectó algunos firmados por mujeres. Los videos subidos a Kwai estaban intercalados aquí y allá en la página, pero un atento examen no reveló ningún otro comentario firmado por Killer Buddha.

   Se frotó los ojos cansados. Había pasado más de dos horas revisando comentarios en Kwai e Instagram, y necesitaba descansar la vista. Salió de su despacho con la intención de almorzar, y se topó con Tim Doherty, el cronista de policiales del New Yorker, quien lo había estado aguardando pacientemente en la guardia.

   Al verlo se puso de pie y le extendió el puño, que Sinclair chocó con el suyo, según la moda impuesta por la pandemia. El hombre quería su hueso.

-Parece que tienes trabajo, West.

-¿Qué hay, Tim? ¿Pasabas cerca y viniste a saludarme?

-Las noticias vuelan...

-Salía a almorzar ahora.

-Te acompaño, aunque ya comí.

   Sinclair no se opuso. En su trabajo, la prensa era importante. Podía alertar a un sospechoso o llevar a condenar a un inocente. O costarle el puesto a un inspector de policía. Había que cultivar buenas relaciones con ella, a cambio de información, claro. Las primicias vendían.

  Entraron a Denny's y fueron acompañados hasta la mesa reservada al inspector junto a la ventana.

-Hoy tenemos salmón fresco - les informó el mozo.

-Pediré eso con puré.

-Y yo un café- añadió Doherty.

  Sinclair prendió un cigarrillo y extendió las piernas bajo la mesa, relajado.

-Tal parece que tenemos un asesino serial -dijo Doherty sin mayores preámbulos.

-¿Qué te han contado?

-Se dice por ahí que apareció una segunda mujer decapitada.

-Es correcto.

-A los del Herald no les va a gustar. Ellos ya habían cargado su artillería contra el novio de Sue McKenzie. Armaron todo un discurso sobre crimen de género entre convivientes de distintas razas… esto les va a pinchar el globo.

-Tal vez no lo acepten. Dirán que el segundo crimen es obra de un imitador, inspirado en la decapitación de McKenzie.

-¿Y tú qué opinas? ¿Tienes evidencias que conecten ambos crímenes, aparte el modus operandi del asesino?

   Sinclair permaneció en silencio mientras el mozo traía su habitual cerveza y un café para Doherty. Aprovechó la interrupción para pensar qué debía contarle a la prensa, y sobre todo, qué convenía callar. Decidió que escatimar información perjudicaría a Parnell Talbot.

-En la escena del crimen de Sue McKenzie se hallaron huellas dactilares de una tercera persona. Estaban sobre una campanilla de origen tibetano abandonada sobre la mesa de luz.

-¿Era un adorno, o un recuerdo de viaje?

-No. Era la firma del asesino.

   Doherty quedó con la boca abierta, pero seguía mudo.

-Esta mañana en el dormitorio de la víctima Cándida Gómez Leiva encontramos otra campanilla igual.

 -¡Guau! -exclamó por fin Doherty, encantado con la primicia- ¡Es genial!

-Luego Parnell Talbot queda descartado como autor del homicidio de Sue McKenzie.

-Claro… ¿Tienes pistas sobre la identidad del asesino?

-Secreto del sumario. Ya sabes…

-Ojalá lo atrapen. Prométeme que si lo descubres, me lo dirás antes que a nadie.

- Si tú pagas la cuenta…

   En ese momento llegó el plato. Doherty apuró el resto de su café y dejó un billete sobre la mesa.

-Bon apetit, Sinclair.

  Se puso de pie y abandonó el local, mientras el inspector daba buena cuenta del salmón con puré.

 




 

7

 

 

 

 

 

 

 

  "Otra mujer decapitada. ¿Talbot tiene un imitador?". Sinclair sacudió la cabeza, asqueado por la mala fe del Herald. Querían mantener preso a Parnell a toda costa, como un rehén de su ideología. Se negó a comprar ese tabloide, y llevó en cambio The New Yorker. Al llegar a su despacho lo abrió y pasó las páginas hasta dar con la sección policiales. Allí leyó el titular escrito por Doherty: "Decapitador serial". Era más conciso y tenía más gancho que el titular del Herald. Y sobre todo, era más verdadero. Sinclair supo que la Justicia no liberaría a Parnell hasta que él no les entregase al asesino atado de pies y manos.

   Mientras bebía un capuchino llegaron los informes de dactiloscopia y del forense. El primero constataba que las huellas dactilares sobre la campanilla eran las mismas del caso McKenzie. Apartó la carpeta y se concentró en el informe del forense. A Allamistákeo le encantaban los tecnicismos del estilo "corte sagital", "decúbito prono", "laceraciones microscópicas", etc. Sinclair saltó por sobre esa jerga científica y aterrizó donde le interesaba: "los cortes parecen hechos con un cuchillo de tres filos". Frunció el ceño con extrañeza; ¿existía tal cosa? No había signos de abuso o violación.

La hora de los decesos se estimaba en medio de la noche, entre la una y las tres.

  Levantó el intercomunicador y llamó al forense.

-Hable ahora o calle para siempre -fue la consabida respuesta.

-Hola doc, estoy leyendo tu informe. Dime… ¿Por qué piensas que los cortes en la garganta de Cándida Gómez Leiva fueron hechos con un cuchillo de tres filos?

-...Hay laceraciones a 120 grados del corte principal, producidas por dos hojas filosas. Me pareció advertirlas en el cuello de Sue McKenzie, pero aquí están más claras.

-¿Los otros dos cuerpos fueron heridos con la misma arma?

-No… sufrieron lesiones provocadas por un instrumento cortante, pero no me animaría a afirmar que fue un cuchillo.

-Estás un poco misterioso hoy.

-Veritas perambulans in tenebris…

-Buen trabajo, doc.

   Colgó, intrigado por las palabras del forense. Entró a internet y googleó "cuchillo tibetano de tres filos": apareció, cómo no, el objeto de su búsqueda.

  "El Phurba en tibetano o Kila en sánscrito, también conocido como La Daga Mágica o La Diamantina Daga del Vacío, es un puñal utilizado en ceremonias del budismo tántrico y un auténtico ícono de las mismas. No es un arma, sino un instrumento puramente ritual que utilizan lamas y chamanes tántricos para ahuyentar y destruir a los demonios.

  "Los chamanes y monjes que están facultados para usar el Phurba lo emplean en rituales para la sujeción de energías negativas en ceremonias tántricas, transformándolas en positivas.

   "Pese a que el Phurba no está afilado, es un arma ritual poderosa que se utiliza para cazar a los demonios y a los malos espíritus. Con el Phurba los demonios son sometidos y clavados en el suelo, y obligados a reconocer la doctrina del Buda."

  Las fotos de internet mostraban diversos phurbas, todos decorados con el rostro de un demonio en el mango, algunos incluso con piedras preciosas incrustadas. Evidentemente se trataba de un arma simbólica, pues los tres filos lo hacían muy poco práctico. El asesino sin embargo lo había utilizado de preferencia a cualquier daga convencional, lo cual evidenciaba que para él, las víctimas eran demonios encarnados, o estaban poseídas por espíritus malignos.

  Había afilado las tres hojas del Phurba hasta hacer de él un arma letal: sus asesinatos eran una limpieza del mal, así debía verlos aquella mente enferma.

  Cogió su abrigo y avisó a Jameson que esa tarde no volvía. Ya a bordo de su Jaguar, puso rumbo a Mt Vernon. Había reconocido la pequeña plaza donde se filmó el vídeo de twerking brasileño. Una vez allí, puso a reproducir la primera parte del vídeo en su móvil, y desandó el camino que había hecho la banda de Candy G, enfilando la última calle que recorrieron previa a la plaza, y luego las anteriores, siempre en sentido inverso a ellos. Reconoció un puesto de hot dogs frente al cual Candy se había detenido a mover sensualmente sus caderas, mientras los muchachos la apuntaban con el índice y el pulgar extendidos, según el uso del rap. Por último, enfiló la primera calle que mostraba el video: allí había arrancado la filmación, frente a una puerta en arco donde Candy tocaba la aldaba para llamar a uno de sus compañeros, quien salía de ella y se sumaba a la banda con un radiograbador al hombro del cual empezaba a sonar la música.

  Sinclair tocó la aldaba y esperó. Al rato le abrió una mujer madura con aire de quererlo echar.

-¿Qué quiere?

-Inspector Sinclair, policía de Nueva York.

  Exhibió su placa; la mujer calmó su prepotencia como por ensalmo.

-¿Aquí vive uno de los compañeros de Cándida Gómez Leiva, conocida en internet como Candy G?

-S… sí. Es mí hijo.

-¿Se encuentra él en casa ahora?

-¿Lo van a arrestar?

-No, señora. El es solo un testigo. Me gustaría hablar unos momentos con su hijo, si es posible.

-...Está bien. Lo voy a llamar.

   La mujer entró y al rato salió por la puerta un adolescente con gorra, camiseta de basquet y bermudas largas, el uniforme del rapero. Sinclair reconoció en él a uno de los bailarines del vídeo.

-¿Cómo te llamas?

-Dave.

-¿Apellido?

-Cornwall.

-Estoy investigando el asesinato de tu amiga Candy G. ¿Te viste con ella después de grabar su último video en Mt Vernon?

-Sí, nos juntamos toda la banda la tarde siguiente, era el cumpleaños de Josh.

-¿Dónde se reunieron?

-En su casa, a unas diez calles de aquí.

-¿A qué hora saliste para allá?

-Sobre las seis.

-¿Notaste que alguien te siguió?

   Dave hizo un ligero gesto de sorpresa ante la pregunta.

-Ahora que lo dice… había un tipo raro, todo rapado. Vestía de negro, con ropas holgadas… parecía salido de la serie Kung Fu.

-¿Oriental?

-Sí. Lo vi cuando iba para lo de Josh, y luego de nuevo al salir de su casa.

-¿A qué hora te fuiste?

-Sería medianoche.

-¿Candy estuvo con ustedes hasta esa hora?

-Sí, salimos juntos. Ella se fue para su casa con Nigel.

-El oriental estaba apostado frente a la casa de Josh ¿no es cierto?

-Estaba ahí cuando salimos. Después no lo vi más.

-Muy bien, Dave. Gracias por tu cooperación.

-Atraparán al maldito ¿no es cierto?

-Descuida, lo haremos. Te citaré a la Jefatura para que hagan un identikit del sujeto de acuerdo con tu descripción.

   Sinclair se despidió y volvió a su Jaguar. Estaba convencido de que el asesino había hecho el mismo camino que él, desandando en sentido inverso las mismas calles que recorriera la banda de Candy, desde la placita de Mt Vernon hasta la casa de Dave Cornwall, guiándose por el vídeo. Luego acechó pacientemente a Cornwall, sabiendo que tarde o temprano se reuniría con Candy y sus amigos; y finalmente la siguió a ella hasta su casa cuando terminó el cumpleaños de Josh.

   Ahora todo dependía de un identikit. Y de la rapidez con que que el pelo y la barba le crecía al asesino.

 

-Maestro, sabemos que las acciones humanas no dependen únicamente de la voluntad del sujeto. Hay otras causas poderosas que contribuyen a ellas. ¿En qué medida somos responsables de nuestros actos?

   Siddartah ya era anciano, pero aún caminaba junto a sus discípulos por los jardines del templo.

-El ser es hijo de sus actos. Es el acto quien reparte a los seres.

  El discípulo meditó unos momentos antes de responder.

-¿Cómo es eso posible, maestro? ¿No somos nosotros, quienes realizamos el acto, sus autores?

-Sí tú matas a alguien, te conviertes en un asesino. Tu vida entera a partir de ese momento quedará condicionada por tu acto. Si emprendes un negocio, serás un negociante. Si engendras un hijo te convertirás en padre; ya nada será igual para ti. Cada acto, importante o pequeño, te va cambiando, y hace de ti quien eres.

   El discípulo hizo una reverencia en señal de respeto y se marchó.

 


 

8

 

 

 

 

 

 

 

   "La conducta sexual es el conjunto de actos, ritos y cortejos que conducen al apareamiento de la hembra y el macho para reproducirse y conservar la especie; ello incluye la atractividad, proceptividad y receptividad de la novilla o vaca así como el cortejo y la cópula por el toro (Price, 1985; Katz & McDonald, 1992)"

   La doctora en etología animal Kate Woodward cerró con disgusto el PDF de donde copió el párrafo precedente para su paper, y abandonó su escritorio para prepararse un café. La novilla debe actuar con "procetividad" cuando un toro se le acerca para copular… bien sabía ella lo que éste término significa en su campo de investigación. "Proceptivo: Que debe ser cumplido o actuado de manera obligatoria por estar ordenado mediante un decreto o una orden." 

  ¿Una orden de quién? ¿De Dios? ¿O del toro? Y aunque la orden proviniese de Dios, eso no le inspiraba suficiente respeto como para someterse. "Parirás con dolor…" que asco. Probó el café y se tranquilizó. Una idea loca germinó en su mente, y sintiendo un calor de excitación en todo el cuerpo, decidió ponerla en práctica de inmediato. Miró la hora: apenas la 1:30 PM. Había tiempo: el zoo estaría abierto hasta las 6. Decidió llamar a su amigo Patch Simmons.

-¿Hola Patch? ¿Qué haces?

-Nada. O mejor dicho, pienso en ti a todas horas.

-Ja ja… oye, se me ocurrió una idea loca. Quiero ir a filmar un vídeo al zoo del Bronx. A ti te queda cerca.

-¿Ahora?

-Ahora.

-Bueno...¿por qué no? Tengo una reunión por zoom en un rato, calculo terminar poco después de las 3. Puedo estar en el Bronx a las 4.

-A las 4 entonces, nos encontramos en la boletería.

  Colgó. Siempre podía contar con Patch. Buscó en su vestidor la calza más ajustada que tenía y se la fue subiendo por las piernas con un esfuerzo placentero: tenían el llamado "efecto piel", adhiriéndose a sus piernas torneadas como por un artista, sin formar arruga alguna. Se miró al espejo, satisfecha: tenía una figura esbelta y de formas llenas a la vez. A sus 42 años, su trasero prieto y bien formado podía competir en firmeza con cualquier veinteañera. Calzó unas botitas con tacones altos y un top ceñido en el pecho. Así vestida fue a buscar su auto y condujo dos horas hasta Nueva York. Llegó al zoo del Bronx sobre las 4 PM, y aparcó en el estacionamiento. Al acercarse a la boletería vio a Patch dándole la bienvenida con dos boletos en la mano. Se saludaron con un beso, y él pegó un silbido de admiración.

-Vaya, Kate! Así deberías vestirte siempre.

-Tal vez use este look en el próximo congreso de etología animal.

-Causarías sensación.

-¿Entramos?

  Ingresaron al zoo dejando a su paso una estela de miradas que oscilaban entre la admiración y la envidia, llegando en algunos casos el reproche mudo por la forma provocativa de vestirse. Pasaron por las jaulas de los leones y un amplio espacio destinado a las jirafas, hasta llegar a una construcción cubierta terminada en un gran ventanal vidriado, a través del cual se veían monos en un entorno de arena con árboles, a cielo abierto. La gente se sacaba fotos frente a la gran vidriera, con los monos de fondo.

-Alista tu cámara, Patch. Vamos a filmar aquí.

   Patch no hizo preguntas. La amistad entre ambos había sobrevivido a los años gracias a la constancia incondicional de él, quien admiraba la belleza y la inteligencia de Kate no tan en secreto. Cuando tuvo listo el móvil, ella fingió posar para las fotos, pero le dijo en voz baja:

-No filmes todavía.

   Estuvieron un rato así hasta que una familia a su lado terminó de sacarse fotos con los monos, y se retiró. El lugar quedó momentáneamente vacío.

-Filma ahora -urgió Kate, y empezó a hacer twerking junto a la vidriera, de espaldas a los monos.

   Los movimientos de sus nalgas turgentes eran provocadores, y atrajeron a los primates. Un chimpancé grande se puso justo frente a ella y empezó a golpear el vidrio con el puño, demostrando urgencia por cubrirla. Al mismo tiempo, un chimpancé pequeño quería ocupar su lugar, pero el más grande lo apartaba, mientras seguía golpeando el vidrio, reclamando a la mujer. Kate  los veía volteando la cara, mientras mantenía el movimiento nervioso de sus nalgas, que enloquecía a los monos. Ella estaba encendida por la sorpresa: nunca había visto animales responder de una manera tan humana a la provocación de una mujer. Le clavó la mirada al chimpancé grande, ebria de placer, mientras el animal continuaba reclamándola inútilmente.

  En ese momento se acercó gente y Kate cesó el twerking frente al mono, sonriéndole con inocencia a Patch. ¿A que había sido una buena broma?

 

   "El concepto de proceptividad en la conducta sexual animal, postulado por investigadores como Price, Katz y Mc Donald, debe ser revisado en cuanto respecta a los animales más próximos al hombre, ya sea por su cercanía evolutiva o por su convivencia estrecha, tales como los chimpancés y los perros. Experimentos recientes muestran que los primeros son capaces de responder a la conducta provocativa de una hembra humana de un modo que no cuadra con los supuestos imperativos naturales."

   La doctora Woodward planeaba ampliar su experimento sobre la conducta sexual de los chimpancés, e incluir los resultados en la ponencia que presentaría durante el congreso internacional de etología animal a celebrarse en noviembre en la universidad de Eton, Reino Unido.

-Buenas tardes, Kate -saludó Bruce Taylor al entrar a la sala de profesores donde ella se encontraba escribiendo en su Notebook. Era su colega y ex marido.

-Hola, Bruce -ella cerró la Notebook y se puso de pie-. Tengo una clase ahora.

-Estás preciosa con ese traje. El negro te sienta muy bien.

-Gracias -respondió secamente y abandonó la sala de profesores rumbo al aula.

   Se habían separado tras ocho años de matrimonio, por la insistencia de Bruce en tener hijos. Ahora él era padre de un niño de un año con su nueva mujer, pero no había cesado de desear a Kate, por lo cual ella lo evitaba cuanto podía.

"Que te aproveche tu paternidad -se dijo a sí misma-. Un chimpancé me ha encendido en pocos minutos más que tú en ocho años de convivencia."

 

-Hola Patch. ¿En qué andas?

-Oyendo a Bruce Springsteen. ¿Y tú?

-Relajándome en la cama.

-Uy…

-Oye. Ese mono que filmamos en el zoo del Bronx se comportó de una manera muy rara. Quiero ampliar mi investigación de su conducta.

-Te confieso Kate, que ese vídeo me enciende cada vez que lo veo. Si quieres filmar uno nuevo, no tienes más que pedírmelo.

-¿El viernes por la tarde puedes?

-Puedo.

-A las 4 Pm en la boletería entonces.

-Allí estaré.

-Eres un dulce.

 

  El viernes Kate llegó puntual a encontrarse con Patch, quien la esperaba frente a la boletería del zoo con boletos para ambos. Kate iba con un vestido suelto para evitar llamar la atención, porque quería estudiar la conducta del mono antes de lanzarse a la acción. Por debajo del vestido llevaba un minishort tejano muy ceñido, que le descubría más de la mitad de las nalgas.

   Llegaron frente a la vidriera de los monos y buscaron con la mirada al chimpancé grande de la vez pasada; lo hallaron sentado sobre sus cuartos traseros, junto a una hembra que se movía a su alrededor, rozándolo cada tanto.

-Cuando una hembra roza intencionadamente a un macho, es porque quiere sexo con él -dijo Kate.

  El chimpancé grande, sin embargo, la ignoró, hasta que la hembra se cansó y se apartó de él. Entonces Kate vio su oportunidad, al vaciarse el lugar de visitantes. Patch empezó a filmar cuando ella se quitó el vestido: quedó de short y tacones altos, con sus nalgas semidescubiertas frente a la vidriera.

Al verla el chimpancé grande se puso alerta y vino de inmediato hacia ella, mostrando un vivo interés. Esta actitud contrastaba con su indiferencia previa hacia la chimpancé hembra, de manera inexplicable. Un reguetón empezó a sonar en el móvil de Kate, quien se puso a bailar un twerking descarado a escasos centímetros del mono. El animal  golpeó con urgencia el vidrio, como la vez anterior, pero al cabo de un rato quedó estático, contemplando sus movimientos. Poco a poco se fue hundiendo como un espectador en su butaca, resignado.

   El macho alfa ya no exigía nada: se había rendido. Kate se supo dueña de la situación, y junto con una embriagadora sensación de poder, le bajó la dulzura del cielo entre las piernas. Pegó sus nalgas al vidrio y comenzó a contonear sus caderas circularmente frente a la cara inmóvil del mono, que se entregó apoyando un largo beso sobre el vidrio.  Kate puso los ojos en blanco, y Patch hubiese jurado que experimentaba un orgasmo.

  El reguetón terminó y ella se apartó entre risas, quitándole importancia a la cosa.

 

   "El sujeto del experimento es un chimpancé macho del zoológico del Bronx. En una primera visita respondió a la provocación de una hembra humana golpeando el vidrio para que se le permitiera acceder carnalmente a ella. En la segunda visita, tras golpear el vidrio que los separaba algunas veces, cambió su actitud para adaptarse a las circunstancias, adoptando una conducta sexual menos exigente y más sumisa con la hembra, quien pasó de ser un objeto provocador a erigirse en dueña de la situación."

-¿Cómo va tu ponencia, Kate? -la saludó Bruce entrando a la sala de profesores.

-Progresando -respondió ella sin entrar en detalles.

-Kate siempre nos sorprende con algo nuevo -comentó aduladoramente Hermon, profesor de biología.

-Asi es -convino Bruce-. Estoy impaciente por leer ese paper.

-Tal vez te perturbe un poco -respondió ella.

-Tú me perturbas con solo tenerte cerca.

-¿Cómo está el pequeño Tommy?

   Esta pregunta desarmaba indefectiblemente a Bruce, poniendo fin a sus galanteos. Ella lo había dejado para que pudiese realizarse como padre. El hubiese querido tenerla a ella y a su hijo, pero a veces la vida nos impone una elección.

   Kate se puso de pie y cerró su Notebook, abrazándola contra su pecho.

-Me voy a dar clase. Buen día, caballeros.

  Salió taconeando con firmeza; sus colegas no intentaron fingir indiferencia, siguiéndola con la mirada hasta que se perdió de vista.

 

   Mensaje de WhatsApp de Patch Simmons a Kate Woodward: ella lo abrió e hizo clic sobre el link, ya que no había texto. Comenzó a proyectarse un vídeo de Youtube donde se reconoció a ella misma en el zoo del Bronx. Patch tenía muy buen ojo para la cámara, era increíble la variedad y calidad de tomas que había logrado de su encuentro con el chimpancé con solamente un móvil. El video tenía para ella un interés científico, pero para el usuario común de Youtube era un vídeo hot más, eso sí, muy original en su contenido.

   Apenas terminó de verlo llegó otro mensaje de Patch, con el link del segundo vídeo. Era nítido y bien encuadrado, como el anterior. Sintió un poco de vergüenza al ver sus nalgas tomadas espectacularmente desde abajo, como las de una bailarina vulgar; ella era la doctora Kate Woodward, y se supone que no debía exhibirse así. Lo cierto es que estaba a la altura de muchas estrellas del twerking, si no más arriba. Bah, se dijo, al revés que pasa con los hombres, ninguna mujer pierde su puesto por exhibirse. Todo lo contrario, son admiradas por reunir competencia profesional y sensualidad.

  "Eres un talento, Patch", le escribió. El contestó "Mi talento no es nada comparado con el tuyo". Dulce Patch… alguna vez debería darle lo que tanto ansiaba. Pero no: cuando te entregas a un hombre te considera suya. Y empiezan los problemas.

 


 

9

 

 

 

 

 

 

 

-El viernes 4 PM frente a la boletería del zoo.

-Allí estaré.

  Kate empezaba a darle órdenes a Patch, haciendo uso de su poder sobre él. Las relaciones humanas se deslizan fatalmente por una pendiente, apenas se rompe el equilibrio en la balanza de la reciprocidad y el respeto mutuo.

Ella lo usaba y él se dejaba usar en pos de un premio quimérico.

  A la hora convenida se encontraron frente a la boletería; ella iba con un poncho de seda blanca y botitas con tacones altos de donde emergían sus bien torneadas piernas color canela claro. El poncho las descubría hasta medio muslo y Patch podía imaginar lo que seguía. ¿Qué llevaba puesto más arriba?

   Se dirigieron a la jaula al aire libre de los monos y se detuvieron frente a la gran vidriera donde algunos niños les hacían muecas para sacar a los animales de su aburrida tranquilidad. Como si tuviese un sexto sentido, el chimpancé grande se puso alerta y captó a Kate entre el público. Se vino frente a ella, causando sensación en los niños. Kate y Patch comprendieron que convenía retirarse para no excitar al mono y que los niños, aburridos, se fueran. Cinco minutos después el lugar se vació de visitantes y ellos entraron de nuevo. Patch puso a punto de filmación su móvil mientras veía con zozobra como Kate se quitaba el poncho y quedaba con una minúscula tanga negra ceñida a la cintura, que dejaba sus nalgas amplias y firmes completamente expuestas.

  El mono se vino corriendo a cuatro patas hasta ubicarse justo frente a ella y se la quedó mirando, expectante. Empezó a sonar un reguetón colombiano en el móvil de Kate; era aquél cuya letra dice:

Lo que pasó, pasó

Entre tú y yo

  El estribillo se repetía incansablemente, refiriéndose a algún acontecimiento que ninguno de los dos podría olvidar. Kate le dio la espalda al mono y empezó a mover la cintura con los brazos en alto, contoneando sus caderas a un metro escaso de él. Esta vez, el primate no golpeó la vidriera exigiendo acceder donde ella; en lugar de eso se hundió humildemente, como el espectador de un striptease. Se acercó lo más que pudo a Kate, presionando su cara contra el vidrio hasta deformarla por completo. Su aspecto era impresionante: al carecer de tabique nasal, nada impedía que su rostro entero se achatase como una máscara de goma con los rasgos mal dibujados. El chimpancé había perdido toda su dignidad; ahora era una caricatura patética.  Respondiendo a un impulso primario, Kate pegó sus nalgas al vidrio, y comenzó a refregárselas en la cara al mono para completar su humillación.

 Ahora Kate gemía, mientras movía circularmente sus caderas con frenesí contra la cara achatada en el vidrio; ya no fingía inocencia, aunque sabía que Patch la estaba viendo. Pero la vía al orgasmo se había abierto, y no pensaba retroceder por guardar las apariencias.

-Ahhh, ahhh, ahhh…

   Entonces ocurrió algo inesperado: el mono comenzó a maturbarse con la mano, sin despegar la cara del vidrio; Kate lo advirtió y redobló su movimiento de caderas, refregándolas con más fuerza contra aquel vivo retrato del deseo torturado; una sonrisa endulzó sus labios, al ver que el animal la llevaba al éxtasis.

-Aaaaahhhhh, aaaaahhhh, aaaaahhhh...

  Kate alcanzaba el orgasmo en el preciso instante en que el mono, en el paroxismo de su deseo, eyaculaba abundantemente contra el vidrio.

-Síiiiiii, síiiiii, dámelo todo, todo!!!

  El triunfo científico se mezcló al orgasmo físico en una sensación única e irrepetible dentro del pecho de Kate.

-Síiiiiiiiiiiiiiiiii…

  Patch la miraba, maravillado. Había filmado un evento único: un animal masturbándose no por simple necesidad física, sino en respuesta al baile provocativo de una mujer. Su video haría historia.

 

"El experimento conductual con el chimpancé macho del zoo de Bronx alcanzó un resultado inesperado. Podemos afirmar que su conducta constituye un caso único en la historia registrada del reino animal. El sujeto estudiado modificó su conducta sexual a lo largo de tres sesiones, primero reclamando con urgencia a la hembra humana; luego adoptando una actitud pasiva frente a ella, adaptándose al papel que las circunstancias le imponían; y por último, canalizando su deseo sexual hacia ella por vía de la masturbación, hecho inédito en el reino animal. El chimpancé alcanzó la eyaculación, no por una pulsión interna, sino respondiendo a la  provocación de la mujer. Queda así demostrada por primera vez la interacción sexual entre especies distintas en un plano psíquico, donde la imaginación erótica y el juego de poder son definitorios."

 

   El tercer video filmado en el Bronx fue subido a YouTube en el canal de Patch Simmons, alcanzando 6 Megas de visualizaciones en la primer semana. Kate volvió una noche de dar clases en la Universidad y una vez en la cama, se puso a leer los comentarios, divertida. Algunos eran puramente festivos -"iujuuuuu", "por ti me vuelvo mono", etc-; otros subidos de tono o directamente groseros -Patch no los había revisado, evidentemente-; otros provenían de los defensores de animales… este último era el grupo más interesante, y es al único que Kate prestó atención.

-Pobre mono, hacen lo que quieren con él -se quejaba Stella-. No es justo maltratar a un animal.

Kate le respondió así:

-¿Ofrecerle una excitación nueva y llevarlo al orgasmo es maltratar a un animal? Piénsalo un poco.

  Siguió leyendo otros comentarios hasta dar con otro interesante.

-Tú perviertes el orden de la naturaleza -condenaba Killer Buddha.

Kate quedó un rato pensativa y tecleó su respuesta:

-Yo formo parte de la naturaleza. Y si mis actos subvierten el orden establecido, será porque están formando un nuevo orden.

Parece que Killer Buddha estaba en ese momento online, porque respondió enseguida.

-No puedes reemplazar a Dios.

-Sí puedo, porque la mujer forma parte de él. Y es la parte más hermosa.

-¿Quieres crear una nueva religión, y que te adoren?

-¿Por qué no?

-Pagarás por tu soberbia.

-Mejor cállate, bobo.

   Fue un diálogo breve y explosivo, como una reacción química rápida entre dos sustancias reactivas entre sí. Kate dio carpetazo a Killer Buddha y se fue a dormir. Su cadera formaba una curva poderosa bajo las mantas…

 


 

10

 

 

 

 

 

 

 

  La detective Anne Dupont Legrasse acababa de ser ascendida al puesto de inspectora de la Jefatura de Albany. Era una mujer bien plantada y segura de sí misma, que había ido trepando en la fuerza policial gracias a su capacidad y buen criterio; según sus compañeros de trabajo, poseía una serenidad a toda prueba. Esa mañana de comienzos del otoño llegaba a la Jefatura vestida con un sobrio traje gris que le confería autoridad sin menguar su atractivo, cuando vino a su encuentro el oficial de guardia.

-Inspectora, acaban de reportar un crimen en la universidad.

   Legrasse se paró en seco; esas cosas no solían ocurrir en la tranquila Albany.

-¿En cuál facultad?

-Ciencias Naturales.

-Alista un coche patrulla. ¿Está Cameron?

-No llegó todavía.

-Ven tú conmigo entonces.

   Ella se puso al volante y activó la sirena, haciendo apartar los coches a su paso como un barco que abre estela en el mar. Quince minutos después se detuvo en el aparcadero de la Facultad de Ciencias Naturales. Se apearon y marcharon presurosos a través del campus hacia la rectoría. Allí los recibió la Secretaria Académica junto con un hombre entrado en años a quien presentó como jefe de maestranza.

-El señor Reynolds los acompañará hasta el departamento de Etología.

  Salieron los tres y caminaron en silencio atravesando el patio central hasta dar en un largo pasillo, jalonado por puertas rotuladas con carteles de acrílico: "Departamento de biología marina", "Departamento de Entomología"... y por fin, en la última puerta "Departamento de Etología animal". El jefe de maestranza la abrió sin decir palabra y la inspectora Legrasse, por primera vez en sus quince años de carrera policial, lanzó un breve grito de sorpresa horrorizada, que sofocó enseguida.

   De la lámpara forjada en hierro situada en el centro del despacho colgaba una larga trenza de pelo rubio ceniza rematada por una cabeza de mujer. Era una perfecta belleza inglesa, de rasgos finos y orgullosos.

-La doctora Kate Woodward -informó el jefe de maestranza.

  Una gota de sangre se formó en el cuello incompleto y cayó al piso, donde yacía el cuerpo decapitado.

-¿Alguien oyó algo?

-Yo empecé mi turno a las 12PM y no oí nada en toda la noche. La doctora los jueves daba clase hasta tarde, y a veces recibía a sus alumnos de tesis aquí después del curso.

   El hombre se retiró y dejó solos a los policías. Recuperando su serenidad, la inspectora Legrasse se acercó al cuerpo en el piso y observó que las uñas de ambas manos estaban manchadas con sangre, señal de que la víctima se había defendido, arañando (¿tal vez en la cara?) al asesino. El cuerpo estaba vestido con un conjunto negro de saco y falda, sin señales de que alguien hubiese intentado quitárselo. Incluso los pies estaban calzados con zapatos de tacones altos. La lucha parecía haber sido breve y mortal. Tomó su móvil y llamó a la Jefatura de Albany.

-Joe, manda a dactiloscopia al campus de Ciencias Naturales, departamento de Etología. Y que también venga el forense.

-Esto me hace acordar a las dos decapitaciones que hubo en New York hace un par de meses -apuntó el oficial ayudante.

-Es cierto… debe haber alguna relación con esos crímenes.

   La inspectora buscó en su móvil un teléfono de la policía de Manhattan y pulsó llamar.

-Jefatura de policía.

-Habla la inspectora Legrasse de la policía de Albany. Tenemos aquí un crimen que sigue el patrón de dos homicidios investigados por ustedes.

-Habla el oficial Jameson.

-Tenemos una decapitación aquí. La víctima era profesora en la Facultad de Ciencias Naturales de Albany. Necesito información sobre los crímenes de New York que pueda ayudarnos a atrapar al asesino.

-Informaré al inspector Sinclair y él se comunicará con usted.

   Colgó, preguntándose cuánto demoraría la Jefatura de Manhattan en brindarle la información necesaria. A veces, los policías de la Gran Manzana subestimaban a los de la periferia, sin cuidarse de mantenerlos al tanto de sus investigaciones, como si sólo a ellos compitiera descubrir y arrestar al homicida.

  Al rato apareció la gente de dactiloscopia y el forense. Legrasse ya se iba a retirar, cuando llamó su atención un objeto exótico apoyado sobre el escritorio de la víctima: era una campanilla de bronce con un signo chino grabado y un mango rematado por la figura de un mongol. ¿Sería un pisapapeles?

-Tomen muestras de la piel que debe tener adherida bajo las uñas -le dijo al equipo que ya empezaba a trabajar-. Obtendremos el ADN de quien hizo esto.

   Se dirigió al coche patrulla en compañía del oficial ayudante, sintiendo en el pecho deseos de competir con la policía de Manhattan, y esclarecer la cadena de crímenes antes que ellos.

 

  Esa mañana hacía mucho frío. La primer nevada del otoño caía sobre Albany, y los transeúntes se apuraban a guarecerse bajo techo. La inspectora Legrasse estudiaba los informes de dactiloscopia y el forense del caso Woodward, frunciendo el ceño por la concentración. De pronto se abrió la puerta de la Jefatura, y un hombre alto con sombrero de ala recta y poncho se paró en el umbral. Tenía el aspecto de un arriero sudamericano, con su barba de varios días cubriendo una mandíbula cuadrada y esa luz vaga en los ojos, como quien está acostumbrado a mirar el horizonte lejano y no a la gente. La inspectora Legrasse levantó la vista de los informes y lo miró extrañada; no se explicaba qué podía estar buscando un tal individuo en la Jefatura. ¿Se le había perdido una tropilla de caballos? ¿O venía a denunciar un robo de ganado cometido por cuatreros? El hombre alto paseó la mirada por el interior y se acercó a la guardia.

-Inspector Westminster Sinclair, policía de Manhattan -oyó claramente que decía-. Vengo a ver a la inspectora Legrasse por motivos profesionales.

  Anne Dupont Legrasse necesitó unos momentos para recuperarse de la sorpresa y componer una expresión de aplomo profesional.

-Pase por aquí, inspector -dijo saliendo a la puerta de su despacho y tendiéndole la mano, que el otro apretó con fuerza-. Es usted muy amable en haber venido personalmente.

  Tomaron asiento uno frente a otro y se estudiaron por unos segundos. Ambos se habían impactado mutuamente, pero no lo dejaron traslucir.

-Estaba leyendo los informes dactiloscópico y forense del caso que nos interesa a ambos -comenzó la inspectora-. Hay piel bajo las uñas de la víctima, pronto tendremos su perfil de ADN para cotejarlo con cualquier sospechoso.

  Sinclair asintió, conforme al saber que existía una nueva evidencia incriminatoria contra el asesino, aparte las huellas digitales.

-Debe haberle dejado marcas de arañazos a su agresor -repuso-. Con un poco de suerte, sobre la cara misma.

-Eso espero -Legrasse cambió el tono de su voz-. Inspector Sinclair, he requerido su colaboración, porque el crimen cometido en la universidad de Albany sigue el mismo patrón que dos crímenes investigados por usted en Manhattan: mujeres decapitadas que por lo que leí en los periódicos, compartían con la doctora Woodward el atributo de una belleza notable. Si no me equivoco, esos crímenes no están resueltos.

-Así es, inspectora. Todavía no podemos identificar al asesino.

-Quiero pedirle como colega que me ponga al tanto de los avances de su investigación. Ambos podemos ayudarnos para atrapar a este homicida serial.

-Claro -Sinclair se inclinó hacia adelante, apoyando las manos sobre el escritorio-. Por eso decidí venir personalmente. Dígame… ¿Por casualidad encontró en la escena del crimen una campanilla de bronce con un signo chino grabado?

-Vaya… ¡si! ¿Cómo lo sabe? No me diga que…

-...Había campanillas similares en la escena de los crímenes de Manhattan. Son la firma del asesino.

-¿Tienen algún significado especial?

-Por lo que pude averiguar, provienen del Tibet. La aleación con que están hechas es distinta a las de otras campanillas similares que se ofrecen por internet. Hablé con el sacerdote de un templo budista de New York, quien me explicó que la inscripción en chino que lleva grabada es un conjuro para traer al mundo a un ser espiritual llamado tulpa.

   La inspectora Legrasse anotó algo rápidamente en su libreta, antes de tomar la palabra.

-Algo me decía que ese objeto estaba fuera de lugar. Así que el asesino es tibetano, o estuvo en el Tibet.

-Exacto. Y esta presunción se ve confirmada por el arma utilizada en los crímenes de Manhattan. Es un cuchillo ritual de tres filos llamado Phurba; se usa en ceremonias del budismo tántrico para matar a los demonios.

-Que interesante… deme un momento, quiero verificar algo.

   La inspectora Legrasse tomó en sus manos el informe forense del caso Woodward y buscó el pasaje que le interesaba. Leyó:

-"Cortes producidos por tres filos muy agudos, uno seccionando la tráquea y las vértebras cervicales, los otros lacerando partes del cuello, en un ángulo de 120 grados respecto del corte principal". Ahí tiene usted al cuchillo tibetano de tres filos.

-No caben dudas de que se trata del mismo homicida.

-¿De modo que para él, las víctimas eran demonios encarnados?

-Algo así… o estaban poseídas, que viene a ser lo mismo. Su perfil es el de un moralista atormentado por el deseo. Probablemente un monje budista.

-¿Algún testigo lo vio?

-Sí. aquí tengo su identikit.

   Le pasó su móvil para que viese el retrato hipotético del homicida hecho por el dibujante de la policía.

-Parece un hombre joven -comentó Legrasse, sin quitarle la mirada.

-Puede haberse dejado crecer los cabellos y la barba, sabe que estamos tras él. Y han pasado dos meses desde el último crimen.

-El jefe de Maestranza no escuchó ruido alguno durante la noche proveniente del Departamento de Etología, donde mataron a la doctora Woodward.

-¿Y el guardia diurno?

-Aún no hablé con él. Pensaba hacerlo ahora, y de paso mostrarle el identikit del asesino. ¿Quiere acompañarme a la universidad?

-Será un placer.

   Salieron juntos. Legrasse se dirigía al coche patrulla, pero Sinclair le mostró su Jaguar, aparcado al lado.

-¿Prefiere ir en éste?

   Ella se detuvo; lo miró a él y al auto.

-¿Por qué no?

  Subieron juntos al descapotable, como una pareja que sale de paseo. Ya estaba bien de tanto "inspector" e "inspectora".

-Llámame West -propuso él, sentándose al volante.

-Y tú llámame Anne -aceptó ella.

   Arrancó haciendo chirriar las ruedas y se dirigió hacia la universidad. Aunque el coche llevaba la capota puesta, seguía produciendo en los pasajeros esa sensación lúdica de los autos deportivos.

-¿Por qué usas poncho? -preguntó Legrasse, curiosa.

-Me crié en la Guyana. Es un país muy caluroso. Aún después de tantos años, no me adapto al frío de New York.

-Mi familia proviene de la Normandía francesa. Somos lejanos descendientes de los vikingos. Se supone que eso me hace resistente al frío.

-Yo soy Calor, tú eres Frío. Buena combinación.

   Legrasse se preguntó qué resultado produciría tal combinación en la cama, pero por supuesto, se guardó sus pensamientos para ella.

   Llegaron al aparcadero de la universidad y se apearon. Sinclair distinguió a un individuo con traje de guardia y se lo señaló a Legrasse.

-Ese debe ser nuestro hombre.

   Se acercaron a él y se identificaron.

-Inspectora Legrasse, de la Jefatura de Albany. El es el inspector Sinclair, de New York. Necesitamos hablar unos minutos con usted sobre el crimen ocurrido aquí anteanoche.

-Por supuesto, estoy a su disposición.

   El hombre poco menos que se cuadró ante ellos.

-¿Cuál es su horario de trabajo?

-Anteayer martes hice guardia desde las 4 PM hasta las 12PM. Después me reemplazó el señor Reynolds, jefe de maestranza. El suele hacer las guardias nocturnas.

-¿Vio u oyó algo inusual durante su turno de guardia?

-Ayer estuve pensando todo el día en eso. Y lo que recuerdo es a un tipo joven que estuvo leyendo más de dos horas sentado en un banco del pasillo frente al departamento de Etología. Yo le pregunté si buscaba a alguien, y me contestó que esperaba a la doctora Woodward. Dijo que ella era su directora de tesis.

-¿Le extrañó verlo allí?

-Bueno, los alumnos de la doctora Woodward rondan casi todos los 22 años, pero a veces vienen a verla alumnos que ya terminaron la licenciatura y les quedó la tesis pendiente. Pensé que éste era el caso, porque el tipo aparentaba unos treinta años.

  Sinclair le mostró el identikit del asesino en la pantalla de su móvil.

-¿Diría que se parece a este dibujo?

  El guardia de seguridad estuvo mirando un rato el dibujo.

-Posiblemente. Tenía rasgos orientales, como pone aquí, pero llevaba el pelo corto y bigotes.

-¿Lo vio retirarse?

-Si, salió tarde, a eso de las 10:15 PM.

-¿Oyó algún ruido antes de eso? Hubo una pelea ahí dentro.

-Mi puesto queda lejos del Departamento de Etología, como puede ver. Está todo el patio de por medio, y luego el pasillo. Ojalá me hubiese dado cuenta que la doctora Woodward estaba en peligro, podría haber evitado su asesinato.

-Díganos su nombre, por favor.

-Chad Walters.

-Gracias por su colaboración, señor Walters.

  Subieron al Jaguar y entraron a la autopista.

-Según el forense, el deceso se produjo alrededor de las 10:00 PM. Quince minutos después el guardia vio salir al asesino

  Sinclair asintió en silencio. Ya era pasado el mediodía y sentía hambre.

-Hoy salí temprano de New York y no comí aún. ¿Qué tal si vamos a almorzar?

-Buena idea. Conozco un sitio donde hacen unos fuccili riquísimos. ¿Te gusta la pasta italiana?

-Me encanta. Vamos allá.

   Salieron de la autopista en la bajada anterior a la de la Jefatura y fueron a dar en un barrio muy pintoresco con bistrot de estilo francés y trattorias italianas.

-Es allá.

   Ella señalaba una pequeña vitrina cubierta con un toldo verde y mesitas en la acera, que allí se ensanchaba formando una pequeña plazoleta. Se apearon tras aparcar el auto justo enfrente, y entraron al restaurante. La mesa junto a la vitrina estaba libre; Sinclair apartó una silla y se la ofreció a Legrasse, tras lo cual tomó asiento enfrente suyo y se quedó mirándola. Ella sostuvo su mirada un buen rato, como si fuese un duelo. El empezó a sentir una erección, pero se hizo el desentendido.

-Buenas tardes -saludó el mozo, trayéndoles la carta.

-Creo que ambos pediremos fuccili -miró a Legrasse, quien asintió, sin dejar de mirarlo fijo- ¿Qué salsa prefieres?

-Bolognesa.

-La mía filetto.

-¿Y para beber?

-Un chianti -pidió ella.

   Sinclair hizo un gesto de aprobación y confirmó.

-Una botella de chianti entonces, para los dos.

   Ella volvió a mirarlo, sonriendo apenas. "Estás en mis redes", parecía decirle su gesto.

-¿Qué? - inquirió él.

-Nada -respondió ella, pues ya había dicho todo con la mirada.

-¿Te molesta si fumo?

  Ella negó con la cabeza y se quitó la chaqueta, dejando ver un torso delicado cubierto por una blusa ceñida, que modelaba sus bien formados pechos. Sinclair sintió que la erección volvía con más fuerza.

-¿Vienes seguido aquí? -preguntó al cabo, echando una pitada.

-No tanto como quisiera.

-Cuando me jubile vendré a pasarme horas sentado aquí, con una copita delante.

-Y los mozos dirán "Esa mesa es del viejito Sinclair. Nadie más la puede usar".

  Ambos rieron de buena gana.

   El mozo volvió trayéndoles tostadas con orégano y una crema suave de Roquefort aderezada con ingredientes difíciles de identificar, riquísima. Abrió la botella de chianti sirviendo primero a la dama y luego al caballero.

-Salud -propuso él un brindis, levantando la copa-. Por el encuentro.

-Chin chin -repuso ella chocando las copas.

  Ambos bebieron, tras lo cual ella volvió como si nada al terreno profesional.

-Sabes, creo que el asesino contactó a Woodward por internet. Apenas descifremos la clave de su móvil, podremos rastrear la interacción entre ambos.

La inspectora volvía a asumir su papel, y Sinclair debería esforzarse mucho para hacer reaparecer a la mujer.

-Sospecho que Woodward debe haber subido videos de contenido erótico a la red. Las otras víctimas lo hicieron, atrayendo la atención del asesino.

-Sería raro que una profesora universitaria hiciera eso…

-Concuerdo contigo. Pero hasta ahora, ese es el patrón de los crímenes: el asesino ve mujeres que lo excitan por internet, las localiza y las decapita.

-¿Cómo haremos para detenerlo? Quizá podríamos vigilar a las influencers más famosas para protegerlas de sus ataques.

  Sinclair hizo un gesto de impotencia.

-Lo pensé, pero es imposible. Sólo en el estado de New York, las mujeres que publican videos hot en plataformas como Kwai, Tik tok y YouTube se cuentan por miles.

-Debemos ponerle un cebo.

-¿Perdón?

-Un cebo para cazarlo.

-Ajá… ¿y cómo sería eso?

-Una mujer policía que lo atraiga a una trampa.

-No es mala idea… el problema sería llamar su atención sobre ella, entre tantas influencers exhibiéndose.

-Es la única vía de acción que tenemos.

-Tienes razón -concedió Sinclair-. Debemos trabajar esa idea para tornarla eficaz.

   En ese momento arribaron los fuccili junto con los potes de salsa, crema y queso. Ambos hicieron los honores del plato, haciendo chanzas con ánimo festivo. Tomaron postre, ella unas guindas con crema y él una crepe con milk caramel y nueces. Tomaban la última copa de chianti cuando la inspectora clavó de nuevo la mirada en Sinclair, sin decir nada. Este se inclinó hacia ella tomándole la cara con ambas manos y la besó. Ambos permanecieron en silencio mientras él pedía la cuenta y pagaba. Salieron a la calle y al llegar junto al Jaguar él la rodeó con el brazo y volvió a besarla. Esta vez ella le enlazó el cuello con sus brazos y respondió con avidez, mientras sentía las manos del hombre recorriendo su espalda. Se fueron a un hotel e hicieron el amor entre gemidos de gusto, una y otra vez.

  La noche los encontró abrazados aún. Ella acariciaba su pecho mientras él fumaba.

-Si no tuviese tantas responsabilidades aquí, me ofrecería yo misma como cebo para atrapar a ese criminal.

-No te dejaría hacer eso. Es muy peligroso.

-¿Te crees mí dueño, porque compartimos la cama una vez?

-Sabes que no.

-¿Entonces a qué viene eso de que no me dejarías exponerme como cebo?

-Olvídalo.

   Ella se quedó buscando pleito, aún abrazada a él. Pero Sinclair no era de enredarse en tales discusiones.

-El asesino elige entre las mujeres más hermosas -dijo en cambio- a aquellas que llevan la provocación al límite.

-Cierto... Entonces nuestro cebo debe provocarlo de tal forma que el asesino se enfoque en ella.

-Creo que tengo a la agente adecuada para esta misión.

-¿Es atractiva? -preguntó Legrasse con un dejo de celos en la voz.

-Es perfecta -respondió Sinclair sin cuidarse de molestarla con el adjetivo.

-Aun así, puede pasar mucho tiempo hasta que el asesino se fije en ella. Y seguirá matando mientras tanto.

-Estoy pensando… las plataformas como YouTube o Tiktok pueden indexar un vídeo para que se muestre de preferencia a los demás.

-Claro, lo hacen con aquellos que suman más visitas.

-Pero puedo comunicarme con sus directores ejecutivos para que lo hagan con los videos de nuestro cebo, por razones de interés público.

-Eso sería excelente! Atraeríamos al asesino al instante.

-Eres genial.

  Sinclair abrazó a Anne Dupont Legrasse y la besó profundamente. Había sido una gran idea venir personalmente a Albany.

 


 

11

 

 

 

 

 

 

 

-Acepto.

  Carmen Jo se había reunido con Sinclair a puertas cerradas en su despacho. Este acababa de proponerle hacer de cebo para atrapar al decapitador serial y ella respondió sin dudar un instante.

-Haré pagar por sus crímenes a ese bastardo -agregó, con fuego en la mirada.

-Es mi deber advertirte que pondrás en riesgo tu vida. Nosotros te apoyaremos en forma oculta, pero por momentos te las verás sola contra un asesino peligroso.

-Yo puedo con él.

   Había seguridad en su voz. Sinclair recordó la forma en que ella lo miraba de un tiempo a esta parte cada vez que surgía el tema del decapitador: parecía decirle "usted es el jefe, haga algo para detenerlo". Ahora por fin tenían una estrategia, y la oficial Carmen Josephine Rodríguez estaba lista para la acción.

-Esto es lo que haremos: abrirás un canal en YouTube donde te exhibirás… ya sabes, lo más provocativamente posible.

 Yo hablaré con la directora ejecutiva de la plataforma en San Bruno, pidiéndole que indexe tus videos para que aparezcan en primer lugar entre las opciones de temática erótica. YouTube siempre colabora con el gobierno.

-Estoy pensando qué hacer en los videos para atraerlo.

-¿Sabes bailar pole dance? ¿O hacer acrobacia colgada de una cinta?

-No… nunca aprendí.

-Es una pena. Eso atrapa la mirada masculina al instante.

   Ambos se quedaron callados unos momentos, pensando. Luego Sinclair vio cómo el gesto de Carmen Jo cambiaba, justo antes de saltar de su asiento y quedar de pie frente a él.

-¡Lo tengo!

-¿Qué?

-Sé luchar. Cuando derribo a un tipo en el gimnasio, todos se me quedan mirando.

   Sinclair aprobó, entusiasmado.

-Eso lo atraerá. Manos a la obra.

 

   Mensaje de WhatsApp de "Anne" a "West":

"Tenías razón. Hay videos eróticos de Kate Woodward en YouTube, subidos en el canal de un tal Patch Simmons. Al descifrar su móvil encontré en su historial de actividad algunas respuestas a comentarios del vídeo hechos por Killer Buddha. El decapitador en persona, dándole clases de moral a la doctora en Etología animal. ¿Y a que no sabes cómo firma ella sus respuestas? "Kate Woodward", sin esconder una coma. Fue fácil para el asesino conocer su profesión y ubicarla en la universidad, con una simple búsqueda de Google."

  Acompañaban al mensaje tres links a videos de You tube, que Sinclair miró con sorpresa no carente de excitación. ¿Podía un mono hacer eso? A decir verdad, la doctora Woodward había logrado humanizar al animal, despertando su interés sexual sin tocarlo, a diferencia de otros actos comunes de zoofilia. El chimpancé macho del zoo del Bronx ya podía compararse con la gorila Koko, que aprendió a comunicarse con signos. Su logro era profundamente perturbador, pues de hecho borraba los límites entre las especies.

-Tremenda mujer -se dijo a sí mismo, resistiendo el impulso de proyectar nuevamente el último video. En lugar de eso le escribió a Anne:

"Ya tenemos el cebo para atrapar al decapitador. La oficial Carmen Jo aceptó la misión. Está perfectamente capacitada para ello."

   Envió el mensaje y quedó pensativo. Estaban jugando al juego de Killer Buddha.

 

   El gimnasio tenía algunas gradas alrededor de un ring de boxeo. La idea era filmar luchas fuera de cualquier Asociación deportiva, para no meter demasiada gente de por medio en lo que de hecho era un operativo policial. Carmen Jo había desafiado a pelear a un jovenzuelo habitué de su gimnasio, y enseguida se levantaron apuestas a su alrededor. Quedaron para última hora de la tarde, no sin antes lanzarse bravatas que calentaron el ambiente.

   A las 7 PM ella llegó al gimnasio en compañía de dos camarógrafos. Su contrincante la esperaba rodeado de una banda de amigos de su edad, quienes le dirigieron sonrisas socarronas y algunas pullas. El propio profesor de lucha libre hacía las veces de árbitro. Subió el primero, y convocó a los contrincantes. Sobre las gradas había sentados unos veinte apostadores y curiosos.

  Jeko subió el primero, luciendo un físico alto y delgado, aún sin ancho de espaldas suficiente, como ocurre con los adolescentes que acaban de pegar el estirón. Vestía un pantalón de boxeo rojo brillante y botines del mismo color. Fuera del ring los camarógrafos filmaban a Carmen Jo, quien levantó silbidos de admiración al quitarse su conjunto de gimnasia y quedar con un top ajustado y una mínima tanga negra, complementados por unas botas militares con gruesos tacos de goma. Se vino así para el ring, entre abucheos y silbidos; aferró con ambas manos la cuerda superior y entró al ring dando una mortal perfecta, hasta aterrizar parada sobre sus botas.

   Jeko miraba desconcertado toda esta exhibición, que amagaba llevar la lucha a otro terreno; pero se concentró cuando ambos fueron llamados al centro del ring por el árbitro.

-Reglas de lucha libre: vale todo, menos morder y piquetes de ojo.

  Entretanto, los rivales se miraban: Jeko con una sonrisa sobradora, Carmen Jo agresiva y  concentrada. Volvieron a sus rincones y segundos después, sonó la campana… la pelea se planteó con Jeko dominando el centro del ring, erguido y punteando con el jab. Carmen Jo guardaba distancia, agazapada como un gato. Un paso para el costado, dos para el otro lado… Jeko ensayó un molinete de patadas, una de las cuales rozó la cabeza de su oponente; cuando empezaba a sentirse cómodo manejando la pelea a distancia, ella saltó hacia él y le ganó la espalda, forcejeando para pasarle el antebrazo por el cuello: Jeko supo que si la dejaba cerrar la llave estaría perdido, y rodó por el suelo para sacársela de encima. Logró despegarle el antebrazo, evitando el "mataleón", pero entonces ella giró rápida como una víbora y atenazó su cuello entre los muslos, cerrando la llave con las piernas. Jeko luchaba en vano por zafarse, pero Carmen Jo estaba tan segura de su triunfo, que comenzó a desafiar a los amigos de Jeko en las gradas, señalando la cabeza de éste prisionera entre sus piernas. El árbitro se echó para ver si la espalda de Jeko apoyaba en la lona, para iniciar la cuenta de tres, pero había una mínima luz. El muchacho se contorsionaba para evitar la derrota; entonces Carmen Jo cambió de posición sin aflojar la llave, quedando sentada sobre el pecho de su rival. Ahora sí, ambos hombros apoyaban la lona, y el árbitro inició la cuenta:

"A la una"... Jeko había dejado de resistirse. "A las dos".... Carmen Jo saltaba apretando impiadosamente el cuello flojo, sin sentir vida debajo de ella. "A las tres"! Ella perdió la conciencia, con los muslos agarrotados alrededor del cuello atrapado.

-Ya ganó, suéltelo.

   Recuperándose del trance, la ganadora se puso de pie y el árbitro levantó su mano en alto, para decretar la victoria. Jeko no respiraba. Acudieron a reanimarlo, pero estuvo varios minutos sin reaccionar, mientras Carmen Jo se hacía fotos para sus seguidores futuros. Por fin Jeko se levantó, pero estaba tan ahogado que juzgaron prudente llevarlo al hospital.

 

  El video editado fue subido al canal de Youtube de Carmen Jo, quien se hacía llamar "Anaconda", por su técnica de lucha consistente en asfixiar a los rivales. Abundaban en el video las tomas cercanas de sus nalgas potentes montadas sobre el pecho de Jeko, al ritmo de unos tambores primitivos que parecían acompañar la acción. Al ver las imágenes, Sinclair dio un respingo y apartó la mirada.

-Servirá -fue todo cuanto dijo.

  Había hablado con la directora ejecutiva de Youtube, explicándole que necesitaban posicionar el video entre las primeras sugerencias de videos "graciosos" y "hot" (de erotismo no explícito) que abundaban en la plataforma, para atrapar a un asesino serial. La directora se mostró receptiva al pedido, y así fue como en apenas tres días el video de Anaconda cosechó su primer millón de visualizaciones. Pronto empezó a circular en la Jefatura, y así Sinclair sorprendió a Jameson y a Reeves, el agente nuevo, mirando embobados la pantalla de su móvil y cuchicheando entre ellos.

-A trabajar! -les ordenó fingiendo enojo.

   Jameson guardó apresuradamente el móvil, avergonzado. Entretanto, llovían los comentarios, pero ninguno de Killer Buddha. El cebo estaba puesto en la trampa, a la espera de su objetivo.

 

  Anaconda volvió a pelear contra un obeso pelado que la doblaba en peso, apodado Fat Joe. La pelea se definió en el segundo round, cuando ella giró tirándole patadas a su oponente: este pensó que se había librado por poco cuando la que pensaba última rozó su cara sin tocarlo; pero había una más en camino, y está le pegó de lleno, noqueándolo al instante.

  Fat Joe estuvo durmiendo 5 minutos eternos, mientras Carmen Jo se hacía fotos con los brazos en alto al lado suyo.

 El nuevo video sumó 5 Megas de visualizaciones en una semana, mientras el primero ya superaba los 7 Megas.

-¿Aún sin señales de Killer Buddha? -quiso saber Anne Legrasse, abrazada a Sinclair en su cama. Había conducido desde Albany en su día franco para verse con él.

-Sin señales -suspiró él.

-Mientras no haya puesto la mira en otra víctima…

-Ni lo menciones.

-Una vez quisimos atrapar a un pedófilo ofreciéndole una colección de videos Lolita. Luego nos enteramos que vendió el video de muestra que le enviamos y borró su perfil de Facebook.

-Cruzo los dedos para que no nos pase lo mismo aquí.

-Ten paciencia, tu agente es buena en lo suyo. Cuando el tibetano vea sus videos, picará…

 

  Además de su canal de Youtube donde mostraba videos de lucha libre, Carmen Jo abrió una página de Instagram, para ampliar las posibilidades de que Killer Buddha reparase en ella. Allí subía fotos y vídeos íntimos, desnudándose para meterse en la cama ante su móvil que la filmaba en su trípode, o probándose lencería tras salir de la ducha. Ni que decir tiene, sus compañeros de trabajo seguían su página y comentaban sotto voce cada nueva aparición online de su colega. ¿Cómo podría ella mantener una relación profesional con ellos, después de mostrarse así? No quería preguntárselo. Estaba cumpliendo una misión para atrapar a un asesino, eso era todo. Si debía desnudarse para salvar vidas, lo haría. Y si algunos hombres quedaban ardiendo o derrotados en el camino, lo siento, las vidas salvadas valen más que eso.

   Cada noche leía los comentarios de sus seguidores, pero el nombre de Killer Buddha seguía sin aparecer. Empezó a desanimarse, preguntándose si llegaría a atraparlo alguna vez.

 

   Tercera pelea de Anaconda. Su oponente era un muchacho de color etíope llamado Bennu, muy delgado. La pelea se definió en el tercer asalto cuando ella le acertó a su rival un rodillazo en plenos testículos, que lo dobló en dos. Sin darle tiempo a recuperarse, Carmen Jo le metió un nuevo rodillazo entre las piernas: el africano cayó retorciéndose, y quedó hecho un ovillo a sus pies. El referí levantó la mano de la vencedora girando para que todos la viesen; el vencido era un despojo al lado suyo a quien nadie prestaba atención. Lo subieron inerte a una camilla y se lo llevaron rumbo al hospital.

  La filmación de la pelea con Bennu podría ser una más de lucha libre, pero la semidesnudez de Carmen Jo enfocada desde muy cerca hacía que no fuese así, transformándola en una secuencia muy caliente. Ella ponía todos sus músculos en tensión cuando enfrentaba a un oponente, como una pantera humana en acción.

 


 

12

 

 

 

 

 

-Estás poseída por Kali. Eres la Destructora de Hombres.

Carmen Jo dio un salto de júbilo al leer este comentario al video de su primera pelea: lo firmaba Killer Buddha. Buscó a Sinclair en su móvil y apretó llamar.

-¡Jefe, picó! -gritó exultante apenas él atendió.

-¡En buena hora, Jo! -replicó él, no menos contento-. Así ya no correrán riesgo de morir tus rivales.

-Sé que me excedí un poco con Jeko… cuando entro a un ring me transformo.

-Dejemos eso. Ahora concéntrate en el asesino. Respóndele con desdén, polemiza con él. Eso hará que se enganche más contigo.

-Ya lo tengo bien enganchado, descuide.

  Colgó y se puso a contestar el comentario.

-No te metas conmigo, idiota, o bailaré sobre tu cadáver.

  Media hora más tarde, mientras Carmen Jo escuchaba música con sus auriculares puestos, titiló una notificación: Killer Buddha le había contestado.

-Vosotras las occidentales os creéis diosas.

   Ella le respondió enseguida.

-Por eso nos amáis vosotros los orientales. (o de donde mierda tú seas)

Ambos se trenzaron ahora en un ida y vuelta picante:

-Casi matas a ese muchacho, Jeko.

-El me desafió, y yo lo puse en su lugar. Ahora ya no me subestima por ser una mujer.

-Te crees muy lista porque venciste a un pobre diablo. Todavía debes enfrentarte a un guerrero de verdad.

-¿Y ése eres tú?

-Soy un hombre de meditación, pero también un guerrero.

-Sube a un ring conmigo y cargarás mi culo sobre tu cuello.

-Disfruta tus triunfos mientras puedas. Pronto nos veremos las caras.

-Dime dónde y cuándo.

    Pero Killer Buddha ya no contestó.

 

-Ubicará el gimnasio donde filmaron tus luchas y te seguirá los pasos desde allí.

-Astuto. Por eso hiciste incluir en el video de la tercera pelea mi llegada al gimnasio, para que él lo vea de afuera y lo ubique por Google Street View.

   Por orden de Sinclair, Carmen Jo ya no concurría a la Jefatura; Killer Buddha no debía saber que ella era policía.

-Sabes que no hay vigilancia en tu casa, no queremos alertarlo.

-Descuida, sé defenderme sola.

-No lo dudo. Igualmente, monitoreamos tu ubicación por el GPS de tu móvil.

   Estas comunicaciones eran frecuentes; Carmen Jo sabía que Sinclair vigilaba su estado de ánimo, para saber si soportaba la presión de tener a un decapitador acechándola. Si ella se derrumbaba psicológicamente, la operación fracasaría; su jefe estaba presto a abortarla al menor signo suyo de debilidad.

  Los días empezaron a hacerse tensos, interminables; ella iba a entrenar al gimnasio dos veces al día, sabiendo que unos ojos ocultos podían estar viéndola. Enfilaba a propósito las calles más desiertas, vestida con unos tejanos muy ceñidos y botas. Parecía decirle al asesino "aquí va tu presa, cógela". Pero sólo lograba que unos moscones pesados apareasen su coche a su andar, diciéndole cosas. Ella los ignoraba y solo esperaba que se fueran, pero la seguían por largo rato, estropeando sus chances de encontrarse con el asesino. Buscó las calles donde el tránsito iba a contramano de su andar, deshaciéndose por fin de ellos.

   Un atardecer salía del gimnasio vestida con unos tejanos de tela elastizada ceñidísimos a sus piernas. Al cruzar una plaza desierta a esas horas vio una chispa de luz e instintivamente se agazapó, evitándola. Fue a clavarse al tronco de un árbol detrás suyo: era un pequeño disco de metal de bordes serrados. Se parapetó tras el tronco y sacó su arma de la cartuchera oculta bajo su chaqueta. En la oscuridad creciente vio una sombra que se movía y disparó. Un segundo disco de metal dentado se clavó en el tronco delante suyo. Carmen Jo salió a descubierto y gatilló el arma tres veces, asiéndola con ambas manos.

   Se parapetó en el tronco una vez más, contando mentalmente las balas que le quedaban, pero cuando se asomó otra vez pistola en mano, una sombra cayó sobre ella, haciéndole perder el arma. Ella no fue a buscarla, pues vio la sombra de su atacante muy cerca; giró como un remolino y acertó una patada en el filo que brillaba en la oscuridad. El filo voló lejos, y su atacante y ella quedaron frente a frente, como dos gatos que pelean en la noche.

 

-Carmen Jo está siendo atacada en Ewen Park -voceó Sinclair en su móvil-. Jameson, Reeves, acudan allá. Yo voy ahora.

  Corrió al Jaguar y salió haciendo chirriar los neumáticos. Carmen Jo tenía su micrófono abierto en comunicación con el móvil de Sinclair, de modo que él oía en tiempo real los ruidos que se producían cerca de ella. Y esos ruidos eran disparos.

  En su apuro, estuvo a punto de chocar dos veces. Cuando el semáforo se puso rojo delante suyo dobló por el callejón donde apenas cabía el Jaguar; aceleró atropellando los tachos de basura a toda velocidad hasta dar en la otra calle, que tomó de contramano. Eludió a los coches que venían en sentido contrario subiendo a la acera, donde casi mata a un gordo, hasta embocar la avenida. Aquí debió detenerse mientras pasaba un lento tramway.

-Maldición…

   No quería pensar en la escena que encontraría al llegar, de la cual él era responsable. El tramway pasó y el Jaguar aceleró de nuevo, llegando por fin a Ewen Park. Se apeó y desenfundó su pistola, inspeccionando los rincones sombríos de la plaza.

-No… no me digas que…

  Allá, ocultas tras un árbol, había dos figuras tumbadas sobre el pasto. Se acercó y vio a Carmen Jo inmovilizando a su prisionero con una llave de piernas.

-Llegas tarde -dijo ella con tranquilidad.

   El tipo estaba tumbado debajo de ella, con la cabeza aprisionada entre sus muslos; cada tanto gemía, cuando ella aumentaba la presión. Sinclair bajó su arma.

-Buen trabajo.

   En ese momento llegaron Jameson y Reeves. Al ver la escena se paralizaron por unos momentos. Jameson señaló, incrédulo.

-¿Ese es el decapitador?

-Sí, es él -contestó Sinclair.

-Ahí abajo no parece tan peligroso -comentó Reeves.

  Se acercaron y esposaron al prisionero. La oficial se le paró delante y lo abofeteó con fuerza.

-Soy Carmen Jo -le dijo con desprecio- la mujer occidental que te derrotó.

El hombre no la miraba. Envalentonada, ella le metió un rodillazo en los testículos que lo dobló en dos, obligándolo a hacer una reverencia involuntaria a su vencedora.

-Cuando estés en la cámara de ejecución -agregó- esperando la inyección letal, te acordarás de mí.

-Sí, me acordaré de ti.

   Ella se apartó, satisfecha. Los agentes lo metieron esposado en el patrullero y se lo llevaron a la Jefatura.

 

   Cuando llegaron, los recibió el personal de guardia completo con aplausos y vítores. Carmen Jo fue levantada en andas entre todos, haciéndola volar por el aire y siendo recibida por dos decenas de manos enlazadas. Alguien trajo champán -nadie sabe de dónde- y empezó a sonar música. La heroína se puso a bailar entre todos, moviendo las caderas al ritmo de una salsa cubana; Jameson la secundó, y tras él Reeves, formando un trenecito festivo. El pantalón de Carmen Jo lucía grandes desgarraduras que dejaban ver la piel de sus nalgas magulladas: podían verse las marcas de dientes dejadas en esa piel por el asesino, no se sabía si como agresión o como homenaje erótico.

  Cuando Sinclair volvió de encerrar bajo llave al detenido en el calabozo de la Jefatura, se encontró con una algarabía inverosímil alrededor de Carmen Jo, quien bailaba sobre su escritorio, contoneando sensualmente sus caderas. Menos mal que no sabía bailar, según ella…

  No quiso ser un aguafiestas y lo dejó pasar. La verdad, ella se lo merecía. Había puesto en riesgo su vida para salvar otras, y como si fuera poco, había atrapado ella sola al asesino. Además, esa misma sensualidad que ahora estallaba, había sido el factor determinante en el éxito de la operación.

   Trajeron pizza de pepperoni -la policía nunca paga por ella- y comieron y bebieron relajados entre chanzas y bromas, de las cuales Killer Buddha no quedaba excluido. Era la noche de su derrota, y él los oía festejarla desde el calabozo. Jameson se presentó ante él y sin decir palabra, le puso delante la pantalla de su móvil donde había filmado a Carmen Jo moviendo sus nalgas al ritmo de la música, festejando su triunfo sobre él.

  Por fin la algarabía se fue calmando y cada uno volvió a sus quehaceres. Sinclair llevó a Carmen Jo en el Jaguar hasta su casa, y al detener el auto frente a su puerta le dijo:

-Has hecho un gran trabajo. Vete a descansar, te lo mereces.

-Disculpe por haber bailado sobre su escritorio.

-No tiene importancia… eso sí, esta noche los muchachos de guardia no podrán concentrarse en sus tareas después de verte así.

-¿Y usted, inspector? - preguntó ella mirándolo a los ojos- ¿Podrá concentrarse?

  Se apeó y entró a la casa sin volverse a mirar atrás. ¿Y esto? Se preguntó Sinclair. Carmen Jo siempre había sido respetuosa con su jefe. Pero bajo la policía obediente había aflorado la mujer insolente, deseosa de comprobar su poder sobre los hombres. Y eso lo incluía a él, por más que fuera su jefe. O precisamente por eso.

   El Jaguar voló en la noche invadida por la brisa marina, alejándose a toda velocidad hasta convertirse en una luciérnaga.

 

 

 

 


 

13

 

 

 

 

 

 

 

 

 -Congratulaciones, Sinclair. Ha hecho un gran trabajo.

-Gracias, comisionado Arnolds. Todo el mérito es de la oficial Carmen Jo, ella atrapó al asesino sola.

-Así es, una gran agente para la fuerza.

-A propósito… ¿liberaron a Parnell Talbot?

-Voy a comunicarme con la fiscal Langdon para confirmar eso.

-El hombre pasó más de cuatro meses en Sing Sing, siendo inocente. No debe pasar un solo día más en prisión.

-Usted sabe lo lentos que son los procedimientos judiciales… imagino que saldrá pronto.

-¿Pronto? Debe salir ya.

-Buen, Sinclair, lo dejo. Congratulaciones de nuevo.

-Gracias por llamar, comisionado.

   Sinclair colgó y salió de la Jefatura, donde lo esperaba la prensa impaciente por obtener sus declaraciones.

-¿Atraparon al decapitador?

-¿Cómo fue?

-¿Opuso resistencia?

   Sinclair guardó silencio unos momentos, hasta lograr que se calmaran.

-Inspector, para Fox News… ¿Cómo lograron atrapar al asesino?

-Fue un operativo conjunto entre las Jefaturas de policía de Manhattan y Albany. La oficial Carmen Josephine Rodríguez actuó como cebo y logró atrapar al asesino, inmovilizándolo hasta que llegó la patrulla.

-¿Confesó sus crímenes?

-No aún. Pero tenemos sus huellas dactilares en tres escenas del crimen, por lo cual no caben dudas de que tenemos al hombre correcto. También su perfil de ADN coincide con el de la piel que había bajo las uñas de la doctora Kate Woodward. Es él.

-¿Queda excluida entonces la responsabilidad de Parnell Talbot en el crimen de Sue McKenzie?

-Completamente. El asesino múltiple dejó sus huellas en la escena del crimen de McKenzie. Talbot debe ser liberado sin demora, lleva más de cuatro meses preso siendo inocente. Ahora sí me permiten… tengo trabajo que hacer.

  Sinclair se abrió paso entre el periodismo y fue a buscar su Jaguar. Después de tanta tensión vivida esos días, se merecía un descanso.

 

  Anne Dupont Legrasse y Sinclair estaban almorzando en il Rizzo, el pequeño restaurante de Albany con la vitrina protegida por el toldo verde. Se hallaban en la mesa junto a la vidriera, comiendo unos exquisitos fuccili con mariscos regados con vino chianti.

-Salud -propuso Anne levantando la copa-. Por haber atrapado a Killer Buddha.

-Salud -respondió Sinclair chocando las copas.

-¿Crees que lo sentenciarán a muerte?

-Supongo que sí.

-Lo que hizo es terrible… pero la pena de muerte también me parece terrible.

-Yo tengo mi propia teoría sobre la pena de muerte.

-¿Cómo es eso?

-Tu sabes que cada estado de nuestro país tiene su propio criterio legal al respecto: en algunos estados, como el de New York, existe la pena de muerte para los casos de homicidio, mientras que en otros no hay pena de muerte, aunque el asesino haya matado a diez o a quinientas personas.

 -La gente suele irse a los extremos.

   Anne clavó un langostino ya pelado en su tenedor, y se lo comió con despreocupación.

-Y todo termina siendo una lotería -completó Sinclair-. Matas a una persona en New York bajo ciertas circunstancias, y te condenan a muerte. Matas a cien en el estado vecino, y sólo vas a prisión.

-¿Qué propones tú?

-Pena de muerte solamente en caso de asesinatos múltiples. Tres homicidios o más, cometidos en diferentes momentos, con distintos testigos y demás evidencia circunstancial. Eso evitaría condenar a alguien por error, cosa frecuente en los casos de un único homicidio.

-Coincido contigo: demasiadas veces se condena a un inocente por error, como para que nadie se arrogue el derecho a hacer ejecutar al presunto autor de un único crimen.

-Además, debe otorgarse al reo la oportunidad de rehabilitarse tras haber purgado su condena.

-¿Y al asesino serial no?

-Esos ya no pueden rehabilitarse. Son personas que han hecho demasiado daño para ser perdonadas, y deben recibir su merecido.

-No sé… ejecutar a un asesino es rebajar a la sociedad a su nivel.

-La sociedad se envilece más al tolerar a esa lacra. Si dejamos vivos a monstruos como Ted Bundy o el carnicero de Milwakee, nos ensuciamos todos.

-Al asesino de Milwakee lo mataron los otros presos en la cárcel…

-...Porque la Justicia de una sociedad hipócrita no quiso condenarlo a muerte. Legisladores y jueces se lavaron las manos, y dejaron que los presos hicieran el trabajo sucio.

-Tú propones que la Justicia se haga cargo del trabajo sucio haciendo ejecutar a los asesinos en serie.

-Es lo que corresponde. Si un miembro está gangrenado se lo amputa. Y si un criminal está completamente podrido, se lo debe eliminar como a un miembro gangrenado del cuerpo social.

-Por supuesto, dándole todas las garantías de defensa en juicio.

-Desde luego.

-Killer Buddha cumple todos tus requisitos para ser sentenciado a muerte: cinco asesinatos comprobados en tres ocasiones diferentes. Hay testigos, huellas digitales suyas en la escena de cada crimen, y hasta tenemos su ADN confirmado en los restos de piel bajo las uñas de una víctima.

-Debe morir.

 

 

-Tenemos su identificación.

   Jameson entró al despacho del inspector trayendo un fax de Migraciones en respuesta al pedido de identificación de la policía. Sinclair leyó:

  "Norgai Kumbu. Sexo: masculino. Edad: 29 años. Nacionalidad: tibetana. Pasaporte chino N°31654278. Entró a los Estados Unidos el 6 de julio de 2021 con visa de turista. Se alojó en el hotel Greymond de New York."

   Sinclair dejó el fax sobre el escritorio y atravesó las oficinas de la Jefatura hasta la escalera que bajaba al sótano. Recorrió un corto pasillo y llegó al calabozo donde estaba detenido desde hacía dos días Killer Buddha. Se aproximó a los barrotes y distinguió al detenido quieto, sentado sobre su camastro. Levantó la vista hacia Sinclair, y los dos se miraron en silencio.

-¿Por qué lo hiciste?

   Killer Buddha se mantuvo callado un minuto entero. Luego habló:

-Quise eliminar el deseo.

  Sinclair pensó unos instantes antes de contestar.

-Eliminaste objetos del deseo. Pero el deseo mismo está adentro tuyo y no se puede eliminar.

-El maestro Buda enseña que debes suprimir el deseo para librarte de él.

-Tú eres un mal alumno del Buda. Haces exactamente lo contrario a lo que él enseña. En lugar de suprimir el deseo, sucumbiste a él, buscando a las mujeres más provocativas de internet.

-No soy digno de calzarle las sandalias al Maestro, lo sé. Cuando vi esos vídeos… parecían provenir de otro mundo, donde las mujeres tentaban a los hombres como demonios.

-Entonces decidiste tomar un avión y venir a New York.

-Sí. Dejé mi monasterio y llegué a este mundo desquiciado de ustedes.

-¿Y qué lograste?

-Corté tres cabezas de Narakas.

-No mataste demonios, sino mujeres. Y tus Narakas son una hidra cuyas cabezas se regeneran perpetuamente; nunca acabarías de cortarlas todas.

-El tulpa seguirá mi trabajo…

   Sinclair recordó el nombre de ese "hijo espiritual" del cual le habló el sacerdote del templo budista neoyorquino, pero su escepticismo al respecto era demasiado grande como para concederle importancia.

-Imagino que habrá prostíbulos en el Tíbet. Debiste concurrir a ellos y desfogarte.

-Los lupanares no pueden saciar mi sed.

-Es cierto que no dan auténtico placer, pero al menos hubieses obtenido un alivio allí. Incluso convertirte en un hombre disoluto era mejor que lo que hiciste.

-El tulpa seguirá mi trabajo…

   Killer Buddha tenía una idea fija, y Sinclair comprendió que era inútil intentar razonar con él.

-Dios se apiade de tu alma…

   Se apartó del calabozo y lo dejó solo, sentado en su camastro. Necesitaba respirar aire sano.

 

   El Buda estaba sentado en posición de loto, meditando. El discípulo caminó con gallardía hasta él y le hizo una reverencia breve y cortés.

-Maestro ¿cómo debemos responder a las ofensas de nuestros enemigos?

   El anciano guardó silencio unos minutos, y al fin contestó:

-Responde a los golpes e injurias como el sándalo responde al hacha que lo hiere: sólo con su aroma.

   El discípulo meditó unos instantes y refutó al Maestro.

-No todos los hombres pueden actuar como vegetales. Ni deben hacerlo. Maestro, respeto su nobleza, pero desde ahora seguiré mi propio camino.

-Hazlo, y que la sabiduría te ilumine.

   Ambos se hicieron una reverencia profunda, y el discípulo partió en busca de su propia verdad.

 


 

14

 

 

 

 

 

   Un fino rayo de sol, casi azul, se filtraba por la claraboya y caía sobre el camastro donde Killer Buddha se encontraba sentado en posición de loto. Su rostro era una máscara introspectiva donde era imposible leer una emoción, a excepción del trance en que se había abstraído, ajeno por completo a la realidad material que lo rodeaba. Ya no estaba encerrado en un calabozo estrecho, en los sótanos de la Jefatura de Policía de Manhattan.

   Se veía en una inmensa pista de patinaje con pendientes pronunciadas, cubierta por un techo altísimo, que en partes se perdía de vista. Allí patinaban seres a medio camino entre lo humano y la caricatura, cubiertos por sombreros cónicos y cantando en suizo con un falsete muy agudo: O lo lo re le í i i  O lo re le í i, I o ie í í i io io, O lo lo re le í i i  O lo re le í i, Io o re í io io… el canto reunía dosis iguales de alegría y demencia. Uno de los patinadores se le acercó y lo tomó de la mano, invitándole a patinar juntos. No podía decidir si era un rey o una mujer, pero se dejaba llevar por ese éxtasis resbaladizo sobre un parquet encerado que era tan duro como el hielo. Avanzaron entre los patinadores, que eran miles, hacia el área donde el techo se perdía de vista de tan alto. Ahora vio un hormigueo sin fin de gente, como si la humanidad entera, o su caricatura, estuviese ahí deslizándose y cantando. Killer Buddha presentía que si se dejaba llevar por demasiado tiempo, ya nunca podría abandonar ese lugar. Pero era tan lindo cantar y deslizarse sobre el parquet encerado, cantar y deslizarse sin fin con aquella alegría idiota. El patinador o la patinadora a su lado tenía una mano persuasiva, no necesitaba hablar para convencerlo de haber encontrado la auténtica felicidad de los enfermos mentales, la única experiencia viable de la eternidad. O lo lo re le í i i  O lo re le í i, I o ie í í i io io, O lo lo re le í i i  O lo re le í i, Io o re í io io…

  Con un gigantesco esfuerzo soltó la mano que lo llevaba y se arrancó de ese mundo infame, volviendo a su calabozo en los sótanos de la Jefatura. La claraboya ya no proyectaba ningún rayo azul sobre su camastro deshecho, donde debía pasar otra noche miserable.

 

  De nuevo sobre el camastro, meditando. Los presos tienen mucho tiempo para escarbar el pasado, mas nunca encuentran un tesoro allí. Fiel al ritual, el rayo azul penetra por la claraboya, iluminando su perfil oriental. Killer Buddha tiene el rostro alargado, los ojos oblicuos, la tez de cobre tostada por el sol, o por antiguos soles que curtieron su raza ancestral. Se hunde en el trance, como un conejo en su madriguera. Sus ojos se cierran; es imposible leerlos. Su respiración se acompasa como si estuviese en un monte. No más apuro, ni ansiedad; sólo importa el viaje interior.

   Ve una fila de personas contra una pared amarillenta; simplemente están de pie, sin hacer nada. Reconoce a su abuela, con su sonrisa amorosa; está también su padre, muerto al despeñarse de un precipicio; y amigos que abandonaron el mundo tiempo ha. Todos lo miran fijo, sin hablar. Le tienden la mano: “ven, ven con nosotros” es su mensaje implícito. En esa soledad tétrica de su vida, Killer Buddha siente la tentación de ir con ellos. ¿No es esa sonrisa de su abuela la antesala de maravillosos regalos que lo harán feliz? Claro que sí, ella fue el personaje más querido de su infancia. Da un paso hacia la fila inmóvil, pero años de entrenamiento en la meditación le han enseñado el punto de no retorno. Una vez aceptada la invitación, no hay vuelta atrás. Así que violentándose a sí mismo, da un paso atrás y escapa, sin saber a dónde. Por un momento se pierde, no encuentra la salida de ese mundo penumbral; entretanto, una sutil luminosidad rodea su cuerpo. Jameson, que ha bajado a echar una ojeada, abre los ojos como relojes: ¡el puto monje está levitando!

   Sale disparado a avisarle a los demás, ya bajan corriendo el inspector Sinclair y Reeves, puestos en alerta por la agitación desusada de su compañero.

-¡Mire, inspector! ¡No toca el suelo!

   Reeves se queda paralizado, pero Sinclair avanza hacia el detenido y lo aferra por los hombros con ambas manos. Killer Buddha se desploma como un fardo sobre el colchón, desde una altura de apenas diez centímetros. Pero este abrupto descenso lo desarma completamente, como si hubiese caído del cielo. Y tal vez eso pasó, literalmente.

-Llama a Allamistákeo, el tipo está inconsciente.

   Reeves corre hacia el edificio adyacente de la morgue, pero ya el reo recupera el conocimiento.

-¿Qué te pasó? ¿Intentabas escapar?

   El asesino lo miró sin decir palabra. Sinclair resistió la tentación de abofetearlo, no era su estilo maltratar a los detenidos. Quedaron mirándose a los ojos: Sinclair se dijo que el hombre era un enigma. Y no era precisamente el psicólogo de las rastas, Lester Ryan, quien podía descifrarlo.

-Vamos, ya no hay nada que hacer aquí.

-¿Qué pasa si levita de nuevo? –preguntó Jameson preocupado.

   Sinclair se alzó de hombros, indiferente y perplejo a la vez.

-Irá a comer alpiste con las palomas…

 

   Nuevo día en la Jefatura de Policía de Manhattan. Killer Buddha medita sobre su camastro, mientras un rayo azul desciende sobre él desde la claraboya. Ha cerrado los ojos, dirigiendo la mirada hacia su interior. Se ve en alta mar, tripulando un velero, solo. Montañas de agua levantan y hunden alternativamente la embarcación; él debe sostener el timón con destreza, para que el velero se mantenga de proa al oleaje, caso contrario dará una vuelta de campana, llevándoselo al fondo del mar. Pero no puede moverse, está postrado por una infección. El velero, al garete, está condenado. Killer Buddha está afiebrado, apenas puede abrir los ojos y ver cómo su embarcación poco a poco pierde el rumbo y las olas empiezan a jugar con él, antes de engullirlo.

   Pero entonces aparece una figura cuyo rostro él no puede ver, y aferra el timón. Sabiamente pone al velero de frente al oleaje, y empieza una gesta heroica que dura varias horas. El patrón afiebrado lo ve de espaldas: lleva un capote marinero y una capucha cubriéndole la cabeza. Nunca gira del todo; está concentrado en el mar enfrente suyo, pues la menor distracción acabará con la embarcación. Killer Buddha delira, presa de una fiebre altísima. Pero la figura embozada continúa dirigiendo el velero contra la tormenta, durante horas. Pasa una noche de terror, de la cual apenas recuerda nada. Pero al amanecer escampa, y un mar sereno refleja el sol. Killer Buddha ya no ve a su salvador; ¿se habrá metido en la cabina? Si está durmiendo, bien merecido lo tiene.

   En su delirio se pregunta de dónde ha salido esta aparición en alta mar; y no hay respuestas. Cuando por fin se siente mejor y baja a explorar el camarote, no lo ve. Su salvador ha desaparecido. Pone proa a una lejana isla de Oceanía, y al séptimo día desde la tormenta divisa unas montañas cubiertas por lujuriosa vegetación. Entra a puerto dirigiendo con solvencia el velero, pues ya se siente mejor. Es consciente de estar viviendo un ensueño diurno, pero al mismo tiempo está ahí, en ese pequeño puerto de Oceanía. En un rapto de lucidez comprende que éste es el momento que estaba buscando: detrás suyo siente una presencia, pero no se da vuelta para verlo. Le toma la mano, aún de espaldas, como Orfeo a Eurídice; pero no comete el error del héroe griego. Mantiene el paso tardo y lo conduce fuera del velero.

   Es el tulpa, su hijo espiritual rescatado del reino invisible. Y éste puede ser un rey demente a quien le apasiona patinar, o una mujer que canta en suizo con un falsete altísimo, o un viejo pariente que apenas recuerda. Su cara sin facciones emerge a la realidad del día; y aún sin poder esbozar un gesto se lo presiente hosco, inescrutable, dañino. Con una maldad más allá de lo humano, donde no cabe la compasión. Es el tulpa, y ha venido a nuestro mundo para sembrar el terror.

 

 


 

 

                                 15

 

 

 

 

 

 

 

 "Adicta al gimnasio". Así se caracterizaba a sí misma Lea Wehrstein, fisiculturista célebre en las redes por sus videos de fitness gym, con seis millones de seguidores. A diferencia de otras fisiculturistas, ella no había aumentado el volumen de su espalda o sus bíceps; no buscaba parecerse a un varón. Mantenía su espalda y bíceps delgados, aunque fibrosos. Toda su potencia se concentraba en los muslos y las nalgas, cuyos músculos se marcaban al menor movimiento, sin perder su armonía de volúmenes. Era un animal de presa hembra, perfecto. Solía treparse a una torre de acróbatas, todos hombres, para coronarla con su belleza. Porque en efecto, practicaba acrobacia artística: ejercía su arte en circos o en la calle, con retribución "a la gorra".  Incluso a veces hacía acrobacias ante los autos detenidos frente al semáforo, por el solo placer de mostrarse.

  Durante la temporada de cruceros actuó en un teatro flotante, junto con su soñador Mike. El la sostenía en alto, mientras ella exhibía su hermoso cuerpo bañado por un rayo de luz cenicienta. El número era largo, para que el espectador pudiese apreciar los contornos perfectos de sus piernas extendidas o flexionadas en diversas poses, usando la espalda o los hombros de Mike como silla. Cada tanto cambiaba de posición apoyando una mano sobre su cabeza, que él mantenía firme con gran esfuerzo tensionando los músculos de su cuello. Esta lenta coreografía era enervante, un cuerpo hermoso exhibiendose y otro sirviendo como sostén, un poste que ella usaba como punto de apoyo.

   Al cancelarse los cruceros por la pandemia, Lea se volcó a internet, subiendo sus números a Youtube, junto con nuevas rutinas de fitness que entusiasmaban a sus seguidores. Ya no era un cuerpo exhibiéndose bajo la luz de los reflectores, sino ante los ubicuos e indiscretos móviles, que la ponían a prueba con sus exigentes ojos electrónicos. Pero su cuerpo pasaba airoso el examen.

 

-Inspector, no se lo va a creer -Jameson llegó muy agitado al despacho, apenas Sinclair había entrado-. Acaban de reportar un crimen en el bajo Manhattan. Encontraron a una mujer muerta en su bañera… decapitada.

  Sinclair abrió los ojos y quedó inmóvil unos segundos, sin decir nada. Luego reaccionó.

-¿Tenemos un imitador?

   No esperó respuesta, pues la pregunta no iba dirigida a Jameson, sino a él mismo. Cogió el coche patrulla esta vez, en lugar del Jaguar, para abrirse paso con la sirena. Jameson iba al lado suyo, y en la otra patrulla salieron Carmen Jo y Reeves. Recorrieron Riverside Drive a todo gas, desparramando autos que se abrían como lanchas al paso de un transatlántico, urgidos por la sirena. La mayoría de los policías usan este recurso por comodidad, por ganas de correr, o simplemente porque pueden hacerlo. Pero Sinclair estaba impaciente por ver la escena del crimen; no le gustaba meter inocentes en prisión, y de hecho, sabía que este no era el caso. Pero él había resuelto una ecuación que ahora se reabría con nuevas incógnitas.

   Aparcaron junto a un edificio antiguo, perteneciente a la época dorada de los rascacielos. Se identificaron en recepción y Sinclair le hizo unas preguntas al portero antes de tomar el ascensor. El hombre le contó que la víctima salía todas las mañanas temprano a hacer running, antes de volver para desayunar y luego dirigirse al gimnasio. Al no verla durante tres días se extrañó, porque sabía que los cruceros aún no funcionaban, y ella estaba en Manhattan. Pero no hizo nada hasta que llegó una factura de luz de su apartamento. Entonces tomó el ascensor y golpeó la puerta del 16° D, donde ella vivía, sin recibir respuesta. Llamó al propietario del apartamento que Lea alquilaba, quien llegó con su llave; al abrir encontraron el horror. No tocaron nada, para no alterar la escena del crimen (usó esa expresión, posiblemente copiada del propietario). Dejaron la puerta abierta, la policía podía entrar libremente.

  Sinclair le agradeció sus informes y subió junto con sus agentes al decimosexto piso, dirigiéndose al número indicado por el denunciante. La puerta estaba abierta y entraron en silencio. Todo parecía en orden. El sofá con sus almohadones de la India, el porta sahumerios sobre la mesita ratona, las fotos enmarcadas de Lea haciendo acrobacias en el teatro del crucero… pasaron al baño. Carmen Jo soltó un grito ahogado mientras se tapaba la boca, y una vaharada de olor nauseabundo envolvió a los cuatro policías. Sinclair se aproximó a la bañera: allí había un cuerpo de mujer decapitado. Se volvió a todas partes buscando la cabeza; no estaba. Tampoco vio ninguna campanilla tibetana. Volvió a mirar el cuerpo: el cuello no estaba cortado con prolijidad, más bien parecía que hubiesen arrancado la cabeza. Había tendones sueltos y hasta vértebras descolocadas sobre un charco de sangre espesa.

   El modus operandi era claramente distinto a los crímenes de Killer Buddha.

-Aquí Sinclair. Quiero al equipo de dactiloscopia y al forense en la dirección denunciada del bajo Manhattan.

   Colgó y se puso a sacar fotos del cadáver con su móvil. Pasó a los otros ambientes del apartamento, que parecían estar en orden, a excepción de la cama deshecha. Supuso que Lea -si es que era ella, aún debía confirmarlo con sus huellas digitales- había salido de la cama para bañarse, cuando fue sorprendida por el asesino. Iba a ir hacia la puerta de entrada para comprobar el estado de la cerradura -aunque el portero le había dicho que no parecía forzada, pues el propietario había abierto sin problemas con su llave- cuando algo en el taparrollos de la persiana llamó su atención. Se acercó y extendió la mano hacia el objeto, pero quedó paralizado a mitad de camino, sin tocarlo.

-Santo cielo…

   Era una campanilla de bronce tibetana, del tipo que él conocía tan bien. Pero su exclamación involuntaria se debía a una circunstancia inexplicable: estaba incrustada en la mampostería, sobresaliendo sólo la mitad de ella. Sinclair se inclinó a mirar el taparrollos desde abajo, iluminándose con la linterna de su móvil: podía ver la otra parte de la campanilla sobresaliendo de la parte interna de la mampostería. Estaba encajada en el material como si hubiese formado parte de la pared desde su construcción misma. El inspector no podía explicárselo, por más que miraba y remiraba la campanilla del lado exterior e interior de la mampostería. No había grieta alguna donde hubiese podido ser encajada. El material estaba liso, perfecto por ambos lados: era una mampostería de yeso impecable, sin señales de haber sido repintada recientemente. Se apartó sacudiendo la cabeza con incredulidad: en todos sus años como policía nunca se había encontrado con un enigma semejante. Sacó fotos y esperó pacientemente la llegada de la gente de dactiloscopia; cuando arribó Kathy, la llevó directamente frente a la campanilla.

-Quiero las huellas dactilares que haya sobre esto. Y también, sobre la mampostería todo alrededor. De ambos lados.

   Kathy se quedó mirando con cara de extrañeza, sin entender.

-No digas nada. Solo haz lo que te pido.

   Al rato apareció Allamistákeo. Sinclair se fue con él hasta el baño y se quedó mirando el cadáver, asqueado. El doctor se aproximó a escasos centímetros del cuello, permaneciendo inmóvil largo rato. Luego habló.

-Parecen dientes.

  Señalaba unas marcas marrones grandes en la base del cuello.

-¿Son dientes o parecen?

-Debo tomar muestras para saberlo. Pero son demasiado grandes para ser dientes humanos… no hay marcas de colmillos… como una boca de caballo.

   Sinclair se apartó, más confundido que antes.

-Hágame llegar su informe, doc.

  Se fue hacia el coche patrulla, tras examinar la puerta de entrada del apartamento: no había marcas negras sobre la pintura blanca alrededor de la cerradura, inevitables cuando uno manipula una ganzúa. El pestillo funcionaba correctamente, y el propietario había podido abrir con su llave sin problemas. Un misterio cómo había entrado el asesino, salvo que ella lo conociera.

   Carmen Jo estaba esperándolo junto al auto, demudada. Si Sinclair experimentaba confusión intelectual, ella parecía sentir una repulsión psicofísica por toda la escena.

-Vámonos pronto de aquí -le dijo, y se metió en el auto.

   Sinclair arrancó lentamente, y se mantuvo reflexivo todo el viaje. No hablaron.

 


 

16

 

 

 

 

 

 

 

   El mismo día que Parnell Talbot era liberado -tras pasar más de cuatro meses en prisión-, Killer Buddha ingresaba en la cárcel de Sing Sing, en el sector de máxima seguridad. Prácticamente se cruzaron en la puerta, y podían haberse dado la mano como los corredores de postas, que no dejan solución de continuidad en la carrera. Siempre hubo un preso por las decapitaciones, sólo que ahora tenían al reo correcto.

   Sinclair lamentó no tener a Killer Buddha en la Jefatura para poder interrogarlo. Había muchos puntos oscuros en el nuevo crimen, y los informes dactiloscópico y forense no hacían más que ahondar el misterio. La única certeza emergente de ellos era que las huellas dactilares de la víctima pertenecían a Lea Wehrstein. Llamó por el intercomunicador a dactiloscopia.

-Estoy leyendo tu informe, Kathy. ¿Cómo es posible que no haya huellas sobre la campanilla?

-Cuando nadie toca un objeto por mucho tiempo, las huellas se desvanecen.

-Pero eso tiene que haber sido puesto allí por el asesino ayer o anteayer a lo sumo.

-No tengo respuesta para eso, West. No hay huellas dactilares sobre la campanilla, y tampoco hemos detectado ninguna sobre la mampostería alrededor suyo.

-Gracias Kathy, estamos al habla.

   Tomó en sus manos el informe del forense. aquí había más puntos inexplicables: "las marcas en la base del cuello fueron dejadas por dientes de apariencia humana, pero la apertura de la mordida y las huellas dejadas por los dientes mismos son demasiado grandes para pertenecer a una persona."

   Por si fuera poco eso, Allamistákeo concluía "El cuello parece haber sido arrancado de una sola dentellada". Sinclair levantó la vista del informe y la fijó en un punto indeterminado, mientras imaginaba a un hipopótamo atrapando la cabeza de Lea y arrancándola de un tirón. Un hipopótamo en un piso 16 del bajo Manhattan… no tenía sentido. Levantó el intercomunicador.

-Stevens, revisa las cámaras de seguridad en un radio de dos manzanas a partir del domicilio de Lea Wehrstein.

-Ya tengo conmigo las cintas. Cuando las haya revisado te aviso.

   Decidió despejarse yendo a almorzar a Denny's; cuando iba a salir se encontró con Tim Doherty esperándolo en la guardia.

-¿Qué hay, West?

-Hola Tim, gusto de verte.

-¿Sales a almorzar?

-Tú sabes a qué hora me pica el estómago.

   Salieron juntos hacia el restaurante. Una vez allí se sentaron en la mesa de siempre.

-Hoy tenemos bistec con huevos como plato del día -les informó el mozo.

-Que sea eso para mí -ordenó Sinclair.

-Para mí una crepe caramelizada -encargó Doherty.

   Los ojos del periodista quedaron fijos en Sinclair.

-Estás en problemas.

-¿En serio?

-Habías triunfado esclareciendo una cadena de crímenes y atrapado al decapitador serial. Pero ahora…

-¿Qué?

-Sé lo de la nueva decapitación.

   Sinclair guardó silencio. El mozo trajo las bebidas y ambos se sirvieron cerveza. Bebieron callados, hasta que Doherty rompió el silencio.

-¿Cómo puede ser, West? Tu caso contra Killer Buddha era impecable. ¿O le ha salido un imitador?

   Sinclair demoró aún en dar una respuesta. Luego:

-Al principio creí eso. Pero ya no sé qué pensar…

   Doherty lo miró de soslayo.

-Dime algunos detalles, quizá pueda ayudarte. Sabes que soy una tumba.

-Sí, una tumba de vampiros -Sinclair rio de buena gana-. Mira, no hay por qué aterrorizar al público. Decapitación perpetrada por un imitador es la versión policial. Por ahora se queda así.

-Pero tú no lo crees.

-No sé qué creer aún, Tim. Tú pública la teoría del crimen por imitación, es lo mejor que tenemos por el momento.

-Estás más misterioso que de costumbre, y eso ya es mucho decir.

   Sinclair se encogió de hombros y permaneció obstinadamente callado hasta que el mozo trajo su bistec con huevos y la crepe. Ambos comieron en silencio, consultando su móvil de vez en cuando. Como cualquier par de comensales corrientes, versión siglo 21.

 

   Volvió a su despacho, donde lo esperaba el móvil de la víctima ya desbloqueado por los técnicos en informática. Abrió el WhatsApp y comenzó a leer los últimos mensajes. Nada interesante para la investigación. Pensó que debía citar a Mike, el novio de Lea, pero algo le decía que no habría progresos por ese lado. Entró al Facebook de Lea, a su Instagram. No encontró nada. Revisó los comentarios a sus videos de Youtube durante más de una hora. Por fin, cuando el desánimo y el aburrimiento le estaban ganando la partida, dio con un comentario de Killer Buddha, fechado siete meses atrás, en mayo de 2021: "Tú usas a los hombres como postes o como peldaños para trepar a lo más alto. Pero no alcanzarás el cielo."

Nada más. No había respuesta de Lea; de hecho, no respondía ningún comentario a sus videos. Media hora más de lectura lo convenció de que tampoco había más comentarios de Killer Buddha.

   Se levantó a tomar un capuccino de la máquina, mientras reflexionaba. Killer Buddha había puesto la mira en Lea Wehrstein tiempo atrás, de algún modo él estaba implicado en su asesinato, pero… ¿cómo? El tipo estaba en prisión, bien seguro tras las rejas. ¿Tendría un socio? Fue entonces cuando recordó aquella frase, su mantra obsesivo: "el tulpa seguirá mi trabajo"... No. Se negaba a considerar aquella posibilidad. El no creía en hijos espirituales ni nada remotamente parecido. Debía haber una explicación racional, y él la encontraría.

  Sonó el intercomunicador. Era Stevens.

-West, tengo algo para ti.

-Sube ya.

   Esperó unos diez minutos: la explicación racional estaría allí, en las cintas de las cámaras de seguridad. El sabía esperar, era un cazador paciente; y ahora llegaba el momento de cobrar la presa. Stevens llegó con las cintas y un pendrive donde había compilado los segmentos álgidos de las filmaciones. Horas de película resumidas en unos pocos minutos.

    Conectó el pendrive en la PC y tras invitar a Sinclair a sentarse con un gesto teatral, dio play. Sinclair se acomodó en su butaca; la pantalla mostraba una esquina desierta, de noche. La reconoció de inmediato, pues esa misma mañana había aparcado el coche patrulla ahí: era la más próxima al edificio donde vivía Lea Wehrstein. Había un gran contenedor de basura cerrado sobre la acera; y en la calle, al lado suyo, se veía el cuerpo atlético de un hombre haciendo flexiones de brazos. Sinclair frunció el ceño, extrañado: no parecía la hora ni el lugar más propicio para hacer ejercicio. La cabeza del hombre no se veía, estaba cubierta por el follaje de un árbol. Sólo era posible apreciar el subir y bajar de un cuerpo bien proporcionado y entrenado. Entonces hubo un cambio de perspectiva, la filmación de otra cámara de seguridad siguió sin solución de continuidad a la anterior. Ahora se veía la cara del individuo que hacía flexiones, mirando hacia arriba: en esos rasgos indescriptibles se fusionaban la hidrocefalia y el síndrome de Down. Sudaba copiosamente por el esfuerzo, pero lo más impresionante era su expresión de supremo dolor, como una protesta metafísica contra el cielo.

-No puedo ver eso.

   Stevens había apartado la mirada de la pantalla. Pero Sinclair entornó los ojos como dos rendijas de luz, sin perder detalle de ese rostro maldito. La filmación era breve; la cámara de seguridad se movía enfocando otros puntos y luego volvía junto al contenedor de basura: ahora no había nadie ahí.

-¿Qué es eso? -preguntó Stevens asqueado.

  Por toda respuesta, Sinclair proyectó de nuevo la filmación, mientras su compañero miraba para otro lado.

-Me extraña la desproporción entre el cuerpo y la cabeza -dijo al cabo-. Normalmente, la gente con hidrocefalia o síndrome de Down tiene un cuerpo deforme, acorde con su enfermedad. Pero éste tiene un cuerpo de atleta coronado por una cabeza inmensa… imposible.

-Yo nunca vi algo así. No está hinchado solamente el cráneo, tiene todos los rasgos faciales agrandados.

-Y me pregunto si en esa boca de caricatura, gigante… no cabe una cabeza humana.

   Stevens se hizo la cruz y recogió las cintas de las cámaras de seguridad.

-Te dejo el pendrive.

  Se fue de inmediato. Sinclair hubiera jurado que la filmación había afectado su ánimo.

 

-Diga.

-Comisionado Arnolds al habla.

-Cómo está usted.

-Yo bien. ¿Y usted?

-Perfectamente.

-Parece que me apresuré al felicitarlo.

-No lo creo.

-¿Qué me dice de la nueva decapitación?

-Un imitador. El modus operandi es diferente. No usa la misma arma.

-¿El asesino tiene un socio?

-No lo creo… dejémoslo en imitador.

-Usted pondrá la cara ante la prensa.

-De acuerdo. Déjeme maquillarme primero.

-No creo que le den tiempo. Por cierto, Sinclair… esto debe acabar. No pueden seguir decapitando mujeres en nuestra jurisdicción.

-Al primer decapitador lo atrapé. Y atraparé también al segundo.

-Por el bien de todos, espero que así sea.

-En un remoto país sudamericano dicen "siempre que llovió, paró".

-Usted proviene de Sudamérica… haga parar esta lluvia antes que nos moje el culo a todos.

-Gracias por su llamado, Comisionado.

 

  A la mañana siguiente toda New York sabía que había ocurrido una nueva decapitación. Sinclair llegó a la Jefatura tarde, para que el periodismo, ya aburrido de esperarlo, abreviase las preguntas.

-Inspector Sinclair, unas palabras para CBC News. ¿Qué nos puede decir de este nuevo crimen?

-Es obra de un imitador de Killer Buddha. Lamentablemente, cuando se da difusión a una cadena de crímenes, pueden surgir imitadores. Gente para quien el asesino es una fuente de inspiración. Nosotros no podemos evitar eso.

-¿Usaron un cuchillo de tres filos, como el decapitador serial?

-No. Esta vez la cabeza fue arrancada de cuajo.

  Murmullos sorprendidos entre los periodistas.

-¿Cómo lo hicieron?

-Lo estamos investigando aún. Es secreto del sumario.

-La víctima, Lea Wehrstein ¿conocía a Killer Buddha?

-No. Pero él publicó un comentario a uno de sus videos en Youtube.

-Entonces el nuevo asesino trabaja en equipo con él.

-Yo no diría eso. Tal vez se sienta un continuador de sus asesinatos, pero no creo que estemos ante una asociación ilícita para delinquir.

-Algunos señalan de nuevo a Parnell Jones como decapitador.

-Dejen tranquilo a ese hombre. No conoce a Killer Buddha, ni tiene nada que ver con él.

-¿Es casual entonces que este asesinato se produzca pocos días después que él salió de la cárcel?

-Sí, es casual.

-Parnell Jones odia a las mujeres blancas, según su informe psicológico. ¿Cómo puede descartar su participación en los crímenes?

-Del mismo modo que descarto la suya.

-¿Tienen alguna pista que los conduzca al nuevo asesino?

-No de momento. Pero pueden estar seguros de algo: no meteré preso a un inocente para satisfacer el clamor popular.

-¿Piensa dejar impune este crimen?

-No dije eso. Pusimos tras las rejas al asesino de Sue McKenzie, Cándida Gómez Leiva junto con sus padres y Kate Woodward. Y haremos todo lo posible por atrapar al asesino de Lea Wehrstein. Pero si no lo hallamos, no encerraremos a un inocente en su lugar. ¿Está claro?

   El periodismo no quedó muy satisfecho con esta declaración, y se dispersó refunfuñando. Ellos querían sangre. De cualquiera. No tenían la paciencia ni el instinto cazador de Sinclair, y usaban como chivo expiatorio a aquél contra quién sentían más prejuicios. Pero en el coto de caza del inspector sólo había una presa legítima: el culpable.

 

   Esa tarde Sinclair volvió a examinar todas las evidencias del caso Wehrstein, y muy a su pesar debió admitir que la investigación se encontraba en un punto muerto. Era viernes, y al salir de la Jefatura decidió que no iría a su casa, donde sólo lo esperaba una cena fría. Montó en el Jaguar y puso rumbo a Albany. Pasó el fin de semana con Anne, olvidado de la cadena de crímenes que comenzaba a obsesionarlo. Se dijo que en una mente fresca entran nuevas ideas: era hora de practicar el "no pensar" budista… sólo "ser".

 


 

17

 

 

 

 

 

 

 

 

   Lunes por la mañana. Despejar la mente había servido para encontrar el camino a seguir en la investigación. En realidad, era muy obvio, y ya se le ocurrió mientras volaba en el Jaguar hacia Albany: la deformidad de aquel individuo captado por la cámara de seguridad era imposible de ocultar. Nada más llegar a su despacho, comenzó a ensayar búsquedas en Google: cabeza gigante - rasgos agrandados - New York - individuo con cabeza enorme asusta a la gente - discapacidad - malformación - boca enorme - autosuperación - fisiculturista con cabeza hinchada…

  Dos horas de búsqueda no arrojaron resultado alguno, lo cual le llamaba la atención. Un individuo así no podía esconderse de las miradas indiscretas, ni tampoco escapar a las cámaras de los móviles… sonó su teléfono.

-Diga.

-Aquí el Comisionado Arnolds -la voz sonaba decidida al otro lado de la línea, y Sinclair presintió que habría problemas.

-Lo escucho, Comisionado.

-Quedas apartado del caso Wehrstein. Órdenes de arriba.

   Sinclair se preguntó quién estaba más arriba de Arnolds, aparte de Dios.

-¿Caso federal?

-Eres rápido, Sinclair. En diez minutos vendrán a verte agentes federales a tu despacho. Son el teniente Briggs y el agente Sherman. Entrégales todo lo que tengas, sin guardarte nada. A partir de ahora ellos se harán cargo de la investigación.

-Sí usted lo ordena…

-No es nada personal, Sinclair. Ellos pidieron el expediente, ya sabes. Hiciste un buen trabajo hasta aquí, pero estás afuera.

-Entiendo.

  Sinclair colgó con un dejo de disgusto. No le gustaba abandonar un caso, y menos aún cuando no tenía todavía una hipótesis sobre el móvil y la identidad del asesino.

     Se apresuró a copiar la filmación del pendrive en su propia computadora, justo a tiempo para ver a los federales presentarse en la guardia.

 

   Briggs y Sherman ya se habían retirado llevándose las cintas de las cámaras de seguridad que les subió Stevens, el pendrive y los informes dactiloscópico y forense. Durante su conversación con él, habían puesto énfasis en la situación de la campanita incrustada en la mampostería: que si había alguna grieta en ese lugar, que si había marcas de yeso o cemento reciente… todo eso a la vista de las fotos que él había sacado con su móvil. Al final, oyó que el teniente Briggs le decía en voz baja a su compañero la palabra "teleportación", con tono de pregunta.

  Apenas ellos abandonaron la Jefatura, Sinclair salió en su Jaguar hacia el bajo Manhattan. Internet ya no le ofrecía respuestas, por lo que decidió callejear como en sus primeros años en la fuerza policial. Fue en busca de un antiguo soplón, un dealer que se hacía llamar "Kasuko". Lo encontró en su viejo paradero, una calle llena de prostitutas que ya empezaban a pescar clientes, pese a lo temprano de la hora.

-Oh, a quien vemos por aquí… ¡el gran Sinclair!

-¿Cómo estás, viejo?

-¿Te degradaron? Ja ja...

-La gentuza como tú siempre quiere ver en desgracia a los demás para sentirse superior.

-Eee... ¡cuidado hermano con tu lengua! Así no obtendrás nada de mí.

-Yo sé lo único que puede obtener algo de ti: esto.

   Le puso un billete de cien dólares delante de la nariz, que el otro tomó al instante.

-Con esto yo me sueno la nariz… si quieres algo de mí tendrás que pagarme mucho más.

-Si tú consigues algo para mí habrá más billetes. Si no, te conformarás con esto.

-El gran Sinclair no tiene plata… ustedes los polis son unos muertos de hambre.

-Y tú eres el Maharajá de la India ¿no? Metido en este agujero…

-¿Viniste a tirarme flores?

-Escúchame bien: ando buscando a un tipo imposible de confundir; un tipo deforme, con una cabeza gigante y una boca enorme… como una calabaza de Halloween, ni más ni menos, sobre un cuerpo normal, atlético. ¿Lo has visto por aquí?

-Yo no… pero si me das más plata, puedo preguntarles a las chicas.

   Sinclair le dio otros cien dólares.

-Es a cuenta de más, si me ayudas a ubicarlo. Un tipo así sólo puede tener sexo con una prostituta. Y eso con suerte… pregúntale a tus amigas, pasaré a verte en estos días.

-Au revoir, Sinclair…

-Ciao.

   Sonó su móvil y atendió, alejándose del dealer.

-Aquí Sinclair.

-Hola jefe -era la voz de Jameson-. No estamos pudiendo contactar a Carmen Jo.

-¿Está de guardia hoy?

-Sí, pero no se presentó a trabajar.

-Llama al suplente de turno, necesitamos que alguien cubra su lugar.

-Hecho, jefe.

   No era habitual en ella faltar, pero incluso Carmen Jo podía tener su día femenino. Saltó a otra parte de Manhattan con el Jaguar, y fue a dar a un pub donde solía reunirse gente de los bajos fondos. Se acodó en la barra y pidió un whisky. El barman lo reconoció

-¡West, tanto tiempo!

-¿Cómo estás, Pete?

-¿Cuánto hace que no vienes por aquí? Un año por lo menos.

-Tres.

-¿Tres años? El tiempo vuela.

-Tú te ves igual. Oye… estoy tratando de ubicar a un tipo. Si lo viste alguna vez, seguro lo recuerdas. Tiene una cabeza deforme, inmensa… ¿Has visto a alguien así?

   Pete lo miró extrañado.

-No…

-Bien. Avísame si lo ves -le extendió una tarjeta dónde figuraba su móvil.

-Hecho, te aviso si veo algún monstruo.

  Tomó su whisky y partió hacia otro sector de la ciudad. A medianoche ya estaba medio borracho y no había obtenido nada.


 

                                18

 

 

 

 

 

    La escuela municipal de danzas de Nueva York había organizado su fiesta de fin de curso en un gran teatro de Broadway. Era tradición llevar a los alumnos (en su gran mayoría niñas adolescentes) a practicar en un gran escenario, para familiarizarse con él. Los chicos no podían creer lo grande que resultaba. Había que desplazarse con decisión, para ocupar todo el espacio con la danza, y no quedar reducidos a un rincón. Este era el último ensayo previo a la función, que sería de libre acceso al público. Los anteriores habían sido en la escuela, pero ahora pisaban un escenario de verdad.

-Bien jóvenes –los adoctrinó la directora de danzas, una mujer fibrosa con rodete- ahora están en un teatro de verdad. La próxima semana habrá sentadas mil personas en esas butacas. Y todas esperarán ver un espectáculo de excelencia, como corresponde a la tradición de nuestra escuela. Respiren hondo, y salgan al escenario con decisión. Ahora mismo empezaremos un ensayo de la obra que presentaremos, el Lago de los Cisnes.

   Empezó a sonar la música de Tchaikovsky, y la primera bailarina apareció como una sílfide, casi flotando. Era buena de verdad. Desde lo alto de un palco camuflado, el sonidista se puso a ver la danza, pues su función era sencilla. Pudo ver y no ver –fue una fracción de segundo- cómo una bailarina a un costado del escenario desaparecía. Nadie más pareció notarlo, pues todos tenían ojos para la primera bailarina, que en ese momento giraba sobre un pie, como un trompo perfecto. El sonidista se frotó los ojos, pero al mirar de nuevo, la bailarina no estaba. ¿Habría alucinado? ¿Debía interrumpir el ensayo?

   Ahora vio cómo uno de sus compañeros de ballet miraba extrañado al costado, pues debían entrar juntos en el próximo estribillo. Las parejas de bailarines avanzaron tomadas de la mano, pero él no tenía compañera. Salió a bailar, para no ser reprendido, pero era imposible ocultar la ausencia de su partenaire. La directora de danzas no quiso interrumpir el ensayo, pues todos estaban bailando con sentimiento, y la ausencia de una bailarina seguramente se debía a una súbita descompostura.

   Así pues, una persona desapareció a la vista de todos, y nadie se dio por enterado de momento. La música seguía, sublime. Cuando terminó la escena, la directora aplaudió entusiasmada.

-¡Perfecto, chicos! Una gran coreoografía. Johnatan, si tu partenaire se descompone otra vez, tú no sales a bailar ¿entendido? Haces mutis por la izquierda.

   El aludido asintió, encogiéndose de hombros. Ahora la directora de danzas se fue a los camarines a buscar a la bailarina ausente. Bajo el escenario de un gran teatro hay un pequeño mundo: camarines, baños, escenografías apiladas, salas de maquillaje. La directora de danzas Jeanine Lipton avanzó por un pasillo estrecho hacia el baño de mujeres, mas se detuvo al oír un ruido como el que haría una gran boca al aspirar saliva y relamerse. Una mano la asió por el hombro, sobresaltándola. Pero fue completo su terror al darse vuelta y comprobar que no había nadie. Corrió por el pasillo para salir de ahí, pero no llegó lejos: algo o alguien la retuvo. Ahora sintió un dolor terrible, como si alguien le succionara la cabeza, y después… misericordiosamente perdió la consciencia.

 

   Al demorarse en volver la profesora, Johnatan decidió ir a buscarla.

-Oye, Mary, es raro que la directora de danzas no vuelva. Tal vez Amanda se siente mal y necesita ayuda.

Bajaron a los camarines y se encontraron con el horror: Jeanine Lipton yacía decapitada, con parte de su cuerpo cubierto de baba.

-Dios santo…

   Salieron de ahí despavoridos y se lo contaron a los demás. ¿Había un asesino en el teatro? Johnatan discó 911 y dio aviso a la policía. Hubo una derivación de la operadora a la Jefatura de Manhattan, y del otro lado de la línea atendió Jameson.

-Oficial, hay una mujer decapitada y otra desaparecida en el teatro Empire, de Broadway.

-¿Cuándo ocurrió?

-Ahora mismo. Estamos en un ensayo de ballet.

-Salgan del teatro y manténganse juntos. Ya vamos para allá.

   Jameson colgó y dio aviso a Sinclair.

-Inspector, están matando gente en el teatro Empire.

-Diablos…

   Sinclair se paró en la guardia y habló para todos:

-Hay una emergencia en el teatro Empire. Avisen a todas las unidades. Posible asesino suelto. –Luego, dirigiéndose a Jameson- Vamos allá.

    Montaron en el coche patrulla y salieron a todo gas para Broadway. En diez minutos habían llegado. Vieron varios jóvenes aterrorizados a la entrada del teatro: había quienes lloraban con las manos sobre la cara, otros estaban pálidos como la cera, visiblemente angustiados. Los policías fueron a su encuentro.

-¿Han salido todos?

-No –quien contestó fue Johnatan-. Algunos fueron atrapados…

   Sinclair miró al muchacho, extrañado por la expresión que había usado. Pero no había tiempo que perder. Entró al teatro junto con sus agentes y se dirigió al escenario… en las butacas vio gente muerta. Se acercó a ellos y notó que estaban cubiertos de baba. Sobre el escenario había algunos cadáveres más, algunos con heridas inverosímiles: uno estaba abierto en dos, de la cabeza a la pelvis. Otro había sido estirado como en un lecho de Procusto, descoyuntado por completo. Bajó a los camarines… aquí vio a la mujer decapitada. Se agachó junto a ella y observó las marcas de dientes grandes en su cuello, enteramente similares a las que tenía Lea Wehrstein. Un sollozo distrajo su atención: provenía del camarín cercano. Fue hasta allá y vio a una joven en estado de shock, incapaz de pronunciar palabra. Logró hacer que se incorpore y conducirla a través del teatro tétrico hasta afuera.

-¡Amanda! –gritó alborozado Johnatan- Estás viva…

  La abrazó largamente: era la única nota feliz en un cuadro de pesadilla. Un hombre se acercó al inspector.

-Yo la vi desaparecer.

-¿Cómo dice?

-Que yo vi desaparecer a esta chica.

   Sinclair lo miró extrañado.

-¿Usted quién es?

-Soy el sonidista del teatro. Desde mi cabina tengo una vista perfecta del escenario. Y le digo que esta chica desapareció ante mis ojos. Así nomás, de un momento a otro –chasqueó los dedos, para dar énfasis a la frase.

-Eso no es posible. Se habrá confundido.

-Es lo que vi.

   Sinclair se volvió hacia la chica. Parecía haber sufrido un trauma psíquico profundo, y visiblemente no podía hablar. Su mirada estaba perdida, daba pena. Trabajo para Lester Ryan, pensó. Pero ¿cómo podía haber sufrido semejante trauma en tan poco tiempo? Marcó el número del forense.

-Doc, no vas a dar abasto para todo lo que hay aquí. Teatro Empire de Broadway. Hay cadáveres al por mayor.

-…Iré enseguida.

   De pronto Amanda estaba hablando. No se dirigía a nadie en particular, parecía no poder interactuar normalmente con la gente.

-Me violó… esa cosa me violó…

-¿Quién? ¿Quién te violó?

   Ella no respondía. Seguía con su melopea, sin prestar atención a nadie.

-Esa boca horrible… me baboseó…

   Algo no estaba bien con esa chica. Parecía haber sufrido un trauma de guerra en apenas unos minutos. Y un testigo afirmaba haberla visto desaparecer, esfumarse ante su propia vista.

-Dime, muchacho –se dirigió a Johnatan-. ¿Amanda desapareció?

   El joven se rascó la cabeza, perplejo.

-Fue raro… estábamos juntos en el escenario, listos para salir a bailar. Y de repente no estaba más. No sé cómo pudo desaparecer así.

-El sonidista dice haberla visto esfumarse en el aire.

-Qué se yo… la verdad fue raro.

   El inspector se alejó, ensimismado. Por primera vez en su carrera, sentía que un caso lo excedía. Un asesino había matado a diestro y siniestro en un teatro donde ensayaba un ballet, pero nadie lo había visto. ¿Cómo era posible?

 


 

                                 19

 

 

 

 

 

 

 

 

   Se despertó tarde, un poco mareado por la resaca. La noche anterior había bebido de más, para olvidar el asco y la perplejidad que le producían aquellos crímenes atroces. Pero la ducha es un remedio infalible, y funcionó también esta vez. Se vistió, sintiéndose como nuevo, y tras un ligero desayuno acudió a la Jefatura. Jameson respondió maquinalmente a sus buenos días, mientras escribía un informe en la computadora; tenía cara de preocupación.

-¿Qué se sabe de Carmen Jo?

-Nada.

-¿No vino a trabajar hoy tampoco?

-No.

-¿Se comunicó para dar parte de enferma?

   Jameson negó con la cabeza.

-Qué raro…

   Sinclair buscó su número en su móvil y la llamó. El timbre sonó en vano un minuto, mientras una lucecita de alarma se prendía en su interior.

-Ven conmigo, Jameson. Vamos a su casa.

   Subieron al Jaguar y en quince minutos llegaron al domicilio de su compañera. Un recuerdo fugaz asaltó a Sinclair: fue en esa misma esquina, noches atrás, que ella lo había mirado a los ojos poniendo a prueba su hechizo de mujer. "¿Y usted, inspector? ¿Podrá concentrarse?", eso le había dicho, antes de dejarlo solo.

   Removió de su mente el recuerdo y volvió al presente. Tocaron el timbre de su apartamento, y al no recibir respuesta, llamaron al portero. El hombre salió y ellos se identificaron.

-Buscamos a Carmen Jo Rodríguez.

-No la he visto estos días.

-¿Tiene llaves de su apartamento?

-Sí.

-Abranos por favor. Soy su jefe y desde hace dos días no puedo comunicarme con ella.

   Esperaron un rato en el hall de entrada hasta que el portero reapareció con la llave, y subieron los tres juntos al segundo piso. El portero tocó la puerta por fórmula, y acto seguido abrió. El apartamento estaba ordenado. Una taza de café y un plato con galletas y mermelada sobre la mesa decían a las claras que la dueña de casa no se había ido de viaje, caso contrario taza y plato estarían lavados y guardados.

  Pasaron al dormitorio, donde vieron la cama hecha, con un ligero pliegue en la colcha como el que hace alguien al sentarse. Sinclair examinó el cuarto de baño y volvió al dormitorio. Ni rastros de Carmen Jo.

   Sobre la cómoda estaba su móvil calzado sobre un pequeño trípode flexible. Sinclair recordó que ella se filmaba a sí misma para sus seguidores en Instagram cuando se desvestía antes de entrar en la cama. Por lo visto seguía haciéndolo, aunque ya había concluido la misión encomendada. Tomó el móvil en sus manos, con un presentimiento fatídico: era impensable que ella saliera sin llevarlo encima dos días seguidos. Por eso no contestaba los llamados…

   Dejaron el apartamento abatidos, sabiendo que algo malo le había ocurrido a su compañera, pero no sabían aún qué. Al volver a la Jefatura Sinclair buscó al experto informático y le dio el móvil de Carmen Jo.

-Toma. Desbloquéalo cuanto antes y tráemelo.

  Eludió la mirada interrogativa de Reeves y se fue a su despacho, donde intencionadamente se hundió en el papeleo pendiente para no pensar. Eran las tres de la tarde cuando se espabiló para tomar un capuccino de la máquina. Al volver a su despacho con la bebida apareció el informático trayendo el móvil de Carmen Jo desbloqueado. Sinclair lo despidió y se encerró solo para examinar el contenido del móvil.

  Buscó en la Galería el último vídeo grabado y pulsó reproducir. En pantalla apareció su compañera bañada por una luz tenue, mientras se desvestía lentamente para la cámara. El pantalón se lo quitó de espaldas, luciendo sus caderas amplias y firmes con movimientos morosos, para dar tiempo a sus seguidores de relamerse un rato. Quedó en tanga y un camisolín transparente sobre el pecho, que nada cubría. Se calzó unos zapatos de taco alto y fue a sentarse en la cama cruzada de piernas, mientras miraba fijo la cámara hipnotizando a sus seguidores. En ese momento ocurrió algo repentino, que cogió desprevenido a Sinclair.

  De abajo de la cama apareció un tipo flaco y envilecido, riendo de manera repugnante; atrapó el pie de Carmen Jo y tiró de ella hacia abajo. Hubo un momento de resistencia, pero luego, de manera inexplicable, ella fue arrastrada abajo de la cama, donde desapareció.

   Sinclair quedó boquiabierto, esperando que ocurriese algo más; pero el móvil siguió filmando la cama vacía un rato, hasta que se apagó. Repitió el vídeo: el tipo era más bien pequeño de cuerpo, con ropa que le iba holgada; debió estar acechándola bajo la cama mientras ella se desvestía. Era inexplicable para Sinclair la facilidad con que la había arrastrado y hecho desaparecer en un espacio tan estrecho. El había visto pelear a Carmen Jo contra sujetos que la doblaban en peso, y nunca podían voltearla sin caer ellos mismos en posición desventajosa. Su compañera tenía fuerza y maña para trabar su cuerpo de manera que nadie podía desestabilizarla fácilmente; más hete aquí que el individuo flaco la había arrastrado bajo la cama en un santiamén. Y luego, si lucharon en ese espacio tan reducido, la cama debió moverse, se escucharían ruidos y golpes en los tirantes que sostenían el colchón. Pero no. Una quietud y un silencio de tumba.

  Se preguntó qué había pasado después que la cámara dejó de filmar. Pero temía conocer la respuesta: nada más.

   Entró al Instagram de Carmen Jo. El video se había reproducido en vivo por streaming. Había algunos comentarios azorados de sus seguidores. Los más pensaban que era una broma, y se pretendían divertidos: "Jaja ahora puedes trabajar con David Copperfield", cosas así. Otros parecían horrorizados, y le reprochaban su mal gusto.

Los más recientes le pedían que volviese a mostrarse y dejara de asustarlos. Apagó el móvil.

   Se sentía abatido. Algo dentro suyo le decía que Carmen Jo no volvería a ser vista sobre la faz de la tierra. Se puso de pie y midió su despacho con pasos lentos, reflexionando. Él había tenido siempre una filosofía práctica y materialista… pero quizás había llegado el momento de cambiar su manera de pensar sobre ciertas cosas.

 

   Salió del despacho y fue a buscar a la agente Grimes, quien hoy estaba de guardia.

-Venga conmigo, agente.

   Indicó a Reeves que ocupara su lugar en la guardia, y ambos salieron. Quince minutos después, llegaban con el Jaguar al domicilio de Carmen Jo. El portero, avisado del caso, les abrió y condujo hasta el apartamento de la oficial desaparecida. Se quedó curioseando, mientras Sinclair ordenaba a Grimes meterse bajo la cama: la agente se mostró reacia a cumplir la orden de su jefe.

-Mira, es fácil -dijo él, dando el ejemplo para animarla.

  Sinclair se echó cuerpo a tierra junto a la cama, pero no cabía debajo. Debió levantar el tirante lateral de madera con su espalda para poder meterse y quedar inmóvil bajo el colchón.

   Mientras estaba allí encerrado sintió algo que le pinchaba el vientre. Se revolvió y con trabajo pudo tocarlo con la mano: parecía un saliente de metal pulido emergiendo del piso. Se arrastró para salir, levantando otra vez el tirante lateral, y ya desde afuera enfocó el saliente metálico: era la figura de bronce de un mongol. Había una campanilla tibetana incrustada en las tablas del parquet, justo en el medio de aquel espacio sombrío. Se puso de pie.

-Ahora tú, Grimes.

   Ella negó con la cabeza.

-Si no cumples mi orden, quedas despedida de la fuerza policial.

   Grimes hizo de tripas corazón, y se acostó boca abajo en el suelo. Sinclair la había elegido a ella por tener un tamaño corporal similar a Carmen Jo. Se arrastró de costado y su espalda rozó el tirante lateral, sin levantarlo. Le costó bastante esfuerzo pasarlo y meter su cuerpo bajo la cama. Sinclair se dijo que no era posible meter a Carmen Jo ahí abajo de la manera que lo hizo aquel tipo en la filmación. La había arrastrado por ese espacio estrecho con una facilidad… sobrenatural. Esa era la palabra.

   De pronto Grimes lanzó un grito de terror y se arrastró para salir de ese lugar claustrofóbico. Sus movimientos convulsivos desplazaron la cama varios centímetros, confirmando que dos personas no hubiesen podido luchar ahí abajo sin moverla. Por fin logró salir, reventándosele un botón de la camisa reglamentaria por la presión entre el tirante y el suelo.

   Grimes estaba completamente aterrorizada. Sinclair la contuvo entre sus brazos, sin comprender la causa.

-Está bien, tranquila. Calma…

   Ella quiso salir inmediatamente de la habitación, cosa que hicieron ante la mirada azorada del portero. Sinclair la llevó de nuevo a la Jefatura; antes de llegar le preguntó si había visto o tocado algo que la asustó.

-No, nada.

-¿Entonces?

-No sé… sentí que un remolino iba a tragarme, si no me alejaba de ahí.

-Entiendo…

   Empezaba a intuir lo sucedido, pero no le bastaba con eso. Quería comprender. Y supo a quién debía recurrir para hacerlo.

 


 

20

 

 

 

 

 

 

   El lugar era oscuro, con una frescura reconfortante. Cientos de linternas de papel pendían del techo a media altura, con livianas hojas en forma de corazón colgando de ellas; la brisa entrando por las ventanas las mecía como a un follaje de plata. Sinclair vio a un costado un tambor y una pesada campana de bronce, junto a un ariete suspendido. Siguiendo un impulso golpeó la campana con el ariete, y un sonido maravillosamente solemne inundó el templo. Al fin y al cabo debía anunciarse de algún modo, pensó. Se quedó aguardando junto al altar, donde el Buda descansaba en posición de loto, flanqueado por dos elefantes de seis colmillos. Ofrendas florales frescas daban testimonio de un culto vivo en la devoción popular. Dos mil quinientos años habían pasado desde que el iluminado pisara esta tierra, pero su memoria y sus enseñanzas seguían vigentes.

Por una pequeña puerta escondida apareció un anciano de larga barba vestido con una túnica color azafrán y sandalias; se acercó a Sinclair y le hizo una reverencia, que fue respondida con alguna torpeza por el policía.

-Sea bienvenido al templo de la luz increada.

-Gracias por recibirme de nuevo. Estuve aquí unos meses atrás...

-Lo recuerdo. El inspector de policía.

-Así es. Aquí parece que no transcurriera el tiempo…

-El tiempo es sólo un cambio de consciencia.

-Eso creo que está ocurriendo conmigo. Cuando vine aquí por primera vez, usted me habló de un hijo espiritual nacido de la meditación, un ser llamado tulpa… yo no le creí una palabra.

-¿Ahora es distinto?

-Sí. Los he visto con mis propios ojos.

-¿Está seguro de eso?

-Creo que sí… he visto seres malditos que hacen cosas imposibles.

-El tulpa adopta formas terribles...

-¿Puede asumir diversas formas?

-Todas las que permite la imaginación.

-Está matando gente.

-¿Aquí, en New York?

-Sí. Debo detenerlo, pero no sé cómo.

   El anciano guardó silencio. Un leve murmullo llegó a los oídos de Sinclair: eran las campanillas de viento agitadas por la brisa.

-Esos seres que he visto… aparecen por unos momentos y hacen cosas terribles. Luego desaparecen sin dejar rastro. Simplemente no están más.

-El tulpa puede materializarse y desmaterializarse a voluntad.

-Por eso nadie vio al tipo de cabeza gigante…

-Y también pueden llevarse a alguien con ellos.

-¿Dónde se lo llevan?

-Al País del Nunca Jamás.

   Sinclair cerró los ojos. Pobre Carmen Jo.

-¿Cómo es posible que alguien desaparezca sin más?

-No puedo brindarle una explicación científica. Pero ocurre.

   Sinclair se pasó la mano por la frente, como queriendo ahuyentar una sombra.

-Atrapé a un monje tibetano, culpable de cinco asesinatos. Dijo que el tulpa continuaría su trabajo. Y sigue muriendo gente…

-El meditador es el catalizador, la puerta de entrada por donde el tulpa entra a la realidad.

-¿Si el meditador muere el tulpa desaparece?

-No. El tulpa tiene existencia propia. Pero puede que encuentre la puerta cerrada y no pueda reingresar a la realidad.

-Entonces debemos hacer ejecutar al asesino para cerrarle la puerta al tulpa.

   El anciano lo miró sin decir palabra; él no aplaudía ni condenaba. Parecía más allá del bien y del mal.

-Gracias por compartir su sabiduría conmigo.

   Sinclair hizo una reverencia al anciano y se retiró, seguido por el murmullo de las campanillas de viento.

 

-Habla la fiscal Eva Langdon.

-Buenos días fiscal. Aquí Sinclair, de la Jefatura de Manhattan.

-Lo escucho.

-Necesito hablar con usted lo antes posible. Es sobre Norgai Kumbu.

-Estoy en el Tribunal Superior ahora. Tengo un receso a las doce.

-Allí la veré.

  Colgó y revisó su Watsapp. Le había dejado su número a Kasuko, y ahora recibía un mensaje suyo: "Ninguna chica recuerda a un tipo con cabeza enorme. Si me entero de algo te aviso". Lo suponía. Iba a salir, pero al pasar por la guardia Jameson le hizo señas de querer hablar con él. Volvieron a su despacho y se quedaron hablando tras la puerta entornada.

-Jefe, Reeves entró a la página de Instagram de Carmen Jo. Allí hay una filmación en vivo del domingo por la noche, donde un sujeto la atrapa y se la lleva bajo la cama.

-Descuida, la he visto.

-La tiene secuestrada… debemos hacer algo para liberarla y atrapar a ese maldito.

   Sinclair lo miró, negando con la cabeza.

-No hay secuestro, ni existe más Carmen Jo. Esa cosa se la llevó al infierno.

  Jameson se quedó con la boca abierta durante un minuto entero, desconcertado. Algunos despertares son más abruptos que otros.

 

-Sinclair, ya estoy con usted.

   El inspector aguardó pacientemente a que la fiscal terminase de hablar con un abogado, hasta que por fin vino hacia él.

-La invito un café. Lo que debo explicarle es un poco largo.

-¿Es sobre la nueva decapitación?

-Si.

   Entraron a la cafetería más próxima al Tribunal y se sentaron frente a frente. Ambos fingieron no recordar sus ofensas anteriores.

-Fiscal Langdon, antes de comenzar mi explicación, quisiera preguntarle si piensa pedir la pena de muerte para Norgai Kumbu.

-De hecho, ya lo hice en la audiencia preliminar. El jurado se reunirá el 28 de enero de 2022 para oír los testimonios sobre sus asesinatos múltiples.

-Perfecto, veo que se mueve rápido.

-¿Alguna objeción a eso?

-Ninguna. De hecho, he querido mantener esta charla con usted para pedirle que acelere los tiempos del juicio y la ejecución de Norgai Kumbu todo lo posible.

-¿Y eso por qué?

-Verá… es un poco difícil de explicar. Estos monjes del Tíbet tienen ciertos poderes mentales… -la explicación se le ocurrió en el momento- digamos que pueden hipnotizar a distancia a otras personas para que continúen con sus crímenes.

-¿Me lo está diciendo en serio?

   Sinclair se felicitó por no haber mencionado al tulpa, encontrando en cambio una explicación más creíble para aquella mente estrecha.

-Los expertos que hemos podido consultar así lo creen -era mejor excluirse a sí mismo invocando alguna autoridad más aceptable para la fiscal-. Hay fundadas razones para creer que mientras Killer Buddha siga vivo, los asesinatos de mujeres continuarán.

   La fiscal quedó preocupada por la perspectiva de una cadena de crímenes sin fin.

-Usted sabe que una vez condenado el reo, pasan años hasta su ejecución. Lo que más tiempo lleva son las apelaciones.

-Debemos contactar al abogado defensor para que desista de apelar en todas las instancias.

-Eso va contra la garantía de defensa en juicio.

-Lo sé. Pero no podemos esperar años mientras un sicópata hipnotiza a la gente a distancia para cometer asesinatos.

-Entiendo, Sinclair. Hablaré con el juez Fordham para que abrevie los plazos del juicio y la sentencia.

-Gracias, fiscal Langdon. Estamos en el mismo barco.

  Sorbieron su café y Sinclair dejó un billete sobre la mesa. Ambos se pusieron de pie a un tiempo y partieron cada cual para su lado: antiguos enemigos convertidos en socios.

 

  Apenas un mes y medio después de esta conversación, Norgai Kumbu fue hallado culpable de cinco asesinatos en forma unánime por el jurado del Tribunal del Estado de New York, y sentenciado a muerte por el juez Fordham. A la lectura de la sentencia asistieron familiares de las víctimas -que aplaudieron el fallo con lágrimas en los ojos-, así como los inspectores de las Jefaturas de policía de Albany y New York, cuyo accionar había permitido atrapar al asesino. Durante todo el juicio, el reo no pronunció una sola palabra. Oyó su sentencia impávido, sin dar muestras de miedo o abatimiento.

  Sinclair pensó que para este hombre era más fácil soportar la idea de morir, que las provocaciones eróticas de unas mujeres ajenas a miles de kilómetros del Tibet. Cuando los guardias se lo llevaron esposado, se acercó al abogado defensor de oficio, quien ordenaba filosóficamente sus papeles.

-Abogado Gordon, permítame presentarme. Soy el inspector Sinclair, de la Jefatura de Manhattan.

-Encantado, Morris Gordon.

   El abogado estrechó su mano ante las miradas de soslayo de la fiscal Langdon y de Anne Legrasse, quien se había acercado a felicitarla por el fallo.

-Necesito conversar con usted unos minutos.

-¿De qué se trata?

-Verá… - la sala alrededor suyo empezaba a vaciarse de gente- su cliente acaba de ser condenado a muerte en forma unánime por el jurado.

  El abogado Gordon miró a Sinclair como diciendo "cuéntame algo que no sepa". El inspector continuó:

-Usted ha hecho un buen trabajo defendiéndolo, pero las pruebas contra él son contundentes, y el fallo y la condena son justos.

-Cierto -respondió con parquedad Gordon, preguntándose a dónde iba a parar el otro con sus obviedades.

-El caso es que al estado le interesa que este reo sea ejecutado cuanto antes para desalentar a sus imitadores, que lamentablemente están proliferando.

   Ahora Gordon hizo pie, y empezó a gustarle dónde estaba parado. La fiscal Langdon se acercó a ambos, por lo cual Gordon levantó la voz para que ella también lo oyese.

-Yo apelaré la sentencia, ejerciendo cabalmente el derecho a la defensa en juicio, hasta el final.

-No dudo de su integridad profesional, abogado Gordon -intervino la fiscal en la conversación-. Pero hay vidas humanas en juego.

-Imagine, fiscal - discurrió Gordon, haciéndose el interesante- que yo omito la apelación, faltando a mi deber profesional. Sería el fin de mi carrera. Todos dirán "a ese reo lo defendió Gordon y en menos de dos meses lo ejecutaron". Nadie más aceptará que yo lo defienda.

-Usted obtendrá una compensación por ese menoscabo en su carrera -repuso Langdon.

-¿Qué me ofrece?

-Subirlo a los primeros puestos en los sorteos de abogados defensores.

-No hay trato -Gordon tomó su portafolios y amagó dejar la sala.

-Espere -lo frenó Sinclair-. ¿Qué tal un puesto en la fiscalía?

  Gordon se frenó en seco y miró a Langdon.

-Yo no le ofrecí eso -respondió ésta.

   Gordon reasumió su marcha y abandonó el Tribunal. Sinclair se encaró con Langdon.

-Necesita darle un puesto en la fiscalía. Caso contrario, apelará y la ejecución de la sentencia se diferirá un año.

-Ni loca. Mi fiscalía tiene una orientación de género muy clara, y no pienso cambiarla introduciendo funcionarios que no comparten esa visión.

   Langdon amagó irse, pero Sinclair le puso su móvil delante perentoriamente.

-Mire.

   Puso a reproducir el último vídeo de Carmen Jo. Cuando llegó la parte donde el individuo envilecido la arrastraba bajo la cama, Eva Langdon puso cara de asco y dejó de mirar.

-¿Qué es eso?

-Esto le ocurrió a la oficial Carmen Jo. Explíquele a ella su visión de género.

-¿Dónde está ella ahora?

-No quiera saberlo.

-No entiendo bien. ¿Ese loco fue hipnotizado por Killer Buddha?

-No pregunte más, fiscal. Si me apura, diría que usted también corre riesgo…

-¿Qué!?

-El asesino puede culparla a usted por su condena.

  Sinclair dio media vuelta y se apartó de la fiscal. En la puerta del Tribunal lo esperaba Anne Legrasse para almorzar.

 

   Mensaje de WhatsApp de: Eva Langdon para: Westminster Sinclair.

  "Le reenvío el chat que tuve con el abogado Gordon.

"-¿Cómo está, abogado? Estuve pensando en nuestro encuentro de hoy por la mañana. Quiero decirle que si usted renuncia a apelar la sentencia de Norgai Kumbu, lo recomendaré para cubrir el puesto de fiscal ayudante cuando se abra concurso de vacantes en mayo.

-Gracias por su ofrecimiento, fiscal. Necesitaría que presente mi pliego al Consejo de la Magistratura antes de que se venza el plazo para apelar.

-¿No le basta con mi palabra de que lo recomendaré?

-No es suficiente. Necesito que mi pliego esté presentado para renunciar a la apelación.

-No puedo creer que sea tan desconfiado.

-Lo siento, pero mi carrera está en juego.

-Los pliegos no pueden presentarse antes de la convocatoria.

-Sí pueden. Artículo 125 in fine del reglamento del Consejo: "Los jueces y fiscales podrán presentar los pliegos de los candidatos a cubrir puestos en la fiscalía con antelación a la fecha de la convocatoria en caso de emergencia fundada".

-Aquí no hay ninguna emergencia.

-¿Le parece? Invente una ad hoc.

-No me eche encima sus latines.

-Usted estudió perspectiva de género, yo estudié derecho romano.

-Bueno, usted se lo pierde.

-Si realmente pensaba recomendarme, no pondría problemas para presentar mi pliego.

-Adiós.

-Adiós."

   Sinclair sonrió divertido al leer el diálogo. Gordon no era ningún tonto. Llamó a Langdon.

-Eva Langdon al habla.

-Aquí Sinclair. Presente el pliego de Gordon al Consejo de la Magistratura antes que apele la sentencia.

-No pienso meter a esa antigualla en mi fiscalía. Está formado en una visión retrógrada del derecho…

  Sinclair la interrumpió.

-Guarde sus explicaciones para el Comisionado Arnolds. Ahora mismo lo informaré de su negativa a cerrar trato con el abogado defensor.

  Colgó, disgustado. Se dijo que iba a darle media hora a Langdon para reconsiderar su decisión antes de llamar a Arnolds. Pero no debió aguardar tanto. Enseguida sonó el teléfono. Atendió y se quedó esperando sin decir nada.

-Está bien. Mañana presentaré el pliego de Morris Gordon al Consejo de la Magistratura.

-Informaré al Comisionado del trato que hemos alcanzado.

   Al día siguiente recibió una copia escaneada del pliego de Morris Gordon para cubrir el puesto de fiscal ayudante, con el sello de recepción del Consejo de la Magistratura. Llegó el viernes, día del vencimiento del plazo legal, sin que el abogado defensor presentara apelación a la sentencia del juez Fordham. La condena a muerte de Killer Buddha había quedado firme.

 


 

21

 

 

 

 

  Era un lunes por la mañana, 2 de abril. Una llovizna persistente entristecía el penal de Sing Sing, donde se había congregado un puñado de personas para presenciar la ejecución de Norgai Kumbu. Estaban presentes la inspectora Legrasse, la fiscal Langdon, el oficial Jameson y el inspector Sinclair, junto con algunos familiares de las víctimas. Enfrente de ellos había una ventana hermética con un vidrio-espejo, de modo que ellos podían ver la sala de ejecuciones del otro lado, pero el ajusticiado no podría verlos a ellos. Las últimas miradas de los condenados a muerte son peligrosas.

  Eran las siete de la mañana cuando trajeron al reo, rapado y con un uniforme naranja. Sinclair pensó que era casi el mismo color de la túnica que usaría en su monasterio del Tíbet. Le concedieron un último deseo y él pidió un té. Parecía imposible la tranquilidad con que lo bebió, sin que le temblase el pulso ni se atragantase con la infusión. Se diría incluso que llegó a disfrutarlo. Por fin lo volvieron a esposar, y un enfermero le arremangó la camisa y ajustó una tira de goma en su brazo para hacer sobresalir sus venas. El enfermero se retiró para dar paso al doctor que administraría la inyección letal. Algunos espectadores tragaron saliva para prepararse ante el momento supremo. Ya no importaban sus crímenes: un ser humano iba a dar el paso que a todos nos espera, y todos sentían curiosidad por verlo.

  Los minutos pasaban, y el doctor no aparecía. Qué mal gusto, pensaba más de uno, prolongar así la agonía del reo, y de los espectadores mismos. ¿Se habría descompuesto el verdugo? Diez minutos después llegó la noticia: el doctor encargado de la ejecución no había podido llegar, estaba internado en un sanatorio, víctima de una crisis nerviosa. La ejecución quedaba suspendida hasta la semana siguiente.

  Sinclair se informó sobre el sanatorio donde se encontraba el doctor Wendell Jones, y se fue junto con Anne Legrasse a verlo. Se identificaron en recepción y pasaron a la guardia, donde encontraron al doctor recostado en una camilla, despierto y lúcido.

-Buen día doctor Jones. Soy el inspector Sinclair y ella es la inspectora Legrasse. Venimos del penal de Sing Sing.

-Oh. Lamento no haber podido llegar allí para cumplir con mi obligación.

-No hay cuidado, doctor -intervino Anne-. Queríamos saber cómo se encuentra.

-Ahora estoy mejor, gracias.

-¿Tuvo algún problema de salud repentino? -quiso saber Sinclair.

-Tuve un ataque de pánico. No -atajó-, no me asusta ejecutar condenados. Inyecté a decenas de reos…

   Sinclair conocía sus antecedentes, por eso había querido conversar con él.

-¿Entonces?

-Mire. Esto me persiguió anoche, cuando volvía de pescar con dos amigos.

   El médico puso a reproducir un vídeo en su móvil y se lo pasó a Sinclair. Anne se pegó al lado suyo para verlo. La pantalla mostraba una escena nocturna filmada desde la caja de una camioneta. El vehículo transitaba un camino de tierra en medio del campo, completamente desierto a esa hora. Las luces traseras enfocaban el polvo que levantaban las ruedas, cuando algo empezó a perseguir la camioneta.

   Era una vieja encorvada y plañidera, que porfiaba por acercárseles. El conductor paró para esperarla por si necesitaba ayuda, pero entonces empezaron a oírse sus rugidos; el chofer aceleró alejándose.

  Rato después disminuyó la velocidad, como si entre los ocupantes de la camioneta existiera un desacuerdo: unos sentían curiosidad por verla y hablar con ella, en tanto otros querían poner la mayor distancia posible entre ellos y aquel engendro. La vieja no se rendía, y por momentos parecía poder alcanzar la camioneta; pero entonces el conductor aceleraba y se alejaba. La última vez que se aproximó se parecía poco a un ser humano, pero no llegaba a verse bien.

   El vídeo terminó y el doctor Jones recuperó su móvil.

-Volví a mí casa trastornado. Eran las tres de la mañana y no podía dormirme. Me empezó a dar un dolor en el pecho y mi mujer me trajo a la guardia. A las seis quise ir al penal de Sing Sing, pero cuando el médico se enteró de lo que debía hacer, me prohibió abandonar el hospital. "Usted no está en condiciones de ir a trabajar a una oficina, menos de ir a ejecutar a un reo".

-Una decisión razonable -convino Sinclair-. La ejecución se suspendió para la semana que viene, así usted tendrá tiempo de reponerse.

-Nunca antes había faltado… pero siempre hay una primera vez.

-Cúidese.

   Se despidieron del médico y dejaron el Sanatorio. Sinclair condujo hasta Albany frunciendo el ceño. Menos mal que los besos de Anne al llegar le devolvieron la sonrisa.

 

   Lunes 9 de abril por la mañana. Los mismos protagonistas reunidos y la misma llovizna entristeciendo el penal de Sing Sing. Ahora Sinclair podía ver al doctor Wendell Jones de pie junto al enfermero a través del vidrio-espejo que protegía al espectador de la mirada de los condenados. Ave Caesar, morituri te salutant.

Puntual llegó Norgai Kumbu a la ejecución; no tenía alternativa. Le concedieron un último deseo y él pidió su té. Se lo trajeron y lo bebió a sorbos lentos, disfrutándolo. Luego el enfermero ajustó la tira de goma alrededor de su brazo para marcarle las venas y se retiró. Quedaron solos en el teatro de la ejecución Wendell Jones y el reo.

   El doctor pinchó la aguja en una botellita llena de líquido azul y llenó con él la jeringa. Se volvió hacia el reo y quedó paralizado de repente, mirando algo más allá de él. La jeringa cayó de sus manos y huyó de la sala presuroso, sin dar explicaciones. De este lado de la sala se produjo un murmullo de consternación general. El verdugo había vuelto a fallar.

   Sinclair salió rápido y buscó al doctor. Lo encontró en el estacionamiento, a punto de trepar a su auto.

-¿Qué pasó? -preguntó, llegando agitado junto a él.

-¿No la vio? -repuso el médico, con la puerta de su auto abierta.

-¿Ver a quién?

-No me diga que no la vio… -el doctor se metió en su auto.

   Sinclair golpeó el vidrio para hacerle abrir la ventanilla.

-Explíquese -exigió acodándose en la ventanilla del auto, junto al conductor.

-Había una mujer de negro junto al reo, con un velo cubriéndole la cara.

-Le aseguro que no.

-Yo no voy a ejecutar a ese tipo. Búsquense otro verdugo.

  Arrancó el auto y partió, mientras Sinclair quedaba perplejo viéndolo alejarse.

 

"Ejecución suspendida por segunda vez" era el titular del Herald; "Decapitador se salva de nuevo", rezaba el New York Times; "Las siete vidas de Killer Buddha", era el titular poético de The New Yorker… los artículos abundaban en fotos de los manifestantes con pancartas exigiendo justicia ante los muros de la prisión. Se habían retirado frustrados dos veces, y empezaban a juntar presión. Debían rodar cabezas en el Servicio Penitenciario por su ineficiencia para ejecutar la condena (¿no eran suficientes las que hizo rodar Killer Buddha?). Por otra parte, se empezaba a rumorear que el tibetano estaba protegido por extraños poderes que hacían imposible su ejecución.

   Sinclair pensaba que el periodismo presentía la verdad, y al mismo tiempo, nunca conocería el secreto más oscuro. Ya el FBI se había encargado de hacer desaparecer de Instagram el último video de Carmen Jo. Y lo que vio Wendell Jones en ese camino rural tampoco llegaría a las plataformas de videos, o sería bajado de ellas al instante. Cancelado, como se usaba decir ahora. Apartó los tabloides a un lado para atender su móvil.

-Diga.

-Gusto en saludarte, West.

-Hola Tim… estaba leyendo los titulares sobre la ejecución fallida. El tuyo es el mejor, como de costumbre.

-Son años en el oficio… El caso del decapitador no para de vender.

-Ya quisiera yo acabar con esto de una vez.

-Oye ¿qué le pasó a ese doctor? Según dicen salió corriendo de la sala de ejecuciones como alma que lleva el diablo…

-Nunca mejor dicho.

-¿Tú sabes algo? ¿Qué fue aquello que lo asustó tanto?

-Discúlpame Tim, no tengo esa historia.

-¿O no quieres asustar a la gente? Te conozco, West. Siempre te guardas algo sólo para ti.

-Tú sigue con aquello de las siete vidas, tiene gancho.

-¿Y ahora quién lo ejecutará?

-A saberlo. Sólo espero que sea alguien con agallas.

-¿Para cuándo se difirió la ejecución?

-Ahora dicen que la nueva fecha es el 23 de abril.

-Es el Día del Escritor. Me inventaré algo con eso… gracias por el dato.

-De nada.

-Cúidate.

 

   Lunes 23 de abril, 7:00 de la mañana. Llovizna sobre la cárcel de Sing Sing, que ve llegar por tercera vez a los mismos protagonistas, para presenciar el mismo drama. Entraron al reo a la sala de ejecuciones y le quitaron las esposas para concederle un último deseo. Killer Buddha pidió té, que bebió calmosamente a sorbos lentos, calentándose las manos con la taza y el pecho con la infusión.

   Luego lo esposaron otra vez, y el mismo enfermero le ató el brazo con la banda de goma para que se le marcaran las venas; enseguida se retiró, dando paso al doctor. Era un hombre calvo, muy pálido… ¡Allamistákeo! Sinclair por poco no salta de su asiento al verlo. ¿Qué hacía él ahí? En todo caso, tenía las credenciales adecuadas para la tarea. Era médico y pertenecía a la policía…

   El doctor Caleb Smith avanzó hacia el reo mirando al horizonte -su mirada parecía atravesar las paredes-; en un momento se detuvo confundido, como ante alguna visión inefable o aterradora. Se pasó las manos por la cara y miró de nuevo ante sí: ahora pudo enfocar su visión en el reo. Con movimientos seguros cargó la jeringa con el líquido azul y pinchó el brazo de Killer Buddha; el líquido desapareció bajo su piel. El médico tiró la jeringa a un tacho metálico y abandonó la sala de ejecuciones.

   Ahora Killer Buddha era el protagonista de su propia tragedia, solo, como los héroes antiguos. Levantó la cara hacia el cielo unos momentos, y acto seguido cayó en convulsiones. Por fin dejó de moverse y todos lo creyeron muerto, pero un minuto después tuvo un último espasmo con el cual abandonó la vida.

  Algunos del público aplaudieron. Sinclair y Anne Legrasse se retiraron, con su triste deber cumplido.

 

   El inspector rodeó por afuera la sala de ejecuciones y dio con Allamistákeo, quien bajaba las escaleras.

-No sabía que estaba en la nómina de las ejecuciones, doc.

-Nunca lo estuve. Me anoté al ver que el doctor Jones renunciaba a la tarea con este reo, y me llamaron.

-Ha sido su primera ejecución, entonces.

-Y la última. Quería ver el infierno sin permanecer en él.

-¿Y lo vio?

   Caminaban lentamente hacia la salida de la prisión junto con Anne Legrasse, que los había alcanzado.

-Cuando quedé solo con el reo vi una doble fila de manos anónimas que me recibían entre cúpulas y ángeles de piedra… me ofrecían un lugar entre ellos. Más allá había un resplandor eterno de gloria infernal… Casi me dejo llevar. Pero reaccioné a tiempo y cumplí mi deber.

   Allamistákeo había vivido una experiencia más allá del lenguaje humano, y le resultaba imposible comunicarla. Se despidieron en la puerta del presidio. Sinclair y Anne Legrasse miraron por última vez hacia el interior de la cárcel, donde el drama de la justicia humana había terminado.

-Que las almas de las víctimas descansen en paz -dijo Sinclair.

-Y si hay un perdón para el asesino, que el cielo se lo conceda -completó Anne Legrasse.

 

Un hombre le dijo a Buda: "Yo quiero felicidad".   Él contestó: "Primero retira "Yo", esto es el ego. Después rem...